sábado, 15 de junio de 2019

Los Curacas: dirigentes incaicos

Los Curacas eran los dirigentes étnico incaicos que regulaban las funciones dentro del ayllu, base de organización andina, mediante el establecimiento de vínculos solidarios y la regulación de las funciones del grupo étnico o parental como la organización de las tareas agrícolas, la redistribución de recursos, administración de los bienes, la mita, etc.

 Los curacas tradicionales poseían funciones :
“rituales y ceremoniales, que tenían que ver con la adoración de los ancestros, fuente principal del poder y legitimidad del curaca”[1];
Este “especialista de lo sagrado” media entre los hombres y los seres sobrenaturales que guardan el orden cósmico, a la vez que organizaba las ofrendas o fiestas comunes. Los curacas poseían varias mujeres, conocidas como aqllas, escogidas castas por linaje y hermosura, beneficiando la creación de nuevas relaciones de parentesco se verán beneficiadas.


El nombramiento del mismo es una cuestión muy discutida, algunos cronistas afirman que
“el curaca no era un jefe hereditario, sino un hombre que llegaba al cargo por medio de un proceso de selección ritual, y que, en consecuencia, podía ser despojado del mismo mediante procedimientos similares”[2].
Sin embargo, esta tesis tiene poco respaldo respecto a la que defienden importantes investigadores como Jonh V. Murra, asegurando que el cargo es hereditario, no siempre en sentido patrilineal, pero si familiar:
“que muriendo el cacique principal si tenía hijo grande que pudiese mandar no se osaba de su autoridad […] que le diese licencia y silla de su cacicazgo y así el ynga se lo daba”[3].
La mayoría poseían un claro origen étnico y fueron nominados a través de rituales en cada unidad étnica, desde los cuales el cargo se retrasmitía, puesto que cada vez es más discutible que los curacas fueran nombrados por el Tawantinsuyu, y en casos puntuales por el Inka.
La función más importante del curaca era la de organizar las relaciones de reciprocidad, que suponían unas obligaciones dentro del ayllu, unas relaciones de intercambio; su relación con la población se hace aceptando la reciprocidad.
“Estos intercambios, que permitían el acceso simultáneo de una misma población a recursos muy distantes entre sí, han sido descritos como “comercio” por investigadores que usan modelos procedentes de otras latitudes […] con relaciones limitadas de trueque ritual o a intercambios de temporada”[4].
La sociedad carece de comercio, pero a pesar de ello es rica, expansiva y organizada, mediante intercambios o trueques, identificado por algunos historiadores como “trueque a modo de indios” [5], cuya existencia es innegable, tanto por signos lingüísticos como restos arqueológicos de cerámicas prehispánicas, etc. El mercado era inexistente, de este modo los depósitos podrían ser el principal valor económico de la comunidad;
“en contraste con la región andina, integrada políticamente por el poder centralizado de los incas, Mesoamérica estuvo políticamente siempre dividida. Pero lo que no hizo la política fue hecho por el comercio […] sistema complejo de intercambios desde el simple trueque en el interior de la aldea hasta los grandes mercados especializados de las ciudades y que culmina en un tráfico internacional.”[6]
Las ferias andinas surgirían durante el siglo XVI, añadiendo las pautas europeas de intercambio, ocupando el espacio de rituales y tradiciones anteriores y difundiendo los criterios mercantiles. La reciprocidad es identificada como equitativa, cuando un hombre recibe el trabajo de otro por reciprocidad, debe mostrarse «generoso» alimentarlo, alojarlo y vestirlo; el curaca debía cumplir con las obligaciones de los que le prestaban «servicio», aunque da apariencia de «rango superior». La mita sin embargo con el tiempo sí será una obligación con el poder, en el periodo colonial mucho más rigurosa que en el prehispánico.


La relación incluía cambios de presentes entre diferentes grupos, intercambio ceremonial que establecía relaciones entre los grupos vecinos, tanto de presentes o como bienes con carácter ritual, de hoja de coca por ejemplo, pero sin existir un mercado como tal; podemos afirmar por lo tanto que el Tawantinsuyu es una organización basada en la reciprocidad y la redistribución de bienes.

Las prestaciones que recibía el poder no se consideran un tributo como tal, puesto que no estamos ante un señor “tirano” que explota a la población, se piensa que se producía en especie por la ausencia de moneda y que parte de esa “renta tributaria” se repartía entre la población, de una manera más redistributiva que un reparto «caritativo».

La existencia de la mita andina se basaba en la entrega de la mano de obra al poder  para que éste organizara la producción de bienes redistribuibles, según la población. Esta movilización de gentes se usaba para la siembra, cosecha, recogida del mineral, etc.
Autor: Héctor Martínez Alonso para revistadehistoria.es

Bibliografía:

[1] RAMÍREZ, Susan E. (2001). “Curacas y cosmología: el poder ancestral en los Andes” en GARRIDO ARANDA, Antonio (coord.) “A propósito de Raúl Porras Barrenechea: viejos y nuevos temas de cultura andina” Secretariado de Publicaciones Universidad. Córdoba,p. 157

[2] MARTÍNEZ, José Luis (1982). “Una aproximación al concepto andino de autoridad, aplicado a los dirigentes étnicos durante el siglo XVI y principios del XVII”. Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima.

[3] ORTIZ DE ZUÑIGA, Iñigo. (1967)“Visita de la provincia de León de Huánuco en 1562”, ed. de John V. Murra, Lima.

[4] MURRA, John V.(1999).  “El Tawantinsuyu” en Historia General de América Latina. Vol. I: Las sociedades originarias. Madrid-París, UNESCO-Trotta, p. 489

[5] ROSTWOROWSKI DE DIEZ CANSECO, María: (1977). “Etnía y sociedad. Costa peruana prehispánica” Instituto de Estudios Peruanos, Lima, p. 133

[6] SEMO, Enrique.(2006).“Historia económica de México”. Vol. I: Los orígenes. De los cazadores y recolectores a las sociedades tributarias, 22000 aC a 1519 dC. México, Universidad Nacional Autónoma de México-Océano, 2006, p. 149

sábado, 26 de enero de 2019

Túpac Yupanqui: "El inca navegante"

Alrededor de 1465, antes de que Cristóbal Colón llegara a América (1492), el entonces ‘hatun auqui’ (príncipe conquistador) Túpac Yupanqui –quien luego se convertiría en el décimo gobernante de la civilización inca– emprendía una expedición a las actuales islas de la Polinesia –una de las sub regiones de Oceanía–. La misión prometía oro, así como encontrar nuevas especies de animales y plantas que podrían resultar útiles para el imperio. Tenía tan solo 25 años.

“Él [Túpac Yupanqui] era un hombre que no había tenido nada que ver con el mar hasta que lo conoció cuando conquistó el golfo de Guayaquil [Ecuador], y descubrió las balsas. [...] Y siguiendo además las corrientes y los vientos, entendió que estas podían llegar a cualquier parte”, le dijo hace unos años a El Comercio el fallecido historiador José Antonio del Busto, autor del libro “Túpac Yupanqui. Descubridor de Oceanía” –que reúne 30 pruebas que confirmarían la veracidad de esta teoría–.
En el libro “Túpac Yupanqui. Descubridor de Oceanía", el fallecido historiador José Antonio del Busto reunió 30 pruebas que confirmarían esta teoría.

—El explorador—

Túpac Yupanqui –aseguraba Del Busto– conquistó más que Alejandro Magno. Y luego de obtener el control de la isla Puná (Ecuador), a la que llegó en balsa, recibió noticias de la existencia de dos islas lejanas que albergaban una gran variedad de recursos: Auachumbi y Ninachumbi. Los cronistas Pedro Sarmiento de Gamboa, Martín de Murúa y Miguel Cabello de Balboa –que vivieron en el virreinato del Perú en el siglo XVI– coinciden con este relato.

Con 120 embarcaciones y 2.000 hombres, el joven príncipe –de acuerdo con la teoría que rescata Del Busto– inició su aventura a estas dos islas, que se tratarían de Mangareva y Rapa Nui (Isla de Pascua). También llegaría a Nuku Hiva, en el archipiélago de Las Marquesas.

¿Pero cuáles son los indicios que apoyan esta propuesta? 
En primer lugar, las crónicas indican que tras su viaje, el príncipe inca no solo trajo consigo oro, plata, esmeraldas y animales raros, sino también esclavos negros.

Al no haber registro de exploraciones de Túpac Yupanqui a África, Del Busto aseguraba que se trataba de esclavos de Melanesia –otra subregión de Oceanía– que se encontraban en las islas mencionadas. Asimismo, en Nuku Hiva se hallaron quipus –herramienta para llevar la contabilidad–, conocidos en aquel lugar como quipona.

—El rey Tupa—

Para Joseph Dager, profesor de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya y estudiante de Del Busto, entre los varios indicios que recogió su profesor acerca de la presencia inca en Oceanía, hay dos que predominan. El primero es la leyenda del rey Tupa, que hasta la fecha se mantiene en la isla de Mangareva. El relato habla de la llegada de este personaje en una flota de pae pae, balsa a vela con doble mástil, y que deslumbró a los nativos con la cerámica, pues era un mundo precerámico; los metales, porque los lugareños estaban en la edad de la piedra, y la textilería. Cabe resaltar que en dicho lugar existe la danza del rey Tupa.

El segundo indicio importante está en Rapa Nui, que alberga una construcción con características incaicas llamada Vinapú.
“Es una construcción en la que ponen piedra sobre piedra, y entre estas no puede entrar ni un clavo. Esta técnica se ve en las ciudades incaicas del Cusco”, señala Dager.
En este lugar, del mismo modo que en Mangareva, existe un personaje legendario bautizado como Mahuna-te Ra’á, que se traduce como “hijo del Sol”. Para Del busto era una referencia del príncipe inca. Se apoyaba también en la existencia de palabras quechuas en Rapa Nui. Por ejemplo, el tocado que tienen en la cabeza los famosos monolitos de la isla se llaman puka, que en quechua significa rojo. Hay también indicios de viajes entre Moquegua y Pascua.

—La misión a Australia que salió del Callao—

Entre las primeras exploraciones occidentales registradas a Australia, hay una que salió del puerto del Callao en 1605. La misión fue comandada por Luis Vaz de Torres, navegante hispano portugués. Atravesó el estrecho entre Australia y Nueva Guinea, que ahora lleva su nombre.
En el San Pedrico, una embarcación de 40 toneladas, recorrió por tres meses las costas australianas. Durante más de 2 meses, los españoles navegaron a lo largo de la costa de Nueva Guinea, que reclamaron para Felipe III, lucharon con los nativos y capturaron algunos. El 22 de mayo de 1607, Torres llegó a Manila, capital de Filipinas, donde desapareció de la historia, según el diccionario australiano de biografía.

Fuente: https://elcomercio.pe


José Antonio del Busto: Tupac Yupanqui, descubridor de Oceanía