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sábado, 13 de febrero de 2016

Lima: "La batalla de los cinco presidentes"

La crónica olvidada. Un capítulo en la historia de nuestra capital a propósito de su 480 aniversario.
Si estuviéramos en Hollywood y su maquinaria de ensalzar la historia estadounidense, posiblemente habrían decenas de películas y todos estarían hablando en los medios sobre “La batalla de los cinco presidentes”. En los colegios, los estudiantes aprenderían a profundidad cómo un puñado de vecinos peleó de espaldas a sus casas con un ejército profesional que los triplicaba en número.
Pocos saben que entre el 13 y 15 de enero, de hace exactamente 129 años, el monitor Huáscar bombardeó el Morro Solar, Barranco, Chorrillos y trabó combate con la batería Alfonso Ugarte, instalada a la altura de donde hoy se ubica Larcomar. Porque muchos datos se desconocen de la mayor batalla librada en la capital del Perú, de cuyas trincheras surgieron cinco hombres que alcanzaron la Presidencia de la República.

HUELLAS DE LA GUERRA. 
Y aunque, efectivamente, suene a película hollywoodense, esos días en las arenas de San Juan y en las trincheras de Miraflores pelearon cuatro peruanos que en los siguientes años se convertirían en mandatarios. Nicolás de Piérola era a la sazón el actual gobernante, tras derrocar en pleno conflicto al Mariano Ignacio Prado, convirtiéndose en dictador.
Los otros tres, oficiales del Ejército, se batieron de cara al invasor. Miguel Iglesias combatió en San Juan defendiendo el cerro Santa Teresa y Marcavilca. El cajamarquino era jefe del I Cuerpo del Ejército, y ese 13 de enero de 1881 peleó desde las cinco de la mañana en toda la zona ubicada donde hoy se encuentran la estación Atocongo y el cementerio de la Policía Nacional. Pasado el mediodía, rebasadas sus líneas, retrocedió con el resto de sus hombres hacia el Morro Solar.
La defensa allí fue tan cerrada que muchas fuentes chilenas tratan lo de Chorrillos como una batalla aparte, independiente de lo acontecido en San Juan. De sus 5 mil 200 hombres quedaba menos de la tercera parte a esas alturas del combate. Las calles de Surco llevan hoy los nombres de algunos de los batallones que pelearon bajo su mando, como Batallón Tarma, Batallón Cajamarca, Batallón Callao y Libres de Trujillo, este último resaltado hace algunos meses en las noticias por ser donde Rodolfo Orellana tenía su vivienda. En el Morro aún se puede ver la placa de bronce en el punto donde se instaló el obús Rodman de 500 libras manejado por el teniente chotano David León. El reducto sostuvo el asalto de los batallones Melipilla y Coquimbo, a la vez que era castigado por la escuadra chilena, que incluía el monitor Huáscar, ya reparado luego de ser capturado en Angamos. En la cima muere en combate el mayor Alejandro Iglesias, quien no vería a su padre convertirse en el presidente posocupación chilena del Perú.


