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martes, 2 de febrero de 2021

El inca que traicionó a su hermano (:

José Vargas Sifuentes -Periodista-

Manco Inca propició el viaje a Chile de Diego de Almagro para separarlo de su socio y aniquilarlo. La historia de la larga resistencia de los incas contra los españoles, iniciada por Manco Inca, nombrado por los españoles como sucesor de Atahualpa; y continuada por tres de sus hijos, está llena de pasajes históricos pocos conocidos o ignorados por algunos de nuestros historiadores.
Uno de esos pasajes fue el papel que cumplió Huáscar Túpac Paullu Inkil (o Cristóbal Paullu Inca), nombrado inca por Diego de Almagro, el Viejo.
Recordemos esta historia, que forma parte de la larga lucha emprendida por los sucesores de Atahualpa a partir de 1536.

Tras la ejecución de Atahualpa, Francisco Pizarro nombró inca a Túpac Hualpa, llamado Toparpa, quien murió a los tres meses de su mandato (agosto a octubre de 1533) a causa de un envenenamiento que se atribuyó al general Calcuchimac, quien fue sentenciado a muerte por ello.
Para sucederlo en el trono fue nombrado Manco Inca Yupanqui (también llamado Manco Cápac II), hermanastro de Huáscar y Atahualpa, quien se rebelaría contra los españoles e iniciaría una guerra que inicialmente duraría ocho años.
Al iniciar la guerra de reconquista de su imperio, Manco Inca propició el viaje de Diego de Almagro a Chile en busca de nuevas riquezas. La intención del monarca era separarlo físicamente de su socio conquistador y aniquilarlo durante su viaje al sur.
Con esa mira envió a Vila Oma, sumo sacerdote y general de sus ejércitos, para dirigir la operación y al intérprete Felipillo como principal conspirador. (El papel que este cumplió en esa oportunidad le permitió reivindicarse como un héroe, como lo recordamos en las crónicas publicadas el 27 de octubre y el 10 de noviembre del 2018.)

El plan fue frustrado por la decisión del príncipe Paullu Inca –al mando de un grueso contingente de indios– de acompañar a Almagro para hacer méritos ante los españoles, encumbrarse y ser reconocido como inca bajo su égida.
Paullu era medio hermano de Manco e hijo de Huáscar y de Añas Colque, y se creía con derecho a sucederlo en el gobierno, lo cual le estaba negado por ser hijo de una princesa provinciana y no podía pertenecer a la panaca de su padre.
Sin embargo, habiéndose destruido el orden imperial, los príncipes de madres provincianas habían llegado a considerarse con iguales derechos que los de la cerrada casta de los orejones. Tarde se enteró Manco Inca del protervo proceder de su medio hermano y de su servil acercamiento a Almagro, y nada pudo hacer para contenerlo.

La presencia de Paullu impidió que los nativos atacaran a los invasores, y existe la versión de que se negó a llevar a cabo la matanza, argumentando que, con la fuga de Copiapó, no le quedaron suficientes hombres para concretar la orden.
Decepcionado por no encontrar riquezas, Almagro retornó al Cusco, donde se enteró de la rebelión de Manco Inca –que se había retirado a Vilcabamba–, y que la ciudad era gobernada por Hernando y Gonzalo Pizarro.
Con ayuda de Paullu, el frustrado conquistador se enfrentó y apresó a los hermanos, y después venció a las tropas de Alonso de Alvarado enviado por Francisco Pizarro, en la batalla del Puente Abancay (12 de julio de 1537), y retomó el control del Cusco.

Después de ese episodio, un Almagro agradecido coronó a Paullu como inca, en una fastuosa ceremonia.
La suerte del inca cambiaría cuando Almagro fue vencido en la Batalla de Las Salinas (6 de abril de 1538) y los Pizarro reasumirían el dominio absoluto de la situación. Paullu se refugió para evitar represalias de los vencedores.
Sin embargo, Hernando Pizarro, temiendo que se uniera a su hermano en Vilcabamba, lo convenció para que apoyara a los españoles.

Así lo hizo el falso inca. Lanzó a los indios leales a él contra su medio hermano y sus hermanos de raza. Con su ayuda, los hispanos ocuparon la ciudadela de Vilcabamba y vencieron a las tropas de Manco Inca, aunque no lograron capturarlo.
Informado del hecho, el rey Felipe II instruyó al licenciado Cristóbal Vaca de Castro para que le devuelvan a Paullu Inca las tierras que le fueron decomisadas en Arequipa. Más aún, Pizarro y Vaca de Castro le confirieron vastos repartimientos, y la corona española le concedió en 1544 un escudo de armas, ennobleciéndolo.
Finalmente, adoptó las costumbres españolas y fue bautizado con el nombre de Cristóbal, en 1545, junto con su madre, su hermana, su mujer, Catalina Tocto Sisa, y un hijo de 8 años, en una ceremonia apadrinada por Garcilaso de la Vega, padre del cronista homónimo.
Vivió y ‘gobernó’ en el Cusco hasta el día de su muerte, en 1549.

miércoles, 12 de agosto de 2020

La guerra de los dos hermanos: división y caída del Imperio Inca

El 26 de julio del año 1533, el último gobernante del imperio inca, Atahualpa, fue ejecutado por los españoles a “garrote” (artilugio utilizado para estrangular a los reos). Su muerte significó el fin del gran imperio inca y el comienzo de la conquista española sobre aquella región de América del Sur. Sólo un año antes, Atahualpa había salido victorioso de la sangrienta guerra civil mantenida para conseguir el Sapa Inca (título que significaba ‘el inca, el único’). Esta guerra es conocida con diversos nombres: guerra civil inca,  guerra dinástica inca, guerra de sucesión inca y  guerra de los dos hermanos.

Retratos de Huáscar y Atahualpa aparecidos en sellos peruanos emitidos en el año 2004. 
La muerte de un Sapa Inca
La guerra entre los dos hermanos empezó con la muerte del Sapa Inca Huayna Cápac y de su heredero, Ninan Cuyuhi en el año 1527. Probablemente murieran ambos a causa de la viruela, enfermedad que se propagó rápidamente entre las comunidades indígenas desde la llegada de los españoles al continente.
Tradicionalmente, el Sapa Inca legaba el trono a su primogénito. En el caso de Huayna Cápac, sin embargo, su hijo mayor, Ninan Cuyochi, había fallecido antes que él. Poco después de la muerte de su hijo, también Huayna Cápac se encontró en su propio lecho de muerte, y fue por esta razón por la que el Sapa Inca rompió la tradición y dividió el imperio entre sus dos hijos menores: Huáscar y Atahualpa.

La división del imperio inca
De los dos hijos, Huáscar era el mayor, y el segundo hijo de la mujer legítima de Huayna Cápac. Mientras, de Atahualpa se decía que era fruto de su unión con una de sus concubinas. Por  tanto, entregó el imperio a Huáscar excepto Quito y sus alrededores, al norte del territorio, que fueron para Atahualpa. Gobernando Cuzco, la capital del imperio inca, Huáscar conseguía la lealtad de la mayor parte del pueblo. Atahualpa en cambio lograba la lealtad del ejército inca, situado al norte para someter a las tribus fronterizas. Además, tres importantes generales, Chalcuchímac, Quisquis y Rumiñahui, juraron lealtad al menor de los hermanos.

El 12º Inca, Huayna Cápac
El comienzo de la guerra
Es posible que Huayna Cápac pensara que ambos hermanos gobernarían el imperio juntos, en armonía. Pero no fue así. Huáscar vio el mando de Atahualpa sobre el ejército inca como una amenaza directa a su posición como Sapa Inca, y decidió atacar primero para tratar de conquistar Quito.
Al principio esta maniobra pareció tener éxito, derrotando las tropas de Huáscar a Atahualpa y capturándole cerca de Tomebamba. Sin embargo, Atahualpa logró escapar y regresó a Quito para reagrupar a sus tropas. Aunque Huáscar trató de conquistar la capital norteña, fue derrotado y forzado a replegarse de nuevo hacia el sur. Fue entonces cuando Atahualpa envió un ejército capitaneado por Chalcuchímac y Quisquis contra Huáscar, mientras el general Rumiñahui permanecía en Quito para proteger la plaza.

Historias difamatorias sobre Huáscar
Se ha dicho que Huáscar se fue convirtiendo en un gobernante muy poco querido por su pueblo porque, por ejemplo, se le acusaba de haber asesinado a los señores que habían acompañado el cadáver de su padre, Huayna Cápac. Dichos señores ocupaban una elevada posición social en Cuzco. Por si esto fuera poco, la nobleza le dio la espalda cuando Huáscar supuestamente amenazó con quedarse con las pertenencias de las momias reales para, a continuación, quemar sus sagrados cuerpos.
Incluso se afirmaba que Huáscar mandaba matar a todos los mensajeros enviados por Atahualpa. También se le acusó de haberles cortado la nariz a algunos mensajeros –que portaban presentes de parte de Atahualpa- y mandarlos de vuelta con los ropajes desgarrados. Es muy probable que estas acusaciones acerca de la crueldad de Huáscar provinieran del bando vencedor, es decir, del propio Atahualpa y de sus generales y aliados, mientras que la versión de la historia vivida por Huáscar y los suyos se habría perdido para siempre. 

Chasqui haciendo sonar un pututu (caracola). Los chasquis eran los veloces mensajeros del Imperio Inca, y de ellos se decía que podían correr hasta 240 kilómetros en un día. Por medio de un eficiente sistema de relevos, eran capaces de hacer llegar un mensaje importante de Quito a Cuzco en tan solo una semana.
El fin de la guerra entre los dos hermanos y la creación de un nuevo imperio
En 1532, el ejército de Atahualpa derrotó a las fuerzas de Huáscar en una batalla decisiva librada a las afueras  de Cuzco, capturándole y haciéndole prisionero. Las noticias de esta victoria llegaron hasta Atahualpa cuando éste se hallaba en la ciudad de Cajamarca porque, justo por aquel entonces, se habían visto en aquella zona a unos extraños hombres de piel blanca con “lana en sus rostros”… Los españoles habían llegado. 
Atahualpa no podía suponer entonces lo corto que sería su reinado, ya que aquellos extraños hombres acabarían derrotando a sus ejércitos y ejecutándole, poniendo fin a su Imperio. De hecho, Atahualpa fue apresado muy poco después de su victoria sobre Huáscar.
La guerra entre los dos hermanos no sirvió para conseguir la reunificación del imperio inca bajo un único soberano, sino que provocó, indirectamente, la conquista de los incas por parte de los recién llegados españoles.

Huáscar cautivo del ejército de Atahualpa, dibujo de Felipe Huamán Poma de Ayala

Fuentes:

Hidden Inca Tours, 2015. The Inca Civil War: Not Civil at All. [Online]
Disponible en: https://hiddenincatours.com/the-inca-civil-war-not-civil-at-all/

Minster, C., 2015. Biography of Atahualpa, Last King of the Inca. [Online]
Disponible en: http://latinamericanhistory.about.com/od/theconquestofperu/p/08Atahualpa.htm

Minster, C., 2015. Huáscar and Atahualpa: An Inca Civil War. [Online]
Disponible en: http://latinamericanhistory.about.com/od/theconquestofperu/a/08incacivilwar.htm

Rodriguez, J., 2014. 10 Broken Lines Of Succession That Changed The World. [Online]
Disponible en: http://listverse.com/2014/07/20/10-broken-lines-of-succession-that-changed-the-world/

Spanish Wars, 2012. The Conquest of the Inca Empire. [Online]
Disponible en: http://www.spanishwars.net/16th-century-conquest-inca-empire.html

www.historyworld.net, 2015. History of the Incas. [Online]
Disponible en: http://www.historyworld.net/wrldhis/PlainTextHistories.asp?groupid=3077

www.sjusd.org, 2015. Civil War. [Online]
Disponible en: http://www.sjusd.org/leland/teachers/sgillis/geog/la/inca_civil_war.pdf

martes, 30 de julio de 2019

Infografia de Miguel Grau

Un día como hoy, 27 de julio, nació "El Caballero de los mares" y en nuestra infografía podrás conocer más sobre la vida del máximo héroe nacional.
Miguel Grau nació en la ciudad de Piura el 27 de julio de 1834. Fue hijo del Teniente Coronel Juan Manuel Grau y Berrío, natural de la ciudad de Cartagena de Indias y de la piurana María Luisa Seminario y del Castillo.

Primeros años. A los 9 años se hizo a la mar en el bergantín mercante “Tescua” y en 1844 empieza a viajar en naves mercantes. Con solo 19 años, se convirtió en guardiamarina y vistió por primera vez el uniforme.
Participó en el combate naval de Abtao (febrero de 1866) al mando de la corbeta "Unión". En 1867, se retira con licencia del servicio activo en la Armada para contraer matrimonio con Dolores Cabero Núñez, con quien tuvo diez hijos. En 1868 se reincorporó siendo nombrado comandante del monitor “Huáscar”.

El 8 de octubre se conmemora la gesta heroica de Grau en el combate Angamos. | Fuente: Marina de Guerra
Participación política. Miguel Grau también incrusionó en la política. En 1876 fue miembro del Partido Civil y se desempeñó como diputado por Paita, dejando el comando del “Huáscar” durante dos periodos legislativos. Al estallar la guerra del Pacífico, fue destinado nuevamente al mando del monitor “Huáscar”. 

"El Caballero de los mares". Es conocido de esta manera por sus acciones solidarias con el enemigo. El 21 mayo 1879, la división naval peruana conformada por el monitor “Huáscar” y la fragata "Independencia", se enfrentaron a los buques chilenos que bloqueaban el puerto de Iquique. Luego de hundir la corbeta “Esmeralda”, Grau ordenó salvar a los sobrevivientes del buque vencido.

Combate de Angamos. El 8 de octubre de 1879, la división peruana es interceptada por las fuerzas chilenas. Grau ordena al comandante del buque de la "Unión" salvar a su tripulación quedando solo el monitor "Huáscar". Grau fallece luego que una granada lanzada desde el "Cochrane" impactara el monitor "Huáscar". La batalla naval ocurrida un miércoles 8 de octubre de hace 137 años, en el escenario de la Guerra del Pacífico, enfrentó a los buques peruanos Huáscar y Unión contra los buques chilenos Cochrane, Blanco Encalada, Loa y Covadonga. 
Esta contienda le costó la vida al gran almirante, quien por su grandeza de carácter es reconocido hasta hoy, tanto por chilenos como peruanos, como el Caballero de los Mares 

El homenaje del enemigo. Uno de los partes presentados por el Comandante chileno, Galvarino Riveros, tras la captura del Huáscar y el hallazgo del cuerpo sin vida del héroe peruano, no deja dudas sobre el inmenso respeto que la escuadra enemiga le profesaba. 
"...La muerte del contraalmirante peruano, don Miguel Grau, ha sido, señor comandante general, muy sentida en esta Escuadra, cuyos jefes y oficiales hacían amplia justicia al patriotismo y al valor de aquel notable marino", dice parte del documento que envió a su oficialía mayor.  El gesto de Grau También se recuerda el gesto de caballerosidad que tuvo Grau hacia Carmela Carvajal, viuda del héroe chileno Arturo Prat Chacón, comandante de la corbeta Esmeralda, muerto en la cubierta del Huáscar. 
Escribió una carta en la que elogiaba la actuación de su esposo y le enviaba algunas de sus prendas personales, entre ellas su espada, que bien pudo ser tomada como trofeo de guerra.

La estatura del héroe. El patriotismo de Miguel Grau Seminario quedó en evidencia cuando decidió dejar su cargo de diputado por Paita (Piura) en el Parlamento para reincorporarse en 1879 a la Armada Peruana, al mando del Huáscar. El héroe nacional sabía que en la Guerra del Pacífico, el Perú estaba en desventaja, pero aún así batalló con valentía y fue honorable con sus adversarios.


Fuente: Marina de Guerra del Perú, Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas

jueves, 10 de marzo de 2016

Atahualpa Inca Yupanqui (1487-1533)

Atahualpa ya sabía que los “barbados” estaban en su territorio y que venían con el ánimo de conquista. Sin embargo, sintiéndose todavía vencedor de la guerra civil entre los incas, hijo favorito del dios Inti, se creyó invulnerable y no se preparó para enfrentarse a los españoles. Su soberbia le hizo perder al antiguo Perú la posibilidad de seguir desarrollándose con autonomía e independencia.

Tetrarquía cusqueña
Era costumbre en el Tahuantinsuyu que cuando el Zapa Inca se ausentaba del Cusco, siempre dejaba a su reemplazante. Ese encargo podía recaer en un auqui o en una junta de orejones o nobles cusqueños. Esos gobernantes temporales mantenían con el Zapa Inca, donde él estuviera, una comunicación casi diaria, gracias al servicio de los quipucamayocs y de los chasquis. Así, por ejemplo, durante las ausencias de Huaina Cápac, una tetrarquía de orejones o nobles gobernó el Cusco. Estuvo integrada por Topa Cusi Huallpa (Huáscar Inca), Hilaquita, Auqui Topa Inca y Tito Atauchi. En el séquito del Zapa Inca, siempre estuvieron sus otros hijos: Ninancuyuchi y Atahualpa.
Huáscar Inca era hijo de Huaina Cápac y de la coya Raura Ocllo. Había nacido en el Cusco y pertenecía, por descendencia materna, al linaje de Túpac Inca Yupanqui. Era más administrador que guerrero. Atahualpa Inca era también hijo de Huaina Cápac, pero este lo tuvo con la ñusta Tupa Palla. Hay cronistas que sostienen que su madre se llamó Tocto Coca. “Se llamó Toctollo”, dice Santa Cruz Pachacútec. Si hubiese sido así, su linaje descendía de Pachacútec Inca Yupanqui.


¿Quién fue la madre del intrépido?
Pero hay dudas sobre quién fue la madre de Atahualpa Inca. Veamos: 
1. Hay quienes afirman que nació en Quito (por ejemplo: Inca Garcilaso de la Vega, Antonio Vázquez de Espinoza, Pedro Pizarro, Agustín Zárate, Pedro Gutiérrez de Santa Clara y Francisco López de Gómara). 
2. Felipe Guamán Poma de Ayala afirma que nació en Chachapoyas. 
3. Marcos de Niza (según Juan de Velasco, en su Historia de Quito) dice que Huaina Cápac se había casado con la última descendiente de la etnia de los scyris (del reino de Quito). De esa unión, nació Atahualpa. Lo cierto es que Atahualpa Inca se destacó por su espíritu guerrero, ganándose la confianza de su padre y constituyéndose como su preferido. 

Sucesión, enfermedad y muerte
Sin embargo, Huaina Cápac había establecido la siguiente orden de sucesión:
1. Primera opción, su hijo Ninancuyuchi. 
2. Segunda opción, Huáscar Inca. Atahualpa Inca no estuvo en sus planes iniciales. Esa versión es sostenida por los cronistas Pedro Sarmiento de Gamboa, Juan Santa Cruz Pachacuti Yamqui, Bernabé Cobo, Martín de Murúa y Miguel Cabello Balboa.
Para asegurarse de su buena elección, Huaina Cápac consultó con los augures. Un villaoma partió a hacer los sacrificios de la callpa (“la fuerza o poder del alma o del cuerpo; augur”). En eso, Huaina Cápac cayó enfermo de viruela, en Quito. Ante la gravedad de la situación, una embajada especial, comandada por Cusi Topa Yupanqui, fue enviada a Tumipampa para que avise a Ninancuyuchi de la decisión de su padre para que sea el reemplazante en el trono imperial.El villaoma regresó a Quito desalentado por las “respuestas negativas” de los augures. Los enviados a Tumipampa también retornaron a Quito. Llegaron con la fatal noticia de que Ninancuyuchi había fallecido. Esos malos informes ya no pudieron ser escuchados por el Zapa Inca, porque Huaina Cápac había dejado de existir.

Huaina Cápac, el último de los grandes
incas. Murió sin determinar quien sería su heredero
La contienda política
El Tahuantinsuyu había quedado acéfalo; sin gobernante oficial, real. Ante tal situación de incertidumbre, los orejones de la corte imperial que estaban en Quito urdieron una estratagema. Decidieron llevar la momia de Huaina Cápac al Cusco, “como si estuviera vivo, para no generar mayor desconcierto”, pero Atahualpa Inca y un grupo de nobles se quedaron, sospechosamente, en Quito. En cambio, Raura Ocllo, la Coya, madre de Huáscar Inca, salió apresuradamente de Quito rumbo al Cusco para dar esa noticia a su hijo. Otra de sus intenciones era convencer a los nobles orejones para que nombren a Huáscar Inca como al nuevo Zapa Inca. Después de ella, recién la comitiva, con la momia de Huaina Cápac, llegó primero a Limatambo; luego, al Cusco. Al llegar la comitiva al “Ombligo del Mundo”, Huáscar Inca se encolerizó, porque comprobó que Atahualpa Inca no estaba en ella, confirmándose la versión de su madre. Culpó a los orejones “por no haberlo llevado”. En verdad, Atahualpa Inca había desacatado la orden dada por su hermano mayor, el auqui, de trasladarse a la capital imperial. Huáscar Inca perdió toda la confianza que le tenía a Atahualpa Inca y llegó a creer que todos los que llevaron la momia de Huaina Cápac eran cómplices de tamaña ofensa a su investidura imperial. Por eso, dispuso que matasen a todos los orejones de la comitiva venida de Quito; cosa que se cumplió en el acto. Ese castigo, para algunos cronistas, se realizó en el Cusco; para otros, en Limatambo. Los orejones a quienes Huáscar Inca había hecho ejecutar pertenecían al linaje de Pachacútec Inca Yupanqui. El principal de ellos fue Cusi Topa Yupanqui. Por lo tanto, esa medida molestó a las panacas del Hanan Cusco.

La lucha de las panacas
Atahualpa Inca se dirigió a Tumipampa, donde hizo construir varios edificios públicos imperiales, presuntamente “en homenaje a Huáscar Inca”. Pero las intrigas cortesanas en el “Ombligo del Mundo” se incrementaron. Los huascaristas veían en todos los actos de Atahualpa Inca la inminencia de una traición y los atahualpistas creían percibir en cada gesto de Huáscar Inca los deseos de una hegemonía en los beneficios del Imperio, excluyéndolo. Por supuesto, esas insinuaciones aumentaron la desconfianza y acrecentaron el mutuo resentimiento entre ambos hermanos.
Los españoles disparan a diestra y siniestra
mientras los orejones tratan de sostener el
anda del inca
En eso, para “mal de males”, Ullco Colla, el curaca de Tumipampa, envió mensajeros a Huáscar Inca haciéndole saber que Atahualpa Inca intentaba sublevarse. Huáscar Inca volvió a enfurecerse. Esta vez, culpó a su madre y hermana por haber permitido que Atahualpa Inca se quedase en el norte. Más que nunca, consideró que Atahualpa Inca era un gran peligro para su trono. Para desgracia de Huáscar Inca, Atahualpa Inca era el preferido de los militares, cuyos mandos más importantes se habían quedado con él en Quito y Tumipampa. Mensajeros especiales de Atahualpa Inca llevaron al Cusco ricos presentes para Huáscar Inca, para apaciguarlo y ganar tiempo. Pero el advertido Huáscar Inca no cayó en la trampa y los obsequios fueron menospreciados y dichos mensajeros fueron ejecutados. Dicen que sus pieles fueron secadas para convertirlas en cueros, con los que se hicieron tambores de guerra. Huáscar Inca, por burla y provocación, le hizo llegar a Atahualpa Inca prendas y joyas femeninas.

Guerra, leyenda y mitología
Con todas esas actitudes, dignas de su tiempo, la animadversión entre los hermanos aumentó. De ella se aprovecharon los generales de Atahualpa Inca y le convencieron para que haga pública su rebelión. A partir de entonces, la guerra civil se desató. Dos ejércitos entraron en campaña para pelear por la hegemonía en el Tahuantinsuyu. Cuando Atahualpa Inca estaba todavía en Tumipampa, haciendo preparativos para la contienda, cayó prisionero. “Fue apresado por los cañaris, leales a Huáscar Inca”, dicen algunos cronistas. “Fue derrotado por tropas enviadas del Cusco, por Huáscar Inca”, dicen otros cronistas. Lo cierto es que fue encerrado en un tambo real, de donde fue liberado durante la noche por sus partidarios. Se dice que una mamacuna le proporcionó una barra de cobre con la que hizo un forado en la pared y logró escabullirse sin ser notado por sus vigilantes, “que festejaban el triunfo”. Atahualpa Inca aprovechó astutamente dicho episodio, porque hizo creer que el Inti lo había transformado en amaru (serpiente) para que pueda escaparse por una rendija del tambo real. Esa leyenda se propaló por todo el Imperio y convirtió a Atahualpa Inca en un ser mítico; el “elegido por los dioses”.
Las tropas de Atahualpa Inca se reorganizaron en Quito. Con su ejército bien pertrechado, volvió a Tumipampa, tomando dicha plaza. Allí, Atahualpa Inca se vengó de los cañaris, porque destruyó la ciudad fundada por Túpac Yupanqui y convertida por Huaina Cápac en su llacta preferida. Luego, se dirigió a la costa norte, destruyendo todos los poblados hasta Tumbes. Para tomar el curacazgo de La Puná, que era partidario de Huáscar Inca y que quedaba en la isla del mismo nombre, en el golfo de Guayaquil, Atahualpa Inca reunió una respetable flota de balsas, a fin de invadirlo desde tierra firme. Avisado de las intenciones del inca, el curaca de La Puná hizo lo mismo, pero en su isla. Atahualpa Inca embarcó a su tropa hacia La Puná y el curaca de esa isla salió a su encuentro. En el mar, ambas flotillas de guerra se encontraron y se trabó un feroz combate. Atahualpa Inca fue herido en la pierna y sus tropas llevaron la peor parte y tuvieron que retirarse a tierra firme.  De allí, se trasladaron a Quito. El victorioso curaca de La Puná invadió Tumbes, la arrasó y castigó a la guarnición dejada por Atahualpa Inca, tomando centenares de prisioneros. Cuando llegó Francisco Pizarro a ese sitio, encontró a 600 cautivos atahualpistas.

Huáscar Inca no mostraba liderazgo
Entre tanto, Huáscar Inca, que había sido elegido por la nobleza cusqueña como Zapa Inca, se mostraba en el Cusco como un gobernante “pusilánime, violento, cruel y desatinado”. No logró captar la simpatía de la clase dirigente incaica ni el respeto de los generales del ejército de Huaina Cápac que se hallaban en la ciudad capital. Además, se hizo impopular porque: 
a). No asistía a los agasajos y comidas que las panacas solían hacer en la plaza principal del Cusco durante sus festividades. 
b). Apartó de su guardia personal a los integrantes de los ayllus custodios, desconfiando de ellos. En su reemplazo, un grupo especial de cañaris y chachapuyas pasaron a formar su guardia real. 
c). Amenazó con despojar a las panacas de sus haciendas y otros bienes. Pero, lo que colmó la indignación de la nobleza cusqueña fue la decisión de Huáscar Inca de enterrar las momias que cada panaca conservaba. Le oyeron decir: “En el Cusco hay más momias que vivos”.
Ese hecho era grave, porque: “Según las costumbres cusqueñas, las momias de los difuntos incas se conservaban como si estos estuviesen con vida, rodeadas de sus mujeres y servidores. Suyos eran los mejores campos de las afueras del Cusco, es así como los muertos gozaban de mayores riquezas y privilegios que los vivos. Alrededor de los cuerpos de los pasados soberanos se reunía un numeroso séquito que se sustentaba a costa de las panacas, y ocupaba la capital en recíprocas fiestas, borracheras y comilonas” (María Rostworowski).Todas esas intenciones de Huáscar Inca despertaron el rencor de los miembros de las panacas, de sus muchos servidores y paniagudos. Huáscar Inca, al notar ese rechazo, quiso pasarse del Hanan Cusco al Hurin Cusco. En cambio, Atahualpa Inca, que había pasado diez años lejos de las intrigas de la corte cusqueña, fue ganando adeptos. Además, estaba respaldado por una buena parte del ejército imperial y de los generales más experimentados y hábiles.

En la guerra civil, Huáscar Inca fue
derrotado y apresado (dibujo de Guamán Poma de Ayala)
La campaña norteña
Huáscar Inca envió, bajo órdenes del general Atoc, un numeroso ejército a Tumipampa. En esta ocasión, no era un símbolo cualquiera el que enarbolaba dicho ejército. Una hermosa estatua de oro del Inti encabezaba dicha marcha. Atahualpa Inca, desde Quito, mandó a sus tropas a órdenes de los generales Challcochima, Quízquiz, Rumiñahui y Ucamari. El primer encuentro entre ambos ejércitos se realizó en Chillopampa, triunfando las tropas de Atoc. Miguel Cabello Balboa, el cronista, dice que ese primer encuentro se realizó en Mullihambato. Según el mismo cronista, en una segunda batalla salieron victoriosas las tropas de Atahualpa Inca. Según Pedro Cieza de León, hubo solo una batalla entre los ejércitos de ambos incas. Pero es evidente que en la campaña norteña la victoria final correspondió a las tropas atahualpistas. En esta campaña murió Ullco Colla, curaca de Tumipampa. Los generales Atoc y Hango cayeron prisioneros y fueron cruelmente victimados. Según una versión, los volvieron ciegos y los abandonaron en un paraje solitario, donde murieron de hambre y sed. Según otros, murieron ante la presencia de sus enemigos. De sus pieles, se habría hecho tambores de guerra. Del cráneo de Atoc “mandó hacer Challcochima un recipiente con adornos de oro para beber chicha”, dice un cronista.

Campaña de la sierra central
El ejército huascarista -bajo el mando de los orejones Huanca Auqui, Ahuapanti, Urco Huaranca e Inca Roca- salió del Cusco con dirección al norte. El ejército atahualpista, comandado por Quízquiz y Challcochima, fue a su encuentro. Se enfrentaron ambos ejércitos en Caxabamba, saliendo derrotados los huascaristas. Huanca Auqui logró huir y reorganizó sus tropas en Cajamarca. Pero, a partir de entonces, todas las batallas de esa campaña se van a definir a favor de las tropas atahualpistas; a tal extremo que los huascaristas solo protegieron su retirada hacia el Cusco. Las más importantes de dichas batallas fueron: Cocha Huailla (Huancabamba- Huambo), Pumpu (meseta de Bombón), Jauja (valle del Mantaro) y Vilcas (Ayacucho).

Defensa de la capital imperial
Atahualpa Inca se había quedado en Cajamarca. Cuando sus victoriosas tropas ya se hallaban en Curahuasi (pasando Andahuaylillas; sureste del Cusco; provincia de Quispicanchis), Huáscar Inca multiplicó sus rogativas a las huacas. Como las respuestas siempre eran negativas, cayó en un desánimo casi total. Pero, ante la inminente invasión al “Ombligo del Mundo”, fue obligado a hacer frente a la situación.
Reorganizó su ejército. Lo dividió en tres frentes: 
A). El primero, comandado por él mismo, custodiado por nobles guerreros del Hurin Cusco, cañaris y chachapoyas.
B). El segundo, por Uampa Yupanqui, quien dirigió su ejército hacia Cotabambas, a donde habían retrocedido las tropas de Atahualpa Inca. 
C). El tercero, bajo la jefatura de Huanca Auqui, quien tenía la misión de vigilar y atacar al enemigo por sorpresa.

Requerimiento a Atahualpa Inca hecho por el
dominico Vicente Valverde, con la presencia
de Hernando de Aldana y Felipillo.
Guanacopampa
Ambos ejércitos se encontraron en Guanacopampa (distrito de Tambobamba, provincia de Cotabambas, Región Apurímac). El primer escalón huascarista que entró en batalla fue el comandado por Uampa Yupanqui. Enterado que entre los atahualpistas había muerto el general Tomay Rima y, por ese motivo, anticipándose a una victoria final, Huáscar Inca ordenó la participación de los demás escalones. En la lucha destacaron sus hermanos Tito Atauchi y Topa Atao. La batalla fue encarnizada. Duró todo el día y ninguno de los ejércitos se rindió. Al anochecer, Quízquiz y Challcochima se replegaron a una colina cercana. Huáscar Inca, al notar la hierba seca que los rodeaba, hizo que prendieran fuego. Abrasados por el incendio, murieron muchos soldados atahualpistas. Entonces, sus jefes ordenaron la retirada y cruzaron el río Cotabambas, pero Huáscar Inca cometió el error de no perseguirlos. Al día siguiente, Topa Atao fue al encuentro de Challcochima hacia una hondonada, pero Challcochima lo derrotó y lo tomó prisionero. Luego, hizo avisar a Quízquiz que tomara preso al soberano por la retaguardia. Huáscar Inca cayó en la emboscada y fue hecho prisionero. En seguida, Challcochima tomó sus andas, se subió a ella llevada por sus partidarios y, haciéndose pasar por el Zapa Inca, se dirigió a Guanacopampa, donde estaba pertrechado gran parte del ejército de Huáscar Inca.
Allí, al principio creyeron que volvía su inca victorioso. Pero el hábil general Challcochima soltó a un prisionero para que avisara que el Zapa Inca había caído en su poder. Entonces, las tropas rivales, totalmente desconcertadas, emprendieron la huida por el río Cotabambas. Cuando pasaban a la otra orilla, les cayeron las tropas de Challcochima, los derrotaron y tomaron prisionero al general Tito Atauchi.

Toma de la ciudad imperial 
El apresado Huáscar Inca, con una custodia especial, quedó en Quiuipay. Las victoriosas tropas atahualpistas avanzaron hacia el Cusco. Arribaron a Yavira, muy cerca de la ciudad-capital, para descansar y recibir órdenes de Atahualpa Inca, el usurpador Zapa Inca. Informados de dichos sucesos, llegaron a Yavira los personajes más importantes de la nobleza cusqueña, para rendir homenaje a Atahualpa Inca, quien era representado por una estatua; su doble o huauque, llamado Ticsi Cápac. Challcochima ordenó un castigo ejemplar contra el general huascarista Huanca Auqui y los villaomas Apo Challco Yupanqui y Rupaca, culpados por haber entregado la mascapaycha a Huáscar Inca. Luego, los atahualpistas tomaron el Cusco sin ningún otro contratiempo. Enaltecido por la victoria final, Atahualpa Inca envió a Cusi Yupanqui al Cusco con poderes especiales, principalmente para castigar a los partidarios de Huáscar Inca. Una disposición precisa quedó al descubierto al poco tiempo de su llegada: aniquilar la panaca de Túpac Inca Yupanqui y el linaje de Huáscar Inca. En efecto, las mujeres, hijos y deudos de Huáscar Inca fueron ejecutados. Destruyeron el mallqui de Túpac Inca Yupanqui, quemándolo en un despoblado. Ese acto era considerado en ese tiempo como el más vil de los castigos. Luego, persiguieron y mataron a todos los integrantes de su panaca, incluyendo a sus mamaconas, yanas y demás servidumbre.

Grabado colonial sobre la muerte de Atahualpa
“Extraños y fieros barbados”
Cuando Atahualpa Inca se encontraba en Huamachuco, preparándose para viajar al Cusco, llegaron unos mensajeros enviados por los curacas de Paita y Tumbes. Le informaron al Zapa Inca que habían llegado unos “extraños personajes que habitaban unas casas flotantes y montaban unos enormes animales”. Atahualpa Inca ordenó que a Huáscar Inca lo llevasen a Cajamarca, donde él mismo también se dirigió para estar más al tanto del desplazamiento de esos barbados en tierras de “su imperio”. Francisco Pizarro y su tropa se enteraron de estas noticias estando en Tangarará, donde fundaron la ciudad de San Miguel. Pizarro calculó sus acciones y no se apresuró. Sabía que el curso de la historia estaba a su favor. Se acercaba el fin del Tahuantinsuyu. El 15 de noviembre de 1532, llegó Pizarro a la llacta de Cajamarca, mientras Atahualpa Inca lo esperaba en los Baños del Inca, a 5 km de la ciudad. Sin apearse del caballo, Pizarro ordenó a Hernando de Soto, primero, y a Hernando Pizarro, después, que fueran a invitarlo al Inca. Atahualpa Inca se mostró sereno, seguro, hasta soberbio, ante la embajada y ofreció visitarlos al día siguiente. No tomó ninguna previsión guerrera. En cambio, los españoles prepararon la emboscada. Al día siguiente, cuando ya se ocultaba el Inti, llegó la comitiva de Pizarro a Cajamarca. Atahualpa Inca, el Señor de Chincha y el Señor de Cajamarca se presentaron en relucientes andas e ingresaron a la plaza de Cajamarca. Les salió al paso el cura dominico Vicente Valverde, quien les hizo el requerimiento o sometimiento a la Corona española, lo que Atahualpa Inca rechazó enfurecido. Valverde dijo: “¡Santiago! ¡Santiago!”, el grito de guerra que Pizarro y sus huestes estaban esperando. Salieron los soldados de a caballo, los dogos, los fusileros de a pie y las cuatro culebrinas empezaron a disparar sus balas. Todo se alborotó y los acompañantes del Inca entraron en pánico y empezaron a escaparse, muriendo miles en ese intento ante la arremetida de la tropa pizarrista. Francisco Pizarro aprovechó la ocasión para tomar preso a Atahualpa Inca, con lo que la victoria fue asegurada por los conquistadores.
Días después, Atahualpa Inca, comprendiendo la ambición de los españoles, les ofreció una fabulosa cantidad de oro y plata por su libertad. Pizarro hipócritamente, aceptó el ofrecimiento. De todo el Tahuantinsuyu empezó a llegar el tesoro de los incas, uno de los más grandes que conquistador alguno haya obtenido en la historia de la humanidad. Los españoles fundieron todos los objetos artísticos de oro y se repartieron los lingotes, enviando el “quinto real” a España. En seguida, “juzgaron” a Atahualpa Inca y lo sentenciaron a ser quemado vivo. El Inca pidió clemencia, se bautizó y fue muerto con la pena del garrote. Era el 26 de julio del año 1533, fecha en que se terminó el desarrollo independiente de la cultura andina.

Pintura colonial sobre la muerte y los funerales del Inca Atahualpa
FUENTE: JUlio villanueva Sotomayor
Biografia "Atahualpa Inca Yupanqui"

lunes, 16 de noviembre de 2015

Aquí descansa el Huáscar, la tumba de Grau

El periodista Jaime Tipe Sánchez visitó en 1996 el monitor Huáscar. La prensa y los peruanos apenas sabíamos qué era de la nave que comandó Grau. En un nuevo aniversario del combate de Angamos rescatamos la crónica.

¿Eres peruano? Vienes a ver el Huáscar… tu “ex” buque. Hay curiosidad, y cierta burla en el marino chileno que me acompaña hasta la Bahía Concepción. Avancé en silencio recordando lejanas lecciones escolares de historia del Perú.
“Te va sorprender los chico que es”. La advertencia fue común en Santiago durante las gestiones para visitar el legendario monitor, el navío de las hazañas en la Guerra del Pacífico, el lugar donde cayó despedazado Miguel Grau.
En la Base Naval de Talcahuano la pregunta del marino chileno apenas me distrae de ese repaso veloz por las clases básicas de historia.
-Sí, soy peruano. Dije con orgullo.
Caminamos juntos un trecho. El Huáscar estaba sólo a unos metros, pintado de negro, con la cubierta blanca y mástiles amarillos.
Recordamos la advertencia. Es pequeño para estos tiempos, pero sus 67 metros de largo y 11 de ancho, lo convirtieron en un buque temible a fines del siglo pasado. Nadie en ese entonces podría imaginarlo, un siglo después, como inofensivo museo flotante, en la Segunda Zona Naval de Chile.
De martes a domingo -de 9 de la mañana a 6 de la tarde- el monitor es recorrido con admiración en un rito en el que, según la nacionalidad del visitante, se confunde la curiosidad turística, el orgullo chileno y la reverencia silenciosa. El museo fue inaugurado el 8 de octubre de 1952. La idea fue obra del contralmirante Pedro Espina. La nave había permanecido anclada en el arsenal de Talcahuano desde 1930. Ese año fue relevado del servicio oficial como buque madre de la primera flotilla de submarinos chilenos.

Base Naval de Talcahuano donde está anclado el monitor Huáscar.
Era su segundo y definitivo adiós. En 1901 quedó inutilizado durante varios años, a raíz del estallido de una cañería a vapor que provocó la muerte de 14 marinos.
Pese a sus 131 años, su conservación es admirable. Nadie podría detectar o reparar que el Huáscar fue perforado por 76 disparos de cañón en el Combate de Angamos. Los trabajos de conservación en el casco, los camarotes y las salas de máquinas, merecieron un reconocimiento para la armada chilena: el 27 de octubre de 1994 recibieron el premio World Ship Trust.
Una distinción que otorga la institución inglesa a los buques históricos y antiguos que se mantienen en excelente estado.

Todos los meses un equipo de buzos chequea el casco. Los marinos examinan la estructura del monitor y le brindan mantenimiento sofisticado. Un contingente de seis marinos, bajo el mando del comandante Vicente Fontaine y el sargento Pedro Jaque Vera, tiene como misión vigilar el Huáscar.
Con los años se han ido diluyendo las historias de fantasmas, y almas que penan sin descanso sobre la cubierta o en las bodegas del buque. “Eso forma parte del pasado”, dice el sargento Jaque Vera. “Aunque algunas noches siento unas miradas clavadas en mi espalda”.

Cada 8 de octubre, mientras en el Perú se rinde el tradicional homenaje a Miguel Grau y los héroes de Angamos, el monitor es visitado por los futuros suboficiales que juran en su cubierta. Esa fecha es conocida en Chile como el día del Suboficial Mayor.
No hay visos de mezquindad o triunfalismo. En memoria de Grau los chilenos colocan ofrendas florales. A la ceremonia asiste el cónsul peruano.
Pero también hay otras efemérides que se recuerdan aquí. Para el 21 de mayo (fecha del Combate de Iquique, donde falleciera Arturo Prat, el máximo héroe de la marina chilena), se colocan luces en toda la cubierta. Lo mismo ocurre en Fiestas Patrias (18 de setiembre) y en Año Nuevo.

¡Hubo guerra con Perú!

Uno puede visitar el Huáscar por donde quiera. Sin recorrido establecido. La afluencia de público provoca largas colas para ingresar a la Base Naval. La aglomeración es similar para subir a la plataforma flotante que conduce hasta la nave.
En la cubierta blanca, como en todo el recorrido, una grabación desde los altoparlantes recuerda las acciones de guerra, acompañada con marchas militares de fondo.
En distintos puntos de la cubierta tres monolitos señalan el lugar donde perecieron Miguel Grau, Arturo Prat y Manuel Thomson, el comandante del monitor que asumió el mando cuando la nave pasó a manos de Chile.
Algunas manchas rojas en la Torre de Coles indican los impactos recibidos en combate. La torre de mando, donde murió despedazado Grau, luce reconstruida.
Los visitantes hilvanan singulares diálogos en su recorrido. Desde la consabida admiración, hasta la elocuente extrañeza al escuchar que alguna vez Chile y Perú estuvieron enfrentados en una guerra.

-¡Hubo guerra con Perú!, se escandaliza una turista uruguaya.
¡Claro!, responde su acompañante.
-¿Cuándo?
-El siglo pasado.
-¿Por qué?
-Por unas tierras.
-Voy a tener que leer…

La cantidad de visitantes motiva encontrones frecuentes en los pasadizos y deja oír más diálogos.

-¿Papá nosotros ganamos la guerra?
-Claro mi hijo.
-¿Y siempre ganan los buenos?
-Claro, los buenos siempre ganan.
-Quiere decir que los chilenos somos buenos.
-Claro.
-¿Y si un día perdemos?

“Honor y orgullo”

Nadie ha borrado la inscripción que destaca sobre el timón de popa. “El hombre honrado, leal i valiente inspira honor i orgullo a sus compatriotas. El traidor i cobarde es el baldón i deshonra de su patria”.

Así, bajo ese lema, vivieron y murieron los marineros del monitor. Por eso el reconocimiento y respeto de los chilenos.
“Sabemos cuánta sangre y sacrificio hay en este buque -reconoce el sargento Jaque-. Hubo heroísmo peruano y chileno. Eso jamás se puede olvidar”.
En el recorrido por los cinco ambientes principales es evidente el cuidado por mantener la nave en su estado original.
En la cámara general de la tripulación todavía está la mesa original donde se servía alimentos y hasta los ganchos que sostenían las hamacas en las horas de descanso.
La amplitud de esta habitación ha permitido instalar óleos alusivos a diversos combates que sostuvieron peruanos y chilenos en la Guerra del Pacífico. Existen también réplicas a escala del Huáscar y la Esmeralda, nave en la que pereció Prat.
Una de las paredes muestra al mundo las órdenes militares que Grau recibió un 15 de mayo de 1879. La firma don Domingo del Solar.
Hay otro ambiente que corresponde a la Torre de Coles, con sus dos cañones pesados. Las paredes han sido recubiertas con un corcho especial que evita la corrosión y la humedad.

El camarote del héroe, Miguel Grau.
Ahí, en cada combate, dieciséis hombres accionaban la torre, girándola de un lado a otro para lanzarse al ataque.
La antigua caldera, donde se almacenaba carbón, es ahora un altar. Allí se oficia -cada 20 de mayo- una misa en recuerdo de las víctimas del Combate de Iquique.
El retrato de Arturo Prat resalta junto a una cruz. El ambiente está sembrado de óleos de marinos chilenos. Al centro, una vitrina guarda lo que supuestamente fue el pabellón peruano, arriado del mástil del Huáscar luego del Combate de Angamos.
Rumbo a lo que fue el camarote del gran almirante encontramos otro comedor, el de los oficiales, rodeado de sus dormitorios.
La mesa, para 14 personas, el mismo número de camarotes para oficiales que tiene el Huáscar, está pulcramente conservada y es el paso previo a la popa, donde Grau pasó la última noche de su vida.

¿Grau era chato?

El camarote de Grau está siendo reparado. Se ha retirado todas las capas de pintura para recuperar el color original de la madera. El color de la caoba está brotando nuevamente al cabo de un siglo.
El ambiente, clausurado para los turistas, fue abierto para nosotros. Fue un encuentro inesperado, inolvidable y -por qué ocultarlo- emotivo con nuestra historia.
La pieza consta de dos ambientes. Primero está la sala de recepción que era el lugar de reunión con los oficiales. Desde un óleo enorme, colgado en una de las paredes, Grau pareciera prolongar en el tiempo el formidable mando que tenía sobre su nave.


“Comandante peruano Miguel Grau, héroe y caballero que murió en el Combate de Angamos…”, se lee en una placa, colocada allí por los marinos chilenos. Al final de la sala, está su camarote. El ingreso revela un escritorio donde se exhibe, detrás de un vidrio, la carta que Grau envió a la viuda de Prat tras el Combate de Iquique. La muestra de su caballerosidad.

La cama, sorprendentemente pequeña, está cubierta por una colcha azul donde destaca el dibujo de un ancla. Una brújula colgando del techo recuerda que es la habitación del comandante.
¿Tan chico era Grau? O han hecho alguna remodelación del camarote, le preguntamos al diligente Jaque.
“Grau era bajo. No tenía más de un metro 60. Era la contextura de la época”.
Dimos dos paseos más por el Huáscar. Respirando otra vez cada rincón, sintiendo que un episodio clave –doloroso, imborrable y definitivo- de nuestra historia está flotando en Talcahuano.

Publicado en el Suplemento Domingo, Diario La República, 1996.