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lunes, 28 de diciembre de 2015

¿Por qué se perdió la Guerra contra Chile?

Última entrevista a Andrés A. Cáceres
En 1,921, el héroe de la Guerra del Pacífico respondió una de sus últimas entrevistas. ¿Por qué perdimos la guerra? No hubo armonía cultural ni política... y mucha traición en los sectores pudientes. Suena tan vigente. La patria celebra hoy, estremecida de júbilo, la gloriosa efeméride de la batalla de Tarapacá, página honrosa de nuestra historia y blasón de orgullo para el Ejército Nacional. Todos los peruanos evocamos, con los ojos, el alma, la epopeya singular en que un puñado de bravos, sublimados por el sacrificio y exaltados por el infortunio, en vigoroso empuje, destrozaron a las poderosas y engreídas huestes chilenas, poniéndolas en vergonzosa fuga.
Si desgraciadamente fue infecunda esta victoria, por la impotencia de nuestro Ejército para perseguir, desprovisto como estaba de caballería, a los derrotados enemigos, debemos guardar, empero, eterno culto a ese puñado de bravos que, lejos de abatirse ante la fatiga, el hambre y la desnudez a que quedaron reducidos, después del desastre de San Francisco, reconcentraron todas las potencias de su alma y todas las fuerzas de su organismo en un supremo ímpetu de coraje para cubrirse de gloria y dar a la América una lección única de heroísmo y de energía. Al rememorar, nosotros, esta hazaña imperecedera, saludamos llenos de patriótico orgullo a los beneméritos sobrevivientes de ella. En el pintoreso barrio del Leuro en Miraflores, al amor de la soledad y la paz campesinas, vive, entregado a sus recuerdos y mimado por el cariño de los suyos, el viejo Mariscal del Perú. Hasta su poético retiro, va a buscarle el insaciable reclamo de nuestra curiosidad periodística y el homenaje rendido de nuestro orgullo patriótico y encontrando la acogida cordial de su vejez gloriosa.

Lo hallamos en su escritorio, acomodado en un sillón de cuero, abrigadas las débies piernas por gruesas mantas de color oscuro. Visto correcto de jaquet gris y cubre la nieve de sus canas, con una gorra del mismo color. Decoran las paredes del aposento finas estampas que reproducen escenas guerreras.

De un gran cuadro al óleo, que se alza sobre el escritorio, se destaca la fina y bella efigie de la hija del mariscal, cuya fresca y alegre juventud fue tronchada por la muerte. Frente al retrato del héroe de La Breña, luciendo sobre su pecho las medallas ganadas a fuerza de bravura y de audacia, y sobre el rostro, la condecoración eterna de su gloriosa cicatriz.
Mariscal, en el aniversario de la victoria de Tarapacá, demandamos de usted, el relato vívido de esa gloriosa acción.
Se anima el rostro venerable del anciano guerrero. Un relámpago encandila sus pupilas y alisándose, nerviosamente, las albas barbas puntiagudas, nos dice: Recuerdo la batalla, con absoluta precisión, y voy a relatársela, como si acabara de realizarse.


Y empieza el relato con voz emocionada:
Me encontraba yo, con mi división, en una de las calles de Tarapacá, tomado un rancho frugal, antes de emprender, con todo el Ejército y como lo habían hecho ya las tropas del general Dávila, la retirada hacia Arica, después del desastre de San Francisco, cuando mi ayudante que había distinguido al enemigo en la cresta de los cerros situados al Oeste de la ciudad, llegó corriendo a avisármelo. Al recibir esta inesperada noticia, estaba comiendo. Solté la pequeña cacerola que contenía mi ración, y procediendo con impetuosa actividad, ordené a mi división que se lanzara con la bayoneta calada, cerro arriba, para desalojar al enemigo.
Procedí rápidamente a dividir mis tropas en tres columnas: la primera y la segunda compañías formaban la de la derecha, que puse al mando del comandante Zubiaga, valiente y experto jefe; la del centro la constituyeron la quinta y sexta compañías, mandadas por el mayor Pardo Figueroa, distinguido jefe, también, y la de la izquierda quedó formada por la tercera y cuarta compañías que confié al mayor Arguedas.
Advertí a mis tropas que evitaran hacer fuego, mientras no hubieran alcanzado la cumbre, para economizar las municiones, que, por desgracia, eran muy escasas. Al coronel Recavarren, Jefe de Estado Mayor, le envié en comisión donde el coronel Manuel Suárez, que tenía el mando del batallón Dos de Mayo, para que hiciera, con sus fuerzas, igual distribución a las del Zepita, y se colocara a mi izquierda. A poco, ya cuando mis bravos soldados se habían lanzado al combate, llenos de entusiasmo y de ardor bélico, el coronel Belisario Suárez toma sus disposiciones y los coroneles Bolognesi, Ríos y Castañón, se sitúan en sus respectivos emplazamientos.
El Zepita escala el cerro por el lado Oeste, con empuje irresistible desafiando los tiros que el enemigo descarga sin descanso sobre ellos. Se despliegan en guerrilla y sin detenerse, disparan incesantemente, a ciento cincuenta metros del enemigo, que cede al empuje de los nuestros. La columna Zubiaga, se lanza a la bayoneta sobre la artillería chilena y, audazmente, se apodera de cuatro cañones. Las columnas de Pardo Figueroa y de Arguedas, despedazan, entre tanto, a la infantería enemiga.

Perdón, Mariscal, en ese asalto, ¿qué acción notable de arrojo, de sus soldados, recuerda usted?
No puedo olvidarme del heroísmo del Alférez Ureta, de la compañía primera de la columna derecha, que inflamado por un ardiente entusiasmo patriótico y un coraje a toda prueba, se montó sobre un cañón chileno, lanzando estruendosos vivas a la patria. Tampoco me olvidaré nunca de un acto meritísimo del comandante José María Meléndez, veterano de la Columna Naval, uno de los primeros en unírseme en el asalto al enemigo.
Cuando derrotados los chilenos y cansados nosotros de perseguirlos infructuosamente, por falta de caballería; desfallecíamos de sed y de hambre, al extremo de que me vi obligado a humedecer los labios de algunos de mis soldados con pequeñas rodajas de un limón, que por fortuna llevaba en uno de mis bolsillos de mi casaca; el comandante Meléndez se presentó de repente y sin que yo pudiera explicarme su procedencia, cargando un barril de agua que aplacó la sed de esos valientes. Y como éste, tantos otros episodios de coraje y de entusiasmo.