SAQUEO Y DESTRUCCIÓN. 
En ese mismo combate fue también tomado prisionero Guillermo Billinghurst, al momento jefe del Estado Mayor del Ejército del Norte. Según refiere en su obra Jorge Basadre, Iglesias, Billinghurst y otros altos oficiales fueron alineados frente a una tapia para ser fusilados. En ese momento, el oficial reveló la alta graduación de los allí presentes, por lo que el sargento que comandaba el pelotón de ejecución entendió que valían más vivos que con una bala en el pecho. No todos tuvieron la misma suerte. Durante la tarde y noche las tropas chilenas, sordas al llamado de sus jefes, incendiaron los balnearios de Chorrillos y Barranco en busca de botín. Quintas y rancherías de la aristocracia limeña y de ricos comerciantes extranjeros fueron saqueadas y destruidas, mientras que sus ocupantes fueron asesinados y vejados.
El 14 por la mañana, mientras los saqueadores dormían la resaca de la orgía, 13 bomberos italianos fueron detenidos por la soldadesca, que acusándolos de ser soldados mercenarios, los fusiló en el parque San Pedro. Todos eran miembros de la bomba Garibaldi que hasta hoy funciona en Chorrillos. Uno de ellos, Luca Chiape, tenía solo 17 años al momento de su inmolación.
Otro joven estaba a punto también de pasar a la historia con su sacrificio. Con el ejército de línea arrasado el 13 en San Juan y Chorrillos, en los reductos o trincheras de Miraflores quedaba la milicia ciudadana. Vecinos armados que se combinaron con los restos de las tropas regulares. Entre estos vecinos estaban los alumnos del Colegio Guadalupe, cuyos maestros muchas veces fungían de sus oficiales. Es en honor a ellos que se levanta en el óvalo de Higuereta el monumento a Los Cabitos, como se les llamó a estos estudiantes.
Uno de ellos era Manuel Bonilla -el estadio de Miraflores se bautizó en su nombre- de 15 años de edad. Testigos del hecho relatan que mientras asistía llevando municiones a los combatientes al pie del Reducto N° 3, en las cercanías de lo que es hoy la Base Aérea de Las Palmas, el coronel Narciso de La Colina subió al parapeto a alentar a sus tropas, muriendo instantáneamente. Bonilla vio esto y corrió a recoger su fusil y continuar haciendo fuego sobre el enemigo, pero la explosión de una granada lo mató.
Posiblemente el estallido se haya escuchado hasta el Reducto N° 1. Allí, enrolado en el batallón N° 2, compuesto por vecinos comerciantes de la ciudad, se encontraba Augusto B. Leguía, quien combatió toda la tarde como sargento de una compañía de civiles voluntarios. Sobrevivió para ser presidente en dos oportunidades, la última conocida como el Oncenio de Leguía, entre 1919 y 1930.


EL “BRUJO” CÁCERES. 
Pero también quedaban algunos militares de carrera al mando de los últimos restos del ejército regular. Entre los espacios dejados entre las fortificaciones de los reductos, los sobrevivientes de San Juan defendían el paso hacia Lima. En el espacio de los Reductos 1 y 2 se encontraba el coronel Andrés A. Cáceres, que dirigía -entre otros- a los batallones Zepita y Ayacucho con sus característicos uniformes blancos y cuellos celestes.
La tradición refiere que al mando de estas tropas, Cáceres cargó a la bayoneta logrando capturar cuatro cañones de campaña a su adversario. Durante el enfrentamiento, un disparo lo hiere en la pierna por lo que debe ser evacuado del campo de batalla. Tras pasar oculto cuatro meses en un convento hasta sanar sus heridas, tomó el camino de Chosica para iniciar la campaña de la Breña en la sierra. Cáceres vencería hasta en cinco ocasiones a las tropas expedicionarias que se enviaron a destruirlo durante más de un año. Su pericia no solo le otorgó el título de “Brujo de los Andes”, sino que la fama de jamás haberse rendido ante el enemigo allanó el camino para convertirse también en presidente de la República entre 1886 y 1890.
Cinco hombres que sin proponérselo, acaso combatiendo uno al lado de otro -salvo el caso de Piérola- en San Juan, Chorrillos, Barranco y Miraflores, ocuparon el más alto cargo de la Nación. Una historia que increíblemente casi nadie recuerda.



jueves, 4 de febrero de 2016

Andrés Avelino Cáceres, "El mariscal que nunca se rindió"

El material recopila la biografía del héroe ayacuchano y los aspectos poco conocidos del militar. El Ministerio de Defensa y Telefónica publican libro sobre “El brujo de los Andes”.

....Cuando el coronel Cáceres cargó la bayoneta en las pampas frente al Reducto N° 1, la batalla de Miraflores tenía más de una hora de haberse iniciado. Mientras estaba al frente del batallón Jauja, un disparo le fracturó el fémur, pero el bravo ayacuchano no se inmutó. Tras el primer choque rehizo a sus tropas, volvió a salir de las trincheras nacionales y atravesó la tierra de nadie. El Paucarpata y el Concepción chocaron aceros en lucha cuerpo a cuerpo con los chilenos de la III División que comandaba Pedro Lagos. El sol en ese momento marcaba las tres de la tarde.
Las balas sureñas de una onza de plomo buscaban el pecho del jefe peruano. Una de ellas finalmente se estrelló contra su catalejo, mientras el héroe lo tenía pegado al rostro. Sus ayudantes lo creían muerto, pero hacía falta más de un disparo para acabar con el caudillo.
Los ciudadanos-soldados, las milicias urbanas que se unieron al ejército regular para enfrentar al enemigo a las puertas de Lima, veían la magnitud del sacrificio y ellos mismos se lanzaron a lo más duro de la batalla. Los hombres de ese reducto, agrupados en el batallón N° 2 eran comerciantes y oficinistas de la ciudad, migrantes italianos y estudiantes del colegio Guadalupe. Bajo el comando del coronel Cáceres lograron la hazaña de apoderarse de cuatro cañones Krupp. Pero no fue suficiente.


“Por fin los reductos fueron tomados a punta de bayoneta. Estaban colmados de cadáveres, de cuerpos muertos de infelices adolescentes, en su mayoría empleados de comercio, de hombres distinguidos y de estudiantes”, refiere un texto de Clemente Markham en el libro “Cáceres”, editado por la Comisión Permanente de Historia del Ejército del Perú- sobre los últimos instantes de la batalla.

RECOPILATORIO. 
Para los amantes de la historia militar en particular, y la historia del Perú en general, la publicación es un recopilatorio de toda la biografía de quien fuera, después de la Guerra del Pacífico, presidente de la República.
“Después de la campaña militar se ha iniciado otra lucha más difícil y penosa, la lucha por superar las consecuencias del desastre”, recoge el libro las palabras de Cáceres Dorregaray el 30 de octubre de 1887, cuando empezaba la etapa de la Reconstrucción Nacional.
El libro, hecho en colaboración con el Ministerio de Defensa y la Fundación Telefónica, reconstruye aspectos poco conocidos del líder militar, en una edición que recopila además numerosas fotografías de la época del conflicto, combinadas con ilustraciones y cuadros que sitúan al lector en el momento exacto de la historia en la que el héroe tuvo participación activa.

BRUJO. 
Una mención aparte merece la sección dedicada a la Campaña de la Breña, en la que el coronel Cáceres ganó el apelativo de “El Brujo de los Andes”, derrotando a las fuerzas expedicionarias que lo buscaban en sucesivas batallas consecutivas con apenas horas de diferencia en Marcavalle, Pucará y Concepción. Finalmente, la gesta se cierra con la batalla de Huamachuco, donde toda resistencia finaliza.
El libro explora los parajes, pueblos y caseríos por los que Cáceres y sus tropas se movieron poniendo contra la pared a las fuerzas de ocupación, y proporciona datos poco conocidos de cada zona, e incluso fotografías rescatadas de archivos personales.
Estos mismos archivos sirven también como fuente para seguir la carrera política del soldado. En su primer gobierno (1886-1890), Cáceres formó el Partido Constitucional como parte de una época que conocemos como el Segundo Militarismo. La historia no es ajena tampoco a la Guerra Civil que enfrentó a Cáceres con Nicolás de Piérola, quien durante la Guerra del Pacífico fuera jerárquicamente jefe directo del militar.

EL MARISCAL ANDRÉS AVELINO CÁCERES
EL DATO
El grado de mariscal le fue entregado por el presidente Augusto B. Leguía. Existe un mosaico en la Sociedad de Fundadores de la Independencia que refleja ese momento. El local de la Sociedad era en realidad la casa que Leguía le iba a obsequiar a Cáceres en reconocimiento a sus servicios prestados, pero este falleció antes de que estuviera terminada.

FUENTE: Libro sobre “El brujo de los Andes”.
Publicado por el Ministerio de Defensa y Telefónica.

lunes, 28 de diciembre de 2015

¿Por qué se perdió la Guerra contra Chile?

Última entrevista a Andrés A. Cáceres
En 1,921, el héroe de la Guerra del Pacífico respondió una de sus últimas entrevistas. ¿Por qué perdimos la guerra? No hubo armonía cultural ni política... y mucha traición en los sectores pudientes. Suena tan vigente. La patria celebra hoy, estremecida de júbilo, la gloriosa efeméride de la batalla de Tarapacá, página honrosa de nuestra historia y blasón de orgullo para el Ejército Nacional. Todos los peruanos evocamos, con los ojos, el alma, la epopeya singular en que un puñado de bravos, sublimados por el sacrificio y exaltados por el infortunio, en vigoroso empuje, destrozaron a las poderosas y engreídas huestes chilenas, poniéndolas en vergonzosa fuga.
Si desgraciadamente fue infecunda esta victoria, por la impotencia de nuestro Ejército para perseguir, desprovisto como estaba de caballería, a los derrotados enemigos, debemos guardar, empero, eterno culto a ese puñado de bravos que, lejos de abatirse ante la fatiga, el hambre y la desnudez a que quedaron reducidos, después del desastre de San Francisco, reconcentraron todas las potencias de su alma y todas las fuerzas de su organismo en un supremo ímpetu de coraje para cubrirse de gloria y dar a la América una lección única de heroísmo y de energía. Al rememorar, nosotros, esta hazaña imperecedera, saludamos llenos de patriótico orgullo a los beneméritos sobrevivientes de ella. En el pintoreso barrio del Leuro en Miraflores, al amor de la soledad y la paz campesinas, vive, entregado a sus recuerdos y mimado por el cariño de los suyos, el viejo Mariscal del Perú. Hasta su poético retiro, va a buscarle el insaciable reclamo de nuestra curiosidad periodística y el homenaje rendido de nuestro orgullo patriótico y encontrando la acogida cordial de su vejez gloriosa.

Lo hallamos en su escritorio, acomodado en un sillón de cuero, abrigadas las débies piernas por gruesas mantas de color oscuro. Visto correcto de jaquet gris y cubre la nieve de sus canas, con una gorra del mismo color. Decoran las paredes del aposento finas estampas que reproducen escenas guerreras.

De un gran cuadro al óleo, que se alza sobre el escritorio, se destaca la fina y bella efigie de la hija del mariscal, cuya fresca y alegre juventud fue tronchada por la muerte. Frente al retrato del héroe de La Breña, luciendo sobre su pecho las medallas ganadas a fuerza de bravura y de audacia, y sobre el rostro, la condecoración eterna de su gloriosa cicatriz.
Mariscal, en el aniversario de la victoria de Tarapacá, demandamos de usted, el relato vívido de esa gloriosa acción.
Se anima el rostro venerable del anciano guerrero. Un relámpago encandila sus pupilas y alisándose, nerviosamente, las albas barbas puntiagudas, nos dice: Recuerdo la batalla, con absoluta precisión, y voy a relatársela, como si acabara de realizarse.


Y empieza el relato con voz emocionada:
Me encontraba yo, con mi división, en una de las calles de Tarapacá, tomado un rancho frugal, antes de emprender, con todo el Ejército y como lo habían hecho ya las tropas del general Dávila, la retirada hacia Arica, después del desastre de San Francisco, cuando mi ayudante que había distinguido al enemigo en la cresta de los cerros situados al Oeste de la ciudad, llegó corriendo a avisármelo. Al recibir esta inesperada noticia, estaba comiendo. Solté la pequeña cacerola que contenía mi ración, y procediendo con impetuosa actividad, ordené a mi división que se lanzara con la bayoneta calada, cerro arriba, para desalojar al enemigo.
Procedí rápidamente a dividir mis tropas en tres columnas: la primera y la segunda compañías formaban la de la derecha, que puse al mando del comandante Zubiaga, valiente y experto jefe; la del centro la constituyeron la quinta y sexta compañías, mandadas por el mayor Pardo Figueroa, distinguido jefe, también, y la de la izquierda quedó formada por la tercera y cuarta compañías que confié al mayor Arguedas.
Advertí a mis tropas que evitaran hacer fuego, mientras no hubieran alcanzado la cumbre, para economizar las municiones, que, por desgracia, eran muy escasas. Al coronel Recavarren, Jefe de Estado Mayor, le envié en comisión donde el coronel Manuel Suárez, que tenía el mando del batallón Dos de Mayo, para que hiciera, con sus fuerzas, igual distribución a las del Zepita, y se colocara a mi izquierda. A poco, ya cuando mis bravos soldados se habían lanzado al combate, llenos de entusiasmo y de ardor bélico, el coronel Belisario Suárez toma sus disposiciones y los coroneles Bolognesi, Ríos y Castañón, se sitúan en sus respectivos emplazamientos.
El Zepita escala el cerro por el lado Oeste, con empuje irresistible desafiando los tiros que el enemigo descarga sin descanso sobre ellos. Se despliegan en guerrilla y sin detenerse, disparan incesantemente, a ciento cincuenta metros del enemigo, que cede al empuje de los nuestros. La columna Zubiaga, se lanza a la bayoneta sobre la artillería chilena y, audazmente, se apodera de cuatro cañones. Las columnas de Pardo Figueroa y de Arguedas, despedazan, entre tanto, a la infantería enemiga.

Perdón, Mariscal, en ese asalto, ¿qué acción notable de arrojo, de sus soldados, recuerda usted?
No puedo olvidarme del heroísmo del Alférez Ureta, de la compañía primera de la columna derecha, que inflamado por un ardiente entusiasmo patriótico y un coraje a toda prueba, se montó sobre un cañón chileno, lanzando estruendosos vivas a la patria. Tampoco me olvidaré nunca de un acto meritísimo del comandante José María Meléndez, veterano de la Columna Naval, uno de los primeros en unírseme en el asalto al enemigo.
Cuando derrotados los chilenos y cansados nosotros de perseguirlos infructuosamente, por falta de caballería; desfallecíamos de sed y de hambre, al extremo de que me vi obligado a humedecer los labios de algunos de mis soldados con pequeñas rodajas de un limón, que por fortuna llevaba en uno de mis bolsillos de mi casaca; el comandante Meléndez se presentó de repente y sin que yo pudiera explicarme su procedencia, cargando un barril de agua que aplacó la sed de esos valientes. Y como éste, tantos otros episodios de coraje y de entusiasmo.

Y destrozada la infantería y despojados los chilenos de su artillería, ¿qué pasó?
El enemigo así castigado en ese primer combate por los nuestros, huyó a la desbandada, pampa abajo, perseguido de cerca por los nuestros y acampó a una legua de distancia hasta juntarse con otro cuerpo chileno que vení­a a reforzarlos. Entretanto, mi caballo habí­a sido herido de un balazo y hube de detenerme, a mitad de jornada. Un oficial que habí­a encontrado una mula de un regimiento chileno, me la trajo y montado en ella, pude seguir la persecución. Después de tres horas de refriega, tuvimos que contramarchar hasta el sitio donde había tenido lugar el primer ataque, porque mis tropas estaban rendidas por la fatiga de la acción. El general en Jefe Buendía me dio su enhorabuena por el éxito alcanzado por mi división. Pero en medio de la alegría del triunfo, hube deplorar profundamente la muerte de mis mejores tenientes: Zubiaga, Pardo Figueroa, mi propio hermano Juan… también rindieron la vida en el primer encuentro.

¿Y el segundo encuentro?
Reforzada mi división con el batallón Iquique que mandaba el inmortal Alfonso Ugarte, la Columna Naval de Meléndez, un piquete del batallón Gendarmes que mandaba Morey, una compañía del batallón Ayacucho con Somocurcio a la cabeza, una hora después se reanudaba la lucha en plena pampa hacia el SO de Tarapacá. Primero se realiza un vivo combate de fusilería sostenido por ambas partes, con empeño. El enemigo es arrollado cinco veces, rehaciéndose, luego otras tantas. Entonces envolviendo el ala y el flanco izquierdo chileno que manda Arteaga, con mis tropas lo obligué a retirarse hacia el sur. El batallón Iquique llega a tiempo para rechazar a los granaderos chilenos que habían sorprendido al Loa y al Navales.
Sin embargo, antes, Arteaga trata de rehacerse en vano y nosotros cargamos otra vez con irresistible denuedo. En momentos que la victoria se decidía ya por nuestras armas, llegó Dávila con su división al trote (habí­an recorrido 12 kms. desde Huarasiña) y muy cerca del flanco chileno, aún jadeantes, le hace repetidas descargas de fusilería. Entonces yo aproveché para dar el definitivo ataque por el centro, que decidió la derrota de los chilenos que abandonaron el campo, dejando tras de sí sus 6 últimas piezas de artillerí­a Krupp, entonces la más moderna del mundo. Fue en ese momento –prosigue entusiasmado el Mariscal- cuando llamé al Capitán Carrera y, entregándole uno de esto cañones, le dije: “artillero sin cañones, ahí tiene Ud. una pieza para actuar”. Y a fe mía que supo hacerlo, disparando sobre la retaguardia enemiga que huía.
Eran las cinco de la tarde. La batalla había terminado después de nueve horas de reñida lucha. Sobre el campo quedaron muchísimos de mis bravos soldados junto con centenares de enemigos. Pero, le he relatado solamente la parte que me tocó desempeñar a mí, en la altura. Sin embargo Uds. deben saber que en la quebrada, Bolognesi, Castañón, Dávila y Herrera se batieron con ardor. Fue un soldado de Bolognesi, Mariano de los Santos, quien se apoderó de un estandarte chileno. El enemigo es arrojado por esa parte hasta Huarasiña, después de vigorosos encuentros y ahí se reúne con los restos de la división Arteaga, que nosotros habíamos arrollado.
Al mismo tiempo, todo nuestro ejército se concentra, y reunidas todas las fuerzas perseguimos a los chilenos hasta más allá del cerro de Minta. Ya les he dicho que fue imposible barrerlos, como hubiéramos querido, porque la fatalidad que siempre nos acompañó en la guerra, quiso que no tuviéramos caballería. Y así, la victoria fue infructuosa, pues después de ella faltos de víveres y de refuerzos, hubimos de continuar nuestra retirada a Arica.

¿Cómo fue la batalla de San Francisco? 
Doloroso es el recuerdo: la falta de previsión, el espionaje chileno, la defección de Daza y su famoso cable: “Desierto abruma, ejército niégase seguir adelante”, el asalto frustrado, la muerte del Comandante Espinar al pie de los cañones chilenos, la catastrófica retirada nocturna…

¿Cuál fue la causa decisiva de la pérdida de la guerra? 
La falta de organización militar y autonomí­a bélica, particularmente en municiones. Eso en cuanto al aspecto técnico, pero más allá, la discriminación racial fue determinante. No hubo armonía cultural ni polí­tica. La falta de organización militar, de cohesión, de armonía política.
Había patriotismo, había entusiasmo generoso, había valor y virtudes militares en nuestros soldados y en nuestros oficiales, pero también hubo mucha traición en los sectores pudientes.

¿Y en nuestros generales? 
También. Hubo demasiados generales, cuyos conocimientos y aptitudes no pudieron destacarse en la contienda, por falta de disposición de un comando totalmente politizado.

¿Pero, usted cree, que, sin esos defectos y deficiencias, hubiésemos podido ganar la guerra?
Con toda la superioridad numérica y armamentí­stica del ejército chileno, creo, firmemente que sí­. La desunión, el desatino, la ambición polí­tica y la carencia de identidad en los sectores acomodados nos perdieron.

¿Cuándo comenzó su carrera?
En 1854, acababa de estallar la revolución contra Echenique, provocada por los escándalos de la corrupción del guano. De todos los rincones del paí­s, se sumaban las adhesiones. En Ayacucho, mi tierra natal, don Ángel Cavero, uno de los vecinos del lugar, encabezó el movimiento rodeado de simpatí­a popular. Muchos jóvenes nos presentamos voluntarios a filas. Yo contaba 19 años, estudiaba en la universidad de Huamanga y era de los más entusiastas. Nos apoderamos de la gendarmerí­a. Luego llegó el ejército rebelde, en donde terminé de enrolarme. Entonces el general Castilla, a quien sin duda caí­ en gracia, me llamó a su despacho y me dijo: “¿Quiéres seguir la carrera?”, “Sí­, señor, es mi mayor deseo”, le contesté con aplomo. Entonces, me respondió, palmeándome la espalda, “serás un buen guerrero”.

¿Y el mariscal Castilla, cómo le trató a Ud.? 
Castilla, que me conoció desde la batalla de La Palma, me dispensó simpatí­a y apoyo. Tanto, que varias veces soportó mis engreimientos. Y eso que una vez me le sublevé.

¿Le hizo la “revolución”?
He querido decir que tuve un rapto de altivez. Fue cuando el Mariscal quiso formar el batallón “Marina”. Llamó a palacio a los oficiales escogidos de los distintos regimientos. Yo fui destacado del Ayacucho. Ya me habí­a conocido en La Palma y después en la campaña de Arequipa contra Vivanco. Pues bien, Castilla revistó uno a uno a todos los oficiales congregados y al llegar a mí, se detuvo observándome y me dijo: “¿Cómo se Ilama Ud. capitán?”. Me impresionó desfavorablemente el olvido que el mariscal habí­a hecho de mi nombre y le contesté: “Soy, excelentí­simo señor, el hijo de don Domingo Cáceres, cuya hacienda fue destruida por el general Vivanco, por haber sido leal a Ud. Estuve en la batalla de Arequipa, donde fui herido casi perdiendo un ojo; me llamo Andrés Avelino Cáceres”. “Hola, hola”, replicó el mariscal: “Con que Ud. es el capitán Cáceres, hijo de mi amigo don Domingo. Bueno, bueno, Ud. se quedará en su cuerpo”. Y me quedé en mi batallón Ayacucho, en el cual me habí­a iniciado y en el cual continué hasta que fui a Francia, como agregado militar.

Su cicatriz en la cara, Mariscal… 
Esta “condecoración” la recibí­ en la torna de Arequipa, en 1856. El Mariscal Castilla que habí­a acampado en las afueras, llevó a cabo, por varias noches, simulacros de ataque, que tení­an al enemigo en sobresalto. La noche que decidió darlo por cierto, me ordenó que avanzara con mi compañía y me apoderara de la 1ra. trinchera enemiga. Sin vacilar, ejecuté esa orden y sorprendiendo a los ocupantes, logré capturar la trinchera, regresando a dar parte al mariscal de mi cometido. Entonces, Castilla me mandó: “siga Ud. avanzando sobre la ciudad, tomando las alturas hasta los conventos de San Pedro y Santa Rosa”. Y, aunque pensaba que era una crueldad enviarme así­ al sacrificio, no dudé, y deslizándome por los techos fui avanzando hasta el primero de los conventos. No sé cómo logré saltar los innumerables obstáculos hasta de repente hallarme dentro de la bóveda, próxima a la torre. Por el camino había perdido a muchos soldados, muertos por descargas vivanquistas. Desde la torre de Santa Rosa, el fuego que se hací­a sobre nosotros era incesante.
Pero, los 2 cuerpos que formaban la 1ra. división del Mariscal Castilla habían desembocado por calles paralelas al convento y así­ cayeron sobre el atrio y el interior, obligando a los enemigos a abandonarla. Entretanto yo subí­a, con los mí­os, hasta la torre y ahí­ tuve que soportar el fuego desde la torre fronteriza de Santa Marta. Mientras, Castilla había penetrado al convento por otro lado. El coronel Beingolea, subió a la torre, creyéndola vací­a y se dio de bruces conmigo y mis soldados. Calcule Ud. la sorpresa de ambos, a punto de acribillarnos mutