lunes, 24 de septiembre de 2018

Manuel Arturo Odría: El dictador afortunado

El general Manuel A. Odría tiene el honor de estar enterrado en la catedral de Santa Ana de Tarma, muy cerca del altar mayor. Debe ser, quizá, el único dictador latinoamericano, al menos del siglo XX, que goza de ese privilegio póstumo. El pueblo tarmeño le agradeció así a su hijo predilecto quien, siendo presidente, les dejó un hospital, un par de grandes unidades escolares, el Hotel de Turistas, el local de la Municipalidad y, por supuesto, su catedral, inaugurada en 1954. “Por mi patria doy mi vida y por Tarma mi corazón”, dijo alguna vez. Por ello, cada 26 de noviembre los tarmeños celebran el Día de la Gratitud.


A 120 años de su nacimiento, una radiografía de Manuel Odría, uno de los personajes más controvertidos de nuestra historia
—La carrera militar—
En 1914 Odría se trasladó a Lima con su familia. Ingresó a la Escuela Militar de Chorrillos, donde se graduó como espada de honor de su promoción en 1919. Su destacada carrera militar le valió ingresar a San Marcos, donde estudió Matemáticas, y al Estado Mayor Naval, que le otorgó un diplomado.
Siguió escalando posiciones hasta que llegó su momento de gloria, en 1941, cuando participó en la batalla de Zarumilla, triunfo clave de la guerra con Ecuador. Obtuvo el grado de coronel y pasó a dirigir la Escuela Superior de Guerra del Perú. Fue así que viajó a los Estados Unidos a capacitarse sobre lo más moderno de la industria bélica hasta que, en 1946, fue promovido a general de brigada. Luego, José Luis Bustamante y Rivero creyó conveniente darle el Ministerio de Gobierno y Policía. Nadie se imaginó que se convertiría en el golpista del gobierno que lo acogió.

—Una clásica dictadura—
De 1948 a 1956, durante el Ochenio, el Perú vivió, a su manera, los avatares de aquellas dictaduras de la Guerra Fría que apoyaba Washington, siempre y cuando garantizaran un dique al avance del “comunismo internacional”, sin que importen sus corruptelas o violaciones del orden institucional. Fueron los años de Leonidas Trujillo en República Dominicana, Fulgencio Batista en Cuba, Gustavo Rojas Pinilla en Colombia o Marcos Pérez Jiménez en Venezuela.
Los intereses antagónicos de la oligarquía exportadora y del APRA se confabularon para liquidar los esfuerzos democráticos del gobierno de Bustamante y Rivero. Pero la victoria final fue de los primeros, quienes alentaron a Odría a conducir el golpe conservador del 27 de octubre de 1948 que se inició en la guarnición de Arequipa. El Perú regresaba a la ‘normalidad’, comentó el poeta Martín Adán.
Odría encabezó una Junta de Gobierno que debía convocar elecciones en 1950. Pero los comicios de ese año, acaso los más fraudulentos del siglo XX peruano, convirtieron al caudillo de esta “revolución restauradora” en candidato único. Así, el afortunado ganador gobernaría por seis años más con un Congreso decorativo, repleto de cortesanos.
A través de la Ley de Seguridad Interior, que suprimía o limitaba las libertades individuales, quedaron fuera de la ley los partidos de izquierda; además, daba amplio margen para amedrentar, recluir en prisión o exiliar políticos y periodistas opositores. El caso más simbólico de esta ‘aplanadora’ fue el asilo de Haya de la Torre en la Embajada de Colombia.
El trabajo sucio le fue encomendado a un oscuro personaje, Alejandro Esparza Zañartu, quien, desde el Ministerio de Gobierno, organizó una compleja red de soplones cuyo principal objetivo no solo era perseguir apristas y comunistas, sino también sofocar cualquier forma de protesta obrera y estudiantil en las calles.

—La excepcional coyuntura exportadora—
A diferencia de su antecesor, Bustamante y Rivero, al que le tocó una economía mundial en ruinas debido al fin de la guerra en 1945, a Odría se le alinearon las estrellas. Gracias a la reconstrucción de Europa y a la guerra de Corea se dispararon los precios de las materias primas. Solo hubo que enmendar la política económica, dictada en gran medida por Pedro Beltrán, presidente del BCR, que consistió en dejar libre la iniciativa privada y eliminar los controles. Así, se duplicaron las exportaciones, se pasó a un crecimiento anual de 6,5% y el ingreso por habitante se expandió 36%. Esto dio la imagen de una dictadura ‘exitosa’ que realizó un ambicioso programa de obras públicas que no se veía desde los tiempos de Leguía.
Bajo el lema “Salud, educación y trabajo” llegaron el Estadio Nacional, el Hospital del Empleado y los ministerios de Educación, Hacienda y Trabajo. Esas moles de cemento simbolizaron los tiempos de bonanza. Las políticas de salud quedaron a cargo del Servicio Cooperativo de Salud Pública, que se concentró en la selva para combatir enfermedades epidémicas y construir un hospital en Iquitos. Respecto a la educación, se estableció un programa orientado a modernizar el contenido de los cursos, elevar el salario de los maestros y construir colegios. Así nacieron las Grandes Unidades Escolares, cuya arquitectura evocaba un polémico modernismo (pues más parecían cuarteles militares), de donde salieron miles de jóvenes que aspiraron a la educación universitaria. Los obreros se vieron favorecidos con el salario dominical y los empleados con la creación del Seguro Social Obligatorio.

Se continuó con la política de vivienda social planificada en el régimen anterior. La Corporación Nacional de Vivienda (CNV) construyó, en Lima, tres “unidades vecinales” más: Matute (1952), El Rímac (1954) y Mirones (1955). Otros conjuntos habitacionales (llamados “agrupamientos”) estuvieron dirigidos a empleados públicos como Angamos, Miraflores, Alexander, San Eugenio, Hipólito Unanue y Barboncito. La CNV también ideó una serie de locales de vivienda temporal con servicios de esparcimiento para trabajadores; así nació el Centro Vacacional de Huampaní (1955). En provincias, se mandaron a construir 1.782 viviendas repartidas en Cusco, Ica, La Oroya, Tacna y Piura. En el Callao se construyeron dos agrupamientos, con poco más de 400 viviendas, y la gran unidad Santa Marina, con 1.010 departamentos. 

El Estadio Nacional, inaugurado en 1952, fue una de las obras emblemáticas del gobierno de Odría. También se construyó viviendas y colegios. (Archivo Histórico El Comercio)
—Corrupción y clientelismo populista—
La consolidación del sistema de ‘comisiones’ para asignar los contratos de obras públicas y otros negocios del Estado, según Bustamante y Rivero, fue la llave de la corrupción durante el Ochenio. Mientras el sector exportador hacía caja, un grupo de militares y empresarios, cercanos al dictador, hacían grandes negocios, sin ningún tipo de fiscalización, como en toda dictadura. El gasto en defensa, por ejemplo, creció ostensiblemente y generó jugosas primas.
La percepción del enriquecimiento ilícito  de Odría y sus amigos fue notoria. Se sabía que al presidente le gustaban los regalos, desde inmuebles hasta joyas. Todo el país se enteró, por ejemplo, de que el fundo Odría, en Monterrico, era la residencia que le obsequiaron sus ‘amigos’ en agradecimiento por sus favores.       
A este festín se sumó un agresivo plan de asistencia social dirigido a ganar el respaldo de la población migrante en Lima y otras ciudades. Un papel relevante en comprar, con dinero público, el favor popular le tocó a la esposa del dictador, María Delgado, que atendía necesidades de mujeres y niños en un abierto estilo populista. En una versión criolla de Eva Perón, la primera dama buscaba la adhesión incondicional a la figura de Odría, repartiendo artículos de primera necesidad en las nuevas barriadas. Su esposo, mientras tanto, permitía y ‘legalizaba’ la invasión de terrenos. Alfonso Quiroz calcula que se malgastó hasta el 47% del erario en este derroche de obras y dádivas, el 3,7% del PBI de entonces.

—El legado del odriismo—
La presión política y el desorden fiscal obligaron a Odría a dejar el poder en 1956, no sin antes querer pasar a la historia como el político que les dio el voto a las mujeres. Y la fortuna lo siguió acompañando. Consiguió que el siguiente gobierno, el de Manuel Prado, decidiera no investigar a su dictadura en aras de la ‘convivencia’ y la ‘paz’ políticas. Esto le permitió conservar su popularidad, fundar un partido político (Unión Nacional Odriísta), tentar dos veces la presidencia, intentar que su esposa sea elegida alcaldesa de Lima en 1963, y ser un participante activo de la política peruana.
En efecto, a diferencia de Leguía o Velasco, Odría gozó de más años de vida para administrar su legado político. Con el apoyo de la oligarquía, que vivió su segundo y último momento de felicidad desde los años de la República Aristocrática, el odriismo fundó la primera dictadura populista de derecha del Perú contemporáneo. De 1956 a 1968, fue clave en impedir, gracias a sus alianzas con el pradismo y el aprismo, que se impulsaran las reformas que, en democracia, debieron trastocar el orden oligárquico, y que explican el posterior golpe de Velasco.
Por último, debió ser un honor para Odría —que murió tranquilamente en su casa, en 1974— que una novela de nuestro premio Nobel, “Conversación en La Catedral”, retrate con maestría las entrañas de su tiranía.

Juan Luis Orrego
Historiador

http://elcomercio.pe/movil/eldominical/articulos-historicos/manuel-arturo-odria-dictador-afortunado-noticia-1947937

sábado, 28 de julio de 2018

El mito de José de San Martín, el soldado «andaluz» que apuñaló al Imperio español en América

Su experiencia militar en la península, donde combatió a los franceses durante la Guerra de Independencia, le legitimó para dirigir a los rebeldes contra el último bastión de España en Sudamérica, el Virreinato del Perú.
Las guerras de independencia en América las hicieron los descendientes de españoles, los criollos, que representaban en torno al 10 y 15% de la población. No los mestizos ni los indígenas, mayoría en el continente. Ellos se limitaron a derramar su sangre por ambos bandos. Los libertadores como José de San Martín descendían de la clase gobernante (su padre fue teniente de gobernador) y aspiraban a heredar los privilegios que acaparaban los peninsulares. La mayor parte de los criollos eran terratenientes y comerciantes, pero estaban apartados de los puestos de poder. El mismo perro pero con distinto collar, diría el refranero popular.

San Martín proclama la independencia del Perú en 1821., por Juan Lepiani
Un niño militar que se hizo libertador
José de San Martín nació en Yapeyú, hoy Argentina, el 25 de febrero de 1778, en el seno de una familia de tradición militar. El padre, un hidalgo español de clase media, ejerció como capitán y ayudante mayor de la Asamblea de Infantería de Buenos Aires hasta que, en 1774, fue nombrado teniente de gobernador del departamento de Yapeyú, una misión jesuítica a orillas del río Uruguay huérfana de poder tras la expulsión de la orden. Asimismo, la madre del libertador también era española y de familia destacada, Gregoria Matorras del Ser, prima hermana del gobernador y capitán general del Tucumán.
Precisamente dos de los cinco hijos del matrimonio, entre ellos José, nacieron estando destinado como teniente allí. Sus primeros compañeros de juegos fueron indios guaraníes. Si bien, el matrimonio se desplazó a España en abril de 1784, donde José iba a tomar contacto con el Ejército español que tanto amaba su padre.

El criollo comenzó sus estudios en el Real Seminario de Nobles de Madrid, un lugar de formación para los hijos de los nobles y los militares, aunque otras fuentes descartan que pasara por esta escuela de élite. Para entrar era necesario «constar ser hijosdalgo notorios según las leyes de Castilla, limpios de sangre y de oficios mecánicos por ambas líneas». De lo que no cabe duda es que el 21 de julio de 1789, a los once años de edad, José de San Martín comenzó su carrera militar como cadete en el Regimiento Murcia, a donde entró alegando ser hijo de un capitán. Su trayectoria militar se inició en los combates contra los moros en Melilla y Orán.
Cuando todavía era un joven soldado imberbe fue agregado a la batería de artillería del Capitán Luis Daoiz, más adelante uno de los héroes del Dos de Mayo en Madrid. Antes de la Guerra de Independencia, el joven criollo había luchado ya contra los franceses en los Pirineos y contra los portugueses en la Guerra de las Naranjas (1802). En una misión de reclutamiento fue herido gravemente por unos maleantes que intentaron quitarle una maleta con tres mil reales de vellón, importe de la milicia.
Todo ello sin olvidar su paso por la fragata Santa Dorotea, que formó escuadra en el Mediterráneo contra los corsarios berberiscos. Durante este periodo naval conoció en Tolón a Napoleón, al ser enviado en representación de «La Dorotea». El hecho de que el emperador le saludara influyó en la admiración que San Martín profesó siempre al corso como genio de la guerra.
En 1804, su ascenso a Capitán Segundo con 27 años, le obligó a cambiar de unidad. En el batallón de «Voluntarios de Campo Mayor», que se encontraba en Cádiz, conoció al general Francisco María Solano Ortiz de Rosas, Marqués del Socorro. Ambos eran americanos. Solano, hombre de ideas liberales, acogió con afecto y simpatía a su joven compatriota al que ayudó y aconsejó desde la experiencia. Y ambos compartían una visión pesimista sobre el futuro de España y su gobierno en los territorios americanos. Ambos notaban que la Madre patria se tambaleaba sobre sus pies.

La Rendición de Bailén- Museo del Prado
En medio de la invasión napoleónica, Solano murió durante un levantamiento popular contra la sede del Gobierno al ser acusado de connivencia con los franceses. San Martín, hombre de orden, intentó defender a su amigo y superior del tumulto, lo cual casi le cuesta también la vida. El desorden, fuera del color que fuera, desagradaba al riguroso criollo.
Los desastres que trajo la invasión francesa habrían de desviar la carrera militar de San Martín. La Junta Central de Gobierno, establecida contra el gobierno napoleónico, ascendió al criollo al cargo de Capitán primero en el regimiento del general Castaños, «la Caballería de Borbón». En esta unidad participó en la batalla de Bailén, el 19 de julio de 1808. La primera derrota importante de las tropas de Napoleón se tradujo para San Martín en un ascenso a teniente coronel de caballería el 11 de agosto de 1808.
También participó en la batalla de La Albuera, la brocha de oro a una trayectoria de dos décadas al servicio del Ejército español, a las órdenes del general inglés William Carr Beresford. Precisamente el carácter multinacional de las fuerzas antinapoleónicas le puso en contacto con los círculos liberales y revolucionarios británicos que tanto contribuirían a la independencia americana. Su larga estancia en Cádiz afianzó durante años esa mentalidad liberal.

La extraña salida del Ejército español
Los conatos de revolución que se produjeron en Caracas y Buenos Aires en 1810 le convencieron –o eso dicen sus biógrafos más permeables al mito– de que debía acudir a su tierra natal cuanto antes a tomar partido por los suyos. A decir verdad, el oficial español no tenía nada de americano, salvo el lugar de nacimiento. Los suyos eran los miembros del Ejército español. Había pasado su vida fuera del continente, su aspecto físico era europeo y su acento era marcadamente andaluz.
José de San Martín pidió la baja de las instituciones armadas españolas para atender «asuntos familiares en Lima», lo cual era mentira, y se convenció definitivamente de en qué bando quería estar cuando el inminente derrumbamiento del Imperio español los pillara a todos debajo. Él suyo era más bien un ensoñamiento liberal por encima de uno independentista.
Los criollos se organizaban. El 12 de septiembre de 1812 se casó en Buenos Aires con María de los Remedios Escalada, la hija adolescente de una poderosa familia de la aristocracia americana. Su familia era rica, prestigiosa y partidaria de la rebelión, lo que supuso un salto económico para José de San Martín, cuya única fortuna era la que había logrado acumular durante su carrera al servicio del Imperio español. De hecho, la familia de su mujer le llamaban «el soldadote» y a veces «el andaluz», porque tocaba la guitarra y hablaba al modo de aquella tierra.
En 1813, el andaluz se incorporó al ejército rebelde a la cabeza de un cuerpo de combate de élite, los Granaderos a Caballo, que se dio a conocer en su victoria en San Lorenzo, evitando el desembarco de un ejército realista. Sin duda, el talento y experiencia militar de alguien como San Martín iban a ser cruciales para derribar el último bastión del Imperio español en Sudamérica: la tierra sembrada por Pizarro.

El combate de San Lorenzo, de Julio Fernánez Villanueva- Instituto Nacional Sanmartiniano
Si bien en los virreinatos de Nueva Granada y de Río de la Plata los procesos independentistas tuvieron un éxito instantáneo, no ocurrió igual con el Virreinato del Perú, en otro tiempo la pieza clave del poder hispánico. La mayor presencia de peninsulares que en otros territorios, la escasa implantación del espíritu independentista y la capacidad de mando del virrey José de Abascal convirtió el lugar en una roca en el camino de los rebeldes. Con un ejército de unos 42.000 hombres, Abascal aplastó todo conato de rebelión tanto en Perú, Quito, el Alto Perú y la capitanía general de Chile. Para vencerle sería necesaria la acción conjunta de Bolívar y San Martín, así como el ingenio militar del veterano de Bailén.
El soldado «andaluz» aplicó sus conocimientos militar en zonas montañosas para orquestar un ataque sorpresa a Chile, y desde allí por mar al Bajo Perú. Esta campaña dio lugar el 12 de octubre de 1818 a la batalla de Chacabuco, que despejó el camino para llegar a Santiago de Chile tres días después. Aquella acción magistral, que le obligó a atravesar con su ejército los Andes, hizo que sus compañeros de armas e incluso rivales encendieran las comparaciones de San Martín con Napoleón y Aníbal. Porque a decir verdad San Martín fue un rival justo y nunca se mostró sanguinario con los españoles como sí parece que hizo Bolívar. Sus enemigos así se lo reconocieron.

¡O Bolívar o nada!
La cadena de victorias de San Martín llevaron al gobierno liberal establecido durante el Trienio Liberal en España a negociar una paz con los rebeldes hispanoamericanos. Sin embargo, al romperse las conversaciones, el libertador reanudó la lucha armada y ocupó Lima el 6 de julio de 1821 con el título de Protector. Expulsó a miles de españoles notoriamente contrarios a la independencia y confiscó sus bienes.
A nivel político estableció la libertad de comercio y la libertad de imprenta, pero no permitió otro culto religioso que el católico. El Libertador esperaba durante su protectorado poder completar la independencia del territorio nacional y preparar el camino para la instauración de un régimen monárquico constitucional, lo que ha llevado a algunos a sostener que el gobierno de San Martín fue una dictadura.
El tipo de Estado que debía instaurarse en el Perú generó una brecha entre los partidarios de una monarquía y los de una república. Para los monárquicos como San Martín, la república no era la forma de gobierno más conveniente para el Perú debido a la gran extensión de su territorio y a la poca educación de las masas del país. Él mejor que nadie sabía lo salvaje que podía ser un pueblo en caso de anarquía, y es por eso que pretendía para Perú un reino dirigido preferentemente por un Príncipe europeo, Infante de Castilla a poder ser. Una vieja idea que los propios Borbones habían sopesado en el pasado: una suerte de reinos hispánicos dirigidos por los miembros de la dinastía.
No en vano, la forma de gobierno del Perú y del resto de los nuevos estados que estaban surgiendo fue uno de los temas tratados por San Martín y Simón Bolívar, el gran líder de la Corriente Libertadora del Norte, durante su reunión en Guayaquil del 26 de julio de 1822. En esta reunión Bolívar no quedó muy convencido de que San Martín fuera partidario de una república democrática. José Acedo Castilla considera en su estudio «La actuación política del general» que San Martín creía que «llevar al Gobierno a los más incultos y darles preponderancia, era un desastre político».
El propio Bolívar sostenía que el libertador del Perú «no creía en la democracia, estando convencido de que aquellos países no podían ser regidos más que por Gobiernos vigorosos, que impusieran el cumplimiento de la Ley, ya que cuando los hombres no la obedecen voluntariamente, no queda más arbitrio que la fuerza». En definitiva, San Martín fue un producto de las ideas liberales de su tiempo: un liberal constitucionalista, que concebía el Gobierno en manos fuertes y limpias y «no entregado a la ignorancia, la envidia, el rencor y los deseos de lucro de ciertas gentes». La educación debía venir antes que la democracia.
Cuando San Martín le ofreció el liderazgo de la campaña libertadora en el Perú, Bolívar le dio a entender que solo lo aceptaría si él se retiraba del Perú. ¡O Bolívar o nada!

Un exilio voluntario y nostalgia de España
A su regreso a Lima, San Martín tuvo claro que debía dejar el camino libre a Bolívar. Su tiempo como libertador, ahora que su faceta militar no se necesitaba, llegaba a su fin. Este plan se aceleró cuando a su vuelta supo que los limeños habían capturado y expulsado a Bernardo Monteagudo, su mano derecha en el gobierno y otro defensor de la monarquía. A duras penas el argentino logró reunir al Primer Congreso Constituyente, que desde el comienzo estuvo controlado por los liberales republicanos. El mismo día de su instalación (20 de setiembre de 1822) San Martín presentó su renuncia irrevocable a todos los cargos públicos que ejercía.
Con los españoles todavía controlando algunas provincias, Perú necesitaba las tropas de Bolívar si quería llevar a puerto el proceso de independencia. Sus palabras de despedida tuvieron ese aire trágico tan característico de los héroes traicionados: «La presencia de un militar afortunado, por más desprendimiento que tenga es temible a los Estados que de nuevo se constituyen. Por otra parte, ya estoy aburrido de oír que quiero hacerme soberano. Sin embargo, siempre estaré pronto a hacer el último sacrificio por la libertad del país, pero en clase de simple particular y no más».

Entrevista de Guayaquil entre José de San Martín y Simón Bolívar.
De Perú pidió permiso para reencontrarse en Buenos Aires con su esposa, que estaba gravemente enferma. Pero al tardar tanto en llegar, entre retrasos auspiciados por sus enemigos, su mujer ya había fallecido el 3 de agosto de 1823. A principios del siguiente año partió hacia el puerto de El Havre (Francia). Tenía 45 años y a su espalda dejaba sus cargos de generalísimo del Perú, capitán general de la República de Chile y general de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Visitó de forma breve Inglaterra, Italia y otros países europeos hasta establecerse definitivamente en Francia, donde viviría hasta su muerte en 1850. En su largo exilio europeo, San Martín recordó con nostalgia su tiempo vivido en España y esquivó los apuros económicos solo por la asistencia de un amigo suyo acaudalado, el español Alejandro Aguado.
En el año 1828 amagó con volver a América, e incluso se embarcó con este propósito, pero prefirió en última instancia quedarse al margen de las luchas intestinas que sucedieron el poder español en el continente. Buenos Aires se consumía durante una guerra civil en la que él estaba prevenido de no meterse. No fue hasta 1880 cuando sus restos pudieron ser repatriados y trasladados a la República de Argentina. Ahora sí, el mito estaba lo bastante maduro.

FUENTE:http://www.abc.es/historia/