Y destrozada la infantería y despojados los chilenos de su artillería, ¿qué pasó?
El enemigo así castigado en ese primer combate por los nuestros, huyó a la desbandada, pampa abajo, perseguido de cerca por los nuestros y acampó a una legua de distancia hasta juntarse con otro cuerpo chileno que vení­a a reforzarlos. Entretanto, mi caballo habí­a sido herido de un balazo y hube de detenerme, a mitad de jornada. Un oficial que habí­a encontrado una mula de un regimiento chileno, me la trajo y montado en ella, pude seguir la persecución. Después de tres horas de refriega, tuvimos que contramarchar hasta el sitio donde había tenido lugar el primer ataque, porque mis tropas estaban rendidas por la fatiga de la acción. El general en Jefe Buendía me dio su enhorabuena por el éxito alcanzado por mi división. Pero en medio de la alegría del triunfo, hube deplorar profundamente la muerte de mis mejores tenientes: Zubiaga, Pardo Figueroa, mi propio hermano Juan… también rindieron la vida en el primer encuentro.

¿Y el segundo encuentro?
Reforzada mi división con el batallón Iquique que mandaba el inmortal Alfonso Ugarte, la Columna Naval de Meléndez, un piquete del batallón Gendarmes que mandaba Morey, una compañía del batallón Ayacucho con Somocurcio a la cabeza, una hora después se reanudaba la lucha en plena pampa hacia el SO de Tarapacá. Primero se realiza un vivo combate de fusilería sostenido por ambas partes, con empeño. El enemigo es arrollado cinco veces, rehaciéndose, luego otras tantas. Entonces envolviendo el ala y el flanco izquierdo chileno que manda Arteaga, con mis tropas lo obligué a retirarse hacia el sur. El batallón Iquique llega a tiempo para rechazar a los granaderos chilenos que habían sorprendido al Loa y al Navales.
Sin embargo, antes, Arteaga trata de rehacerse en vano y nosotros cargamos otra vez con irresistible denuedo. En momentos que la victoria se decidía ya por nuestras armas, llegó Dávila con su división al trote (habí­an recorrido 12 kms. desde Huarasiña) y muy cerca del flanco chileno, aún jadeantes, le hace repetidas descargas de fusilería. Entonces yo aproveché para dar el definitivo ataque por el centro, que decidió la derrota de los chilenos que abandonaron el campo, dejando tras de sí sus 6 últimas piezas de artillerí­a Krupp, entonces la más moderna del mundo. Fue en ese momento –prosigue entusiasmado el Mariscal- cuando llamé al Capitán Carrera y, entregándole uno de esto cañones, le dije: “artillero sin cañones, ahí tiene Ud. una pieza para actuar”. Y a fe mía que supo hacerlo, disparando sobre la retaguardia enemiga que huía.
Eran las cinco de la tarde. La batalla había terminado después de nueve horas de reñida lucha. Sobre el campo quedaron muchísimos de mis bravos soldados junto con centenares de enemigos. Pero, le he relatado solamente la parte que me tocó desempeñar a mí, en la altura. Sin embargo Uds. deben saber que en la quebrada, Bolognesi, Castañón, Dávila y Herrera se batieron con ardor. Fue un soldado de Bolognesi, Mariano de los Santos, quien se apoderó de un estandarte chileno. El enemigo es arrojado por esa parte hasta Huarasiña, después de vigorosos encuentros y ahí se reúne con los restos de la división Arteaga, que nosotros habíamos arrollado.
Al mismo tiempo, todo nuestro ejército se concentra, y reunidas todas las fuerzas perseguimos a los chilenos hasta más allá del cerro de Minta. Ya les he dicho que fue imposible barrerlos, como hubiéramos querido, porque la fatalidad que siempre nos acompañó en la guerra, quiso que no tuviéramos caballería. Y así, la victoria fue infructuosa, pues después de ella faltos de víveres y de refuerzos, hubimos de continuar nuestra retirada a Arica.

¿Cómo fue la batalla de San Francisco? 
Doloroso es el recuerdo: la falta de previsión, el espionaje chileno, la defección de Daza y su famoso cable: “Desierto abruma, ejército niégase seguir adelante”, el asalto frustrado, la muerte del Comandante Espinar al pie de los cañones chilenos, la catastrófica retirada nocturna…

¿Cuál fue la causa decisiva de la pérdida de la guerra? 
La falta de organización militar y autonomí­a bélica, particularmente en municiones. Eso en cuanto al aspecto técnico, pero más allá, la discriminación racial fue determinante. No hubo armonía cultural ni polí­tica. La falta de organización militar, de cohesión, de armonía política.
Había patriotismo, había entusiasmo generoso, había valor y virtudes militares en nuestros soldados y en nuestros oficiales, pero también hubo mucha traición en los sectores pudientes.

¿Y en nuestros generales? 
También. Hubo demasiados generales, cuyos conocimientos y aptitudes no pudieron destacarse en la contienda, por falta de disposición de un comando totalmente politizado.

¿Pero, usted cree, que, sin esos defectos y deficiencias, hubiésemos podido ganar la guerra?
Con toda la superioridad numérica y armamentí­stica del ejército chileno, creo, firmemente que sí­. La desunión, el desatino, la ambición polí­tica y la carencia de identidad en los sectores acomodados nos perdieron.

¿Cuándo comenzó su carrera?
En 1854, acababa de estallar la revolución contra Echenique, provocada por los escándalos de la corrupción del guano. De todos los rincones del paí­s, se sumaban las adhesiones. En Ayacucho, mi tierra natal, don Ángel Cavero, uno de los vecinos del lugar, encabezó el movimiento rodeado de simpatí­a popular. Muchos jóvenes nos presentamos voluntarios a filas. Yo contaba 19 años, estudiaba en la universidad de Huamanga y era de los más entusiastas. Nos apoderamos de la gendarmerí­a. Luego llegó el ejército rebelde, en donde terminé de enrolarme. Entonces el general Castilla, a quien sin duda caí­ en gracia, me llamó a su despacho y me dijo: “¿Quiéres seguir la carrera?”, “Sí­, señor, es mi mayor deseo”, le contesté con aplomo. Entonces, me respondió, palmeándome la espalda, “serás un buen guerrero”.

¿Y el mariscal Castilla, cómo le trató a Ud.? 
Castilla, que me conoció desde la batalla de La Palma, me dispensó simpatí­a y apoyo. Tanto, que varias veces soportó mis engreimientos. Y eso que una vez me le sublevé.

¿Le hizo la “revolución”?
He querido decir que tuve un rapto de altivez. Fue cuando el Mariscal quiso formar el batallón “Marina”. Llamó a palacio a los oficiales escogidos de los distintos regimientos. Yo fui destacado del Ayacucho. Ya me habí­a conocido en La Palma y después en la campaña de Arequipa contra Vivanco. Pues bien, Castilla revistó uno a uno a todos los oficiales congregados y al llegar a mí, se detuvo observándome y me dijo: “¿Cómo se Ilama Ud. capitán?”. Me impresionó desfavorablemente el olvido que el mariscal habí­a hecho de mi nombre y le contesté: “Soy, excelentí­simo señor, el hijo de don Domingo Cáceres, cuya hacienda fue destruida por el general Vivanco, por haber sido leal a Ud. Estuve en la batalla de Arequipa, donde fui herido casi perdiendo un ojo; me llamo Andrés Avelino Cáceres”. “Hola, hola”, replicó el mariscal: “Con que Ud. es el capitán Cáceres, hijo de mi amigo don Domingo. Bueno, bueno, Ud. se quedará en su cuerpo”. Y me quedé en mi batallón Ayacucho, en el cual me habí­a iniciado y en el cual continué hasta que fui a Francia, como agregado militar.

Su cicatriz en la cara, Mariscal… 
Esta “condecoración” la recibí­ en la torna de Arequipa, en 1856. El Mariscal Castilla que habí­a acampado en las afueras, llevó a cabo, por varias noches, simulacros de ataque, que tení­an al enemigo en sobresalto. La noche que decidió darlo por cierto, me ordenó que avanzara con mi compañía y me apoderara de la 1ra. trinchera enemiga. Sin vacilar, ejecuté esa orden y sorprendiendo a los ocupantes, logré capturar la trinchera, regresando a dar parte al mariscal de mi cometido. Entonces, Castilla me mandó: “siga Ud. avanzando sobre la ciudad, tomando las alturas hasta los conventos de San Pedro y Santa Rosa”. Y, aunque pensaba que era una crueldad enviarme así­ al sacrificio, no dudé, y deslizándome por los techos fui avanzando hasta el primero de los conventos. No sé cómo logré saltar los innumerables obstáculos hasta de repente hallarme dentro de la bóveda, próxima a la torre. Por el camino había perdido a muchos soldados, muertos por descargas vivanquistas. Desde la torre de Santa Rosa, el fuego que se hací­a sobre nosotros era incesante.
Pero, los 2 cuerpos que formaban la 1ra. división del Mariscal Castilla habían desembocado por calles paralelas al convento y así­ cayeron sobre el atrio y el interior, obligando a los enemigos a abandonarla. Entretanto yo subí­a, con los mí­os, hasta la torre y ahí­ tuve que soportar el fuego desde la torre fronteriza de Santa Marta. Mientras, Castilla había penetrado al convento por otro lado. El coronel Beingolea, subió a la torre, creyéndola vací­a y se dio de bruces conmigo y mis soldados. Calcule Ud. la sorpresa de ambos, a punto de acribillarnos mutuamente. “Acabamos de tomar el convento”, me dijo; “Mi coronel: ya la habí­a tomado yo”, contesté. El coronel me abrazó y me anunció que harí­a conocer a Castilla esa hazaña. “Está ahí­ abajo, con todo el Ejército”, y se fue.


Yo continué haciendo frente al fuego de los de Santa Marta, y mostrando a mis soldados el blanco hacia el que debí­an disparar, un balazo me derribó cegándome. Me recogieron mis soldados y me bajaron al refectorio del convento, en donde el sargento Coayla y el cabo Huamaní­, me atendieron. Estuve privado del conocimiento. Cuando lo recobré hallé a mi lado al capitán Norris, uno de mis mejores compañeros, que me preguntaba qué deseaba. “Agua, muero de sed”, contesté. Al poco rato regresó con un plato de mermelada y una garrafa de agua. El dulce no me era necesario, ni podrí­a ingerirlo. Tení­a la mandí­bula apretada. Apenas una pequeña ranura dejaba pasar el agua. Bebí­, desesperado, parte del contenido de la garrafa y el resto hice que me lo vaciaran en la cara, para que me lavara la herida, casi desfallecido. El médico dijo que la herida era mortal. El capellán estuvo a punto de darme la extremaunción… Entonces mis soldados me trasladaron a casa de una señora de apellido Berrnúdez, porque el tifus infectaba a los heridos en el convento y me hubiera terminado de matar. En mi nuevo alojamiento me trató el doctor Padilla, extrayéndome la bala a exigencia de mi tropa. Ellos me salvaron la vida.

¿Y cómo fue su convalecencia? 
Recuerdo que las madres del convento que me habí­an tomado afecto, me enviaban allí­ la dieta. ¡Qué tortas! ¡qué dulces! Y aquí­ viene lo curioso: una vez convaleciente, iba a almorzar al convento y la madre superiora, muy seria, me habló un dí­a así­: «Teniente, usted ha renacido en este convento, verdad?”, “sin duda, reverenda; de aquí­ me recogieron casi cadáver y aquí­ me comenzaron a curar, a Ud. debo cuidados que no sabrí­a cómo agradecer”. “¿Y por qué no deja Ud. la carrera y se hace fraile?” Casi me caigo de espaldas de la impresión. Tuve que contener la risa: “¡Yo fraile, madre! No soy digno de vestir los hábitos…”. Hube de apelar a todos mis recursos oratorios para hacer desistir a la madre. La pobre sufrió un desencanto. ¡Ya me veía con cabeza rapada, capuchón y sotana!

Mariscal, ¿cuál ha sido la época más feliz de su vida? 
Los mejores dí­as de mi vida, durante mi juventud, por supuesto fueron los pasados en Arica, cuando estuvimos de guarnición, antes de la toma de Arequipa. Tuve gran partido entre las muchachas ¡me divertí­ mucho!

¿Mariscal, y el recuerdo más satisfactorio de su vida militar?
La campaña de La Breña, es, la página más honrosa de mi vida militar. No vaciló en proclamarlo yo mismo. Me enorgullezco de ella. Tengo muy presentes y me acompañarán hasta la tumba, todos los entusiasmos, todas las satisfacciones, todas las decepciones, y amarguras también, que experimenté durante esos tres años de constante batallar. Todos los que se agruparon a mí, para continuar la campaña y arrojar al odiado enemigo del país, aún después de los desastres de San Juan y Miraflores y la toma de Lima, rehuyeron ayudarme… Ambiciones, rencillas, pequeñas pasiones, todo se coaligó contra mí, que defendía la patria, cuando todos la dejaban abandonada al infortunio, el recuerdo de mis soldados y guerrilleros, el pueblo en armas, marchando entre punas y quebradas, airosos y bravíos, ellos fueron los grandes héroes anónimos que algún dí­a la historia reivindicará.

¿Cierto que el Kaiser, reconoció en Ud. al vencedor de Tarapacá? 
Claro. Fui a la audiencia que pedí­a en mi carácter de ministro del Perú y el Káiser avanzó hasta alargarme la mano: “Tengo el gusto de estrechar la mano al vencedor de Tarapacá, esa gran batalla ganada después del desastre de San Francisco”. El Rey de España cuando me conoció, me dijo: “Se conoce que Ud. ha combatido siempre de frente, general”. Aludí­a a la cicatriz que llevó en el rostro. Y el de Italia: “Celebro mucho conocer al general que tantas glorias ha dado a su paí­s”.

Entrevista al Mariscal Andrés Avelino Cáceres, en el diario La Crónica, 27 de noviembre de 1,921, con ocasión del 42 aniversario de la victoria de Tarapacá, durante la Guerra del Pacífico.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

El último cartucho de Bolognesi y la muerte de Alfonso Ugarte (versión Chilena)

Autor: Gonzalo Búlnes 
Historiador Chileno

Bolognesi fue un gran patriota. Tiene la característica de los hombres superiores. No salen de su boca ni de su pluma palabras destempladas, ni balandronadas pueriles. Es culto y atento con el enemigo. Cuándo el patriotismo se envuelve en un manto de modestia, el hombre desaparece ante la idea que lo alienta y su sacrificio toma un carácter impersonal. Así le sucedió a Grau y le sucederá a Bolognesi.
Bolognesi no supo en los primeros momentos lo ocurrido en el Campo de la Alianza. El día del combate sintió el cañoneo. Vio dibujarse allá a lo lejos, en el cielo azul, columnas de humo, pero no pudo inquirir lo que ocurría. El telégrafo a Tacna estaba cortado. Ningún emisario llegaba del campo de Montero a comunicarle nada. Vinieron después algunos dispersos; los originarios de Arica que se restituían a su hogar, huyendo de la derrota, pero como soldados rasos no comprendían lo sucedido y repitiendo lo que circulaba en Tacna a su salida decían que Montero se había retirado a Pachia con parte considerable del ejército y que Leiva con las fuerzas de Arequipa amenazaba a los chilenos por Sama. Bolognesi, bajo esta falsa impresión, que era la misma que había recogido Vergara en Tacna, telegrafiaba al Prefecto de Arequipa por la vía del cable a Mollendo, diciéndole:

“Mayo 28. Sé que a Montero le queda una parte importante del ejército, y el objeto de ésta es decirle que Arica resistirá hasta el último”.

Francisco Bolognesi
Otra comunicación telegráfica:

“Mayo 28. Si se asedia al enemigo desde Sama o Pachia, creo que salvan Arica y Tacna. Todo listo aquí para combatir”.

Los cañones chilenos se colocaron muy lejos por temor de ser bombardeados por las piezas de largo alcance de la plaza, y la guarnición de Arica en vista de la ineficacia de esos disparos, perdió el prestigio por la artillería enemiga, y concibió esperanzas que hasta entonces no abrigaba. Encontrábase la plaza bajo esta impresión cuando Baquedano despachó, en calidad de emisario, a solicitar su rendición al comandante de artillería, Salvo. Este fue recibido con decoro, con los ojos vendados, y conducido a la presencia de un anciano de barba blanca que lo trató con dignidad. Era Bolognesi. Aquel le comunicó la comisión que lo llevaba ante él; Bolognesi le contestó que los defensores de Arica estaban resueltos a perecer antes que a rendirse. Y para dar más autoridad a su palabra llamó a los jefes principales y renovó su declaración delante de ellos.
En seguida telegrafió a su Gobierno por medio del Prefecto de Arequipa.

“Junio 5. Parlamento enemigo intima rendición. Contesto, previo acuerdo jefes: resistiremos hasta quemar el último cartucho”.

En la tarde del 6, terminado el bombardeo, Lagos envió a Elmore a pedir por última vez a Bolognesi que rindiese la plaza y a prevenirle que no podría responder de sus soldados si estallaban las minas. El emisario era bien elegido, porque podía hablar el lenguaje de la verdad diciendo lo que había visto, y hacer consideraciones que eran vedadas aun parlamentario chileno. Es casi seguro que Elmore explicaría a Bolognesi el efecto decisivo del combate de Tacna, y la fuerza que conservaba el vencedor. Quizás le significó que debía abandonar la ciega confianza que ponía en las minas porque el Cuartel General chileno se había apoderado del plano de conexión de los alambres al aprehenderlo a él. Estas son suposiciones aunque muy verosímiles. Lo que se sabe de esa conferencia es que Elmore dejó constancia por escrito de que su misión era pedir la capitulación, a lo cual contestaron los sitiados así:
“Puede usted regresar y decir que no obstante la respuesta dada al parlamentario oficial, señor Salvo, no estamos distantes de escuchar las proposiciones dignas que puedan hacerse oficialmente, llenando las prescripciones de la guerra y del honor”.


Así permanecieron los cuerpos hasta la alborada del 7. En la media noche Lagos hizo que dos oficiales del Estado Mayor recorriesen ocultos el terreno que separaba los regimientos de sus objetivos para que llegando el momento les sirviesen de guías. Esos oficiales fueron los capitanes don Belisario Campos y don Enrique Munizaga.
Cuando la semi claridad de las primeras luces matinales empezaba a disipar la neblina de la costa, cada regimiento salía de su campamento agazapado, tomando infinitas precauciones para no ser visto o sentido, guiado por aquellos oficiales, distribuido en compañías separadas entre sí por una distancia de cincuenta metros. Cada regimiento constaba de dos batallones. Las compañías delanteras del 3º eran las de los capitanes don Pedro A. Urzua y don Leandro Fredes. El primer batallón del 4º lo mandaba el comandante don Juan José San Martín; el 2º, el comandante don Luis Solo Zaldívar. El primer batallón del 3º, el coronel don Ricardo Castro; el segundo, el comandante don José Antonio Gutiérrez.

Los centinelas de la Ciudadela sintieron rumor e hicieron fuego. La plaza se despertó con los disparos de rifle que dibujaban culebrinas de luz en el claro oscuro de la mañana. Cada cual corrió a su puesto.
El Regimiento número 3, al verse descubierto, emprendió el asalto del fuerte de carrera, bajo una granizada de balas y llegando a las murallas de sacos, los atacó con sus yataganes y cuchillos. La arena se corría por los agujeros, los sacos más altos caían desplomados y los soldados saltando sobre ellos penetraban al recinto minado. El parte oficial del jefe del Regimiento número 3 deja constancia que el primero en escalar la Ciudadela y arriar el pabellón enemigo fue el subteniente don José Ignacio López. La avalancha humana penetró a ese recinto y el duelo de asaltantes y asaltados continuó a quema ropa dentro de la estrecha plazoleta circundada con la arena de los sacos que habían sido vaciados.

¿Qué hacía Bolognesi? 
Bolognesi había creído que el enemigo iniciaría su ataque por los fuertes del bajo, engañado por la estratagema ya conocida y, como lo manifesté, en ese concepto había enviado el 6 en la tarde la división de Ugarte en resguardo de ellos. Esa división constaba de 600 hombres más o menos. Se componía de los batallones Tarapacá mandado por Zavala y del Iquique, por Sáenz Peña. Roto el fuego en la Ciudadela, Bolognesi dispuso que Ugarte volviese de prisa a los fuertes atacados subiendo un camino de arriería que comunicaba el Morro con el pueblo de Arica, pero como el avance de los chilenos era tan impetuoso y rápido no alcanzó a llegar al alto sino la mitad de la división, y la otra fue cortada por los atacantes, los que, dueños de la cima, barrían con sus fuegos el áspero sendero que seguían los peruanos. Los que alcanzaron a subir se juntaron con los fugitivos de los fuertes a la entrada del Morro.

Cuando los soldados del 3º penetraron al recinto de la Ciudadela, el suelo crujió con dos formidables estallidos de dinamita que hicieron volar por el aire a una parte de los ocupantes y que levantaron una nube de piedras, de cabezas, brazos, piernas que cubrió el aire. Un teniente del 3º don Ramón T. Arriagada, arrojado por la explosión hasta una altura de siete u ocho metros, cayó ileso, pero completamente desnudo y sordo, de lo cual no se curó jamás. Al subteniente del número 3 don José Miguel Poblete le desprendió la cabeza, dejando el tronco palpitante en el suelo. Muchas otras escenas horribles causó el traidor estallido. Pero la brecha de los sacos estaba abierta y por allí se precipitaban los asaltantes y al sentir el estampido de la dinamita y ver sus terribles efectos, se precipitaron como fieras bravías contra los defensores del recinto y los pasaron a cuchillo. El suelo se cubrió de sangre coagulada. En vano los jefes ordenaban tocar a los cornetas “cesar el fuego”. Nadie oía la voz de la clemencia. El Comandante Gutiérrez decía: los jefes y oficiales estábamos roncos de gritar. Entre las víctimas figuraba el Coronel Arias. El fuerte estaba tomado.

Lo mismo ocurrió en el castillo del Este. Aquí se desarrolló una escena igual.
La marcha del Regimiento número 4 fue sentida y la guarnición que dirigía el Coronel Inclán rompió sus fuegos contra él. La tropa chilena emprendió el asalto a la carrera, dejando muchos muertos y heridos. Llegada al pie de la trinchera rompió los sacos con los cuchillos y saltando sobre la muralla desplomada penetró a la fortaleza. La resistencia peruana fue aquí menor que en la Ciudadela. La guarnición también era menor. En minutos los asaltantes habían derrumbado los muros de arena y penetrado al recinto, que estaba vacío, porque los peruanos se retiraron a los reductos de Cerro Gordo que protegían la entrada del Morro. Inclán murió defendiendo su puesto.
Separémonos un instante del campo de batalla del alto y veamos qué ocurría en los castillos de la orilla del mar. La principal defensa de ellos, que era la división de Ugarte, ya no estaba allí. Como lo he dicho, había sido llamada por Bolognesi en auxilio del Morro y aquellos fuertes no tenían sino su dotación de artilleros. Cuando el combate del alto estaba avanzado, llegó hasta ellos el Lautaro, desplegado en guerrillas, dirigido por el Coronel Barboza.

La guarnición peruana no intentó resistir o más bien su resistencia fue muy débil. Así lo dicen los partes oficiales de Barboza y del jefe del cuerpo. Comandante Robles, y lo atestigua el que el Regimiento 110 tuviera sino ocho heridos. El jefe peruano reventó los cañones con dinamita y la guarnición se puso en fuga hacia el pueblo donde quedó acorralada, junto con los soldados de la división de Ugarte que no pudieron subir al Morro. Los fuertes de la plaza, la Ciudadela y el Este estaban en poder de los chilenos. Faltaba el Morro y sus defensas de Cerro Gordo.
Cuando los soldados del Regimiento número 4 tomaron posesión del recinto amurallado del fuerte Este, se oyó un grito, que no se sabe quién lo dio ni de dónde partió: ¡al Morro, muchachos! La tropa, olvidándose de la orden recibida que era esperar al Buin, se precipitó por el sendero fortificado que conducía a aquel punto, uniéndosele en el camino soldados del 3º que en esos momentos triunfaban de la resistencia de la Ciudadela. El suelo estaba sembrado de minas automáticas y a medida que avanzaban los soldados cuidaban de saltar sobre los puntos en que se notaba que el suelo había sido removido por temor de pisar un fulminante. Así llegaron a las primeras trincheras colocadas en elevación, habiendo pasado bajo los fuegos la línea ondulada que las precedía, en medio de una lluvia de balas, y ora con sus rifles, ora a la bayoneta las fueron forzando todas, una tras otra, y así caminando sobre cadáveres y heridos llegaron a las puertas del Morro, en cuya plazoleta ondeaba la última bandera del Perú.

Versión romántica del sacrifico de Alfonso Ugarte
En el espacio llano que coronaba el cerro estaban los sobrevivientes de las trincheras y castillos, la guarnición del Morro, y todas las grandes reputaciones de Arica: Bolognesi, Moore, Ugarte, Sáenz Peña, Blondel. Los asaltantes invadieron el recinto en una carrera agitada y vertiginosa revueltos los oficiales con los soldados. El Comandante San Martín había sido herido de muerte en el trayecto de Cerro Gordo al Morro. El glorioso Regimiento iba mandado ahora por Solo Saldívar.
Al ver invadida la plazoleta del Morro, Bolognesi mandó suspender los fuegos. Comprendió que la resistencia era imposible, y debió decirse que su deber estaba cumplido. No quiero que esta aseveración, que ofende la leyenda peruana de la defensa de Arica, descanse en mi palabra. Lo dice oficialmente el comandante de las baterías. Coronel Espinosa, en el parte de la acción, dirigido al Jefe del Estado Mayor del Perú:
“Mientras tanto la tropa que tenía su rifle en estado de servicio seguía haciendo fuego en retirada, hasta que los enemigos invadieron el recinto (del Morro) haciendo descargas sobre los pocos que quedaban allí. En esta situación llegaron a la batería el señor coronel don Francisco Bolognesi, Jefe de la plaza; coronel don Alfonso Ugarte; el teniente coronel don Roque Sáenz Peña que venía herido; sargento mayor don Armando Blondel, y otros que no recuerdo, y como era ya inútil toda resistencia ordenó el señor Comandante General que se suspendiesen los fuegos, lo que no pudiendo conseguirse de viva voz fue el señor Coronel Ugarte personalmente a ordenarlo a los que disparaban sus armas al otro lado del cuartel, en donde dicho jefe fue muerto. A la vez que tenían lugar estos acontecimientos las tropas enemigas disparaban sus armas sobre nosotros y encontrándonos reunidos los señores Coronel Bolognesi, capitán de navío Moore, Teniente Coronel Sáenz Peña, el que suscribe y algunos oficiales de esta batería, vinieron aquellos sobre nosotros y a pesar de haberse suspendido los fuegos por nuestra parte, nos hicieron descargas de las que resultaron muertos el señor Comandante General, coronel don Francisco Bolognesi y comandante de esta batería señor capitán de navío don Juan Moore, habiendo salvado los demás por la presencia de oficiales que nos hicieron prisioneros”.

Se ha imputado al ejército chileno una crueldad inhumana, haciéndola extensiva a los jefes, suponiendo que la matanza del fuerte Ciudadela y el de los jefes del Morro obedeció a una consigna u orden del día de no hacer prisioneros. Lo que allí ocurrió es imputable únicamente al carácter desordenado del ataque y a la excitación de la dinamita. Pero si esto tiene explicación, no la tiene para la historia imparcial el fusilamiento inhumano de algunos soldados peruanos acorralados en la plazoleta de la iglesia de Arica, pertenecientes a aquella tropa del Iquique y del Tarapacá que no alcanzó a subir al Morro y que se encerró en ese local. Nunca se ha sabido quien dio semejante orden o si los soldados procedieron por impulso propio, enfurecidos como estaban por el estallido de las minas. Ha pasado ya suficientemente el tiempo apagador de las pasiones, para que tanto en el Perú como en Chile se rinda justo homenaje de admiración a vencedores y vencidos. Y así como el recuerdo de esta portentosa hazaña será siempre un timbre de orgullo para los chilenos, es una acción honrosa para los defensores de la plaza, que pelearon por dar al Perú una tradición y un ejemplo. Bolognesi, Moore, Ugarte, Blondel fueron los últimos defensores de su Patria en el departamento de Moquegua y lucharon en el último pedazo de tierra firme que les era permitido pisar. El enemigo perdió ese día entre 700 y 750 hombres, y los chilenos entre muertos y heridos 473. Los prisioneros peruanos fueron 1,328, comprendiéndose 18 jefes y oficiales.

“Guerra del Pacífico de Tarapacá a Lima”. Publicado en 1914 en Valparaíso. Páginas 362, 363, 369, 370, 372, 380-388.

domingo, 7 de junio de 2015

La Inmortalidad de "Bolognesi en el morro de Arica"

Uno de los episodios más dramáticos se vivió en Arica, el 7 de junio de 1880. Aquí, algunos testimonios.
El Jefe del Estado Mayor de la Plaza de Arica, el peruano Manuel C. de la Torre, da testimonio de esa sublime entrega: “...Palmo a palmo y con empeñoso afán, fueron defendidas nuestras posiciones hasta el ‘Morro’, donde nos encerró y redujo a unos pocos, el dominante y nutrido fuego del enemigo por una hora. Eran las 8 y 59 de la mañana, cuando todo estaba perdido; muertos casi todos los Jefes, prisioneros los que quedaban, dos únicos, y arriada por la mano del vencedor nuestra bandera...”. El teniente coronel del ejército peruano, el argentino Roque Sáenz Peña dice en su parte de combate: “... La oficialidad y tropa del medio Batallón que logré subir [al Morro] estaba ya diezmada; los tres Jefes subalternos no pudieron seguirme, y yo me hallaba herido desde el principio del combate, de un balazo en el brazo derecho que me permitió sin embargo mantenerme a caballo hasta los últimos momentos en que tuve que abandonarlo por serme ya imposible darle dirección; fue entonces que nos reunimos con Ud. (Manuel C. de la Torre). Los señores coroneles don Francisco Bolognesi y don Guillermo Moore, cayendo a nuestro lado estos dignos jefes atravesados por el plomo de una fuerte descarga...”.

Francisco Bolognesi. Cortesia de La Biblioteca Nacional 1905
El capitán de corbeta y segundo jefe de las baterías del Morro, Manuel Ignacio Espinoza Camplodo manifiesta que: “...la tropa que tenía su rifle en estado de servicio, seguía haciendo fuego, hasta que los enemigos invadieron el recinto haciendo descargas sobre los pocos que quedábamos allí; en esta situación llegaron a la batería, el señor Coronel D. Francisco Bolognesi, Jefe de la Plaza, Coronel D. Alfonso Ugarte, Ud. (se refiere a Manuel C. de la Torre, a quien está elevado el parte), el teniente Coronel D. Roque Sáenz Peña, que venía herido, el Sargento Mayor D. Armando Blondel y otros que no recuerdo; y como era inútil toda resistencia, ordenó el señor Comandante General que se suspendieran los fuegos, lo que no pudiendo conseguirse a viva voz, el señor Coronel Ugarte fue personalmente a ordenarlo a los que disparaban situados al otro lado del cuartel, en donde dicho jefe fue muerto (...) A la vez que tenían lugar estos acontecimientos, las tropas enemigas disparaban sus armas sobre nosotros, y encontrándonos reunidos los señores Coronel Bolognesi, Capitán de Navío Moore, Teniente Coronel Sáenz Peña, Ud., el que suscribe y algunos oficiales de esta batería, vinieron aquellos sobre nosotros y, a pesar de haberse suspendido los fuegos por nuestra parte, nos hicieron descargas de los que resultaron muertos el señor Coronel Comandante General de la Plaza D. Francisco Bolognesi y el señor Capitán de Navío D. Juan G. Moore, habiendo salvado los demás por la presencia de oficiales que nos hicieron prisioneros...” .
Para Vargas Hurtado, historiador ariqueño, Bolognesi murió así: “En momentos que el enemigo descendía de Cerro Gordo en dirección al Morro, Bolognesi se hallaba en medio de la meseta de éste, dirigiendo la acción, acompañado de La Torre, Ugarte, More, Sáenz Peña y sus Ayudantes de campo. Su valor y arrojo infunden bríos a los pocos soldados que le quedaban, los cuales redoblan sus descargas sobre el chileno, que avanza en medio de granizadas de plomo. Fue en este instante cuando el defensor de la Plaza, revólver en mano, cae dominado por traidora bala (...) Cuando los asaltantes llegaron al sitio donde yacía el Héroe, estaba aun con vida, anegado en sangre; pero sin reparar en su alta investidura ni en su condición de herido, le destrozaron el cráneo a culatazos. ¡ASESINOS!”.

Sacrificio de Francisco Bolognesi
LAS ANGUSTIANTES HORAS PREVIAS
¿Qué impotencia habrían sentido los combatientes peruanos en el Morro de Arica en la víspera de su inmolación? Nadie se puede imaginar dichos momentos. Pensar que la esposas o novias repletaban sus mentes pero no estaban para consolarlos; imaginar que a los hijos les tenían en los cinco sentidos pero realmente no los podían oler, besar, tocar,
oír y solo se conmovían secándose las lágrimas de sus ojos; soñaban que el tibio sol acariciaba sus mejillas en el rincón más hermoso de sus vidas pero no había tal rincón, menos: sol; suponían que mañana podrían estar retornando al seno de sus patrias chicas por el Ferrocarril Arica – Tacna, pero se sobresaltaban al recordar que Tacna estaba perdida y Arica podría ser su tumba; pero la angustia siempre es turbada por la esperanza y, por lo tanto, una lucecita iluminaba sus mentes al pensar que podría llegar un refuerzo, la tropa comandada por Saldívar, desde Arequipa.
Si él llegaba la suerte hubiera sido distinta y eso lo reconoce una carta de un jefe chileno: “Las fortificaciones de Arica eran magníficas, pero para que fuesen enteramente inexpugnables necesitaban ser defendidas por una fuerza que no bajase de 5 a 6000 hombres. Este es el motivo porque las hemos tomado en pocas horas, cuando bien defendidas habrían resistido el ataque de 12 á 15 000 hombres. Los enemigos se han batido muy bien, como que sabían que la cosa valía la pena, pues no se daba cuartel en el combate” (publicado en el “Ferrocarril de Santiago”).



CARTA DE ALFONSO UGARTE A FERMÍN VERNAL
Alfonso Ugarte describe la calamitosa situación pero tiene la esperanza de recibir refuerzos venidos desde Arequipa. Eh aquí un extracto de su carta a Fermín Vernal, su amigo.
“... No hay detalles ni tenemos noticias seguras de los nuestros más de lo que te comunico.
Aquí en Arica estamos solamente dos divisiones de nacionales, defendiendo este punto, y aún cuando somos tan pocos, no podemos hacer lo de Iquique, abandonar el puerto y entregarlo, porque este es un puerto artillado y tiene elementos y posiciones de defensa. Tenemos pues, que cumplir con el deber del honor defendiendo esta plaza hasta que nos la arranquen a la fuerza. Ese es nuestro deber y así lo exige el honor nacional. Estamos pues esperando ser atacados por mar y tierra. Dios sabe lo que resultará, así que te puedes imaginar mi triste situación. Sin embargo es preciso resistir hasta el último y te puedo asegurar, también, que con las posiciones que ocupamos en el morro, los cañones de grueso calibre y las minas que tenemos preparadas, les costará muchas vidas a los chilenos reducirnos y quitarnos esta plaza. Estamos resueltos a resistir con toda la seguridad de ser vencidos, pero es preciso cumplir con el honor y el deber. Quizás la suerte nos favorezca y lleguen con tiempo los refuerzos que esperamos de Arequipa...”.

CARTA DE RAMÓN ZAVALA A UN AMIGO
Ramón Zavala expresa en carta a un amigo el indomable espíritu de los peruanos en Arica, lleno de valentía y patriotismo.
“... De todos modos tengo la seguridad de que si no triunfamos, que si los chilenos no reciben su castigo aquí, que si no hacemos de Arica un segundo Tarapacá, la defensa será de tal naturaleza, que nadie en el país desdeñará en reconocer en nosotros sus compatriotas, y que los neutrales no dejaran de reconocernos como los defensores de la honra e integridad de nuestra patria. Arica, no se rinde, ni las banderas se despliegan para abandonar la plaza; por el contrario, resistirá tenaz y vigorosamente, y cuando la naturaleza cede, obedeciendo a leyes físicas, los invasores pondrán su planta en un suelo que está cubierto de cadáveres y regado por sangre peruana. Sus defensores prefieren la muerte a la deshonra; la gloria a una vida que les hubiera sido insoportable, sino hubieran aprovechado del último.

TELEGRAMAS
Bolognesi, antes de la batalla, tenía comunicación con el prefecto de Arequipa, Carlos Gonzales Orbegoso. En los distintos telegramas le dice que no cuente con Manuel Leyva, Lizardo Montero, Narciso Campero (boliviano), sus batallones nunca llegaron a la batalla de Arica.
"Enemigo todas armas trasladadas trenes. Encuéntrense acampados dos leguas esta plaza. Esperamos mañana ataque. Resistiremos", dice el telegrama del 2 de junio de Bolognesi al prefecto.
Para la historiadora Medina, los documentos mostraban que la situación era complicada, la falta de alimento, la alarma por la ocupación chilena, pero aún así salieron al frente.
"Suspendido por enemigos cañoneo. Parlamento dijo: general Baquedano por deferencia especial a la enérgica actitud de la plaza desea evitar derramamiento de sangre. Contesté según acuerdo de jefes: mi última palabra es quemaremos el último cartucho. ¡Viva el Perú!", escribe Bolognesi al prefecto de Arequipa en telegrama del 5 de junio, mientras que Orbegoso le responde con emoción:
"Felicito a usted y jefes de la plaza en nombre del pueblo arequipeño por su noble actitud. Arequipa contesta: ¡Viva el coronel Bolognesi!".

CARTA DE BOLOGNESI A SU ESPOSA
Es una misiva impregnada de valor, pero, al mismo tiempo, de preocupación por su esposa y de crítica a Mariano Prado, que había huido, y a Nicolás de Piérola, el Dictador, que había sido un fracaso dirigiendo la guerra.
“... Esta será seguramente una de las últimas noticias que te lleguen de mí, porque cada día que pasa vemos que se acerca el peligro y que la amenaza de rendición o aniquilamiento por el enemigo superior a las fuerzas peruanas son latentes y determinantes. Los días y las horas pasan y las oímos como golpes de campana trágica que se esparcen sobre este peñasco de la ciudadela militar engrandecida por un puñado de patriotas que tienen su plazo contado y su decisión de pelear sin desmayo en el combate para no defraudar al Perú. ¿Que será de ti amada esposa? Tú que me acompañaste con amor y santidad. ¿Que será de nuestros hijos, que no podré ver ni sentir en el hogar común? Dios va a decidir este drama en el que los políticos que fugaron y los que asaltaron el poder tienen la misma responsabilidad. Unos y otros han dictado con su incapacidad la sentencia que nos aplicará el enemigo. Nunca reclames nada, para que no se crea que mi deber tiene precio...”.


Cartas del héroe. 
Correspondencia enviada a su familia y al prefecto de Arequipa muestran la tensión que vivió el héroe. “¿Qué será de ti, amada esposa?... Dios va a decidir este drama en que los políticos que fugaron y los que asaltaron el poder tienen la misma responsabilidad”. 
El general chileno Manuel Baquedano los miraba con su catalejo. No podía creerlo. Ellos eran 6 mil y los soldados de Francisco Bolognesi no pasaban de los 1.400. No entendía cómo estos hombres, más que armados, enfurecidos, optaban por el suicidio de enfrentarlos.
Bolognesi sabía que venía la muerte. Pero la patria era primero, por eso escribió cartas que no solo eran la despedida de sus seres queridos, sino también una confesión de valentía y amor por el Perú.
Su trazo era firme, pero en el mensaje había fastidio y mucha tensión. Sabía la dura batalla que le esperaba... A pesar de ello, en cada palabra mostraba las ganas de cumplir la orden encomendada. El héroe, quien nació un 4 de noviembre de 1816, vivía así un capítulo de su vida que hoy recordamos un día antes del aniversario de la batalla de Arica, gesta en la cual entregó la vida por la patria.
Las cartas que el coronel Bolognesi le escribió a su familia antes de la batalla, en junio de 1880, durante la guerra con Chile, mostraban la voluntad de cumplir con el deber, más allá de las dificultades. 
"Querido hijo: son las 11 del día y te dirijo estas palabras para despedirme. El enemigo está cerca de Tacna. Allí lo espera el general Montero con todo su ejército, salvo que los chilenos le hagan una jugarreta y vengan a tomar esta plaza (Arica) que la han dejado muy débil", escribe Bolognesi a su hijo Enrique, el 19 de abril. 
Meses después de esta emotiva carta, Enrique Bolognesi también decide luchar en la Guerra del Pacífico, en la batalla de Miraflores de 1881.
"Yo no tengo para su defensa más que 1.400 infantes; ellos pueden –en horas– traer a Pacocha (Ilo) 3 o 4 mil hombres y a la vez comprometer combate por mar y tierra. En fin, ha llegado el momento de decidir la cuestión.

No hay que asustarse: no estamos mal. Si se dirigen bien las cosas, les daremos un caldo como en Tarapacá.
Creo que seré el pato de la boda por ocupar este puesto que es el ensueño del enemigo. Mientras estén los nuestros en Tacna quizá no habrá nada aquí. 
Ya estoy fastidiado, deseo que llegue el momento de un ataque para descansar del modo que quieras entenderlo. Yo no duermo, no me dejan ni comer; en la calle y por donde vaya tengo que hacer con todo el que me busca. Afectos a todos en casa, a amigos y amigas. Adiós", narra en una misiva Bolognesi.

La historiadora Lourdes Medina comenta que cuando uno lee las cartas de Bolognesi, nota que el héroe siempre habla del cumplimiento del deber, porque no quería defraudar al Perú.
"Hay que rescatar en Bolognesi su optimismo, en las cartas dice que le podemos dar sopa como en Tarapacá, él pensaba que podía ganar en Arica, su esperanza estaba en la minas (dinamita camuflada), el trabajo estuvo a cargo del ingeniero Teodoro Elmore, pero lo capturan con los planos, después los chilenos identificaron la ubicación de las minas", recuerda la historiadora Medina. 
Luego, el 22 de mayo, le escribió a su esposa María Josefa, quien en sus primeras palabras adelantaba que estas serían sus últimas palabras, porque sabe que cada día que pasa el enemigo se acerca a Arica, conocía perfectamente que las fuerzas de Chile superaban a los defensores peruanos.

"Adorada María Josefa"

Esta será seguramente una de las últimas noticias que te llegarán de mí, porque cada día que pasa vemos que se acerca el peligro y que la amenaza de rendición o aniquilamiento por el enemigo superior a las fuerzas peruanas son latentes y determinantes. Los días y las horas pasan y las mismas como golpes de campana trágica que se esparcen sobre este peñasco de la ciudadela militar, engrandecida con un puñado de patriotas que tienen su plazo contado y su decisión de pelear sin desmayos en el combate, para no defraudar al Perú.
¿Qué será de ti, amada esposa, tú que me acompañaste con amor y santidad?, ¿qué será de nuestra hija y de su marido, que no me podrán ver ni sentir en el hogar común? Dios va a decidir este drama en que los políticos que fugaron y los que asaltaron el poder tienen la misma responsabilidad. Unos y otros han dictado, con su incapaz conducta, la sentencia que nos aplicará el enemigo. Nunca reclames nada, para que no crean que mi deber tuvo precio. Besos para ti y Margarita. Abrazos a Melvin”, escribe Bolognesi a su esposa.
Efectivamente, un grupo de peruanos, a pesar de la situación en contra y que sabían que iban a morir, se resistieron al final. Además de la guerra por el guano y el salitre era una lucha por la dignidad nacional.

6-11-1905. Se inauguró el monumento en su homenaje. A la ceremonia asistió uno de los sobrevivientes de la defensa de Arica, el argentino Roque Sáenz Peña, con rango de general del ejército peruano.

Inauguración del momumento a Bolognesi -1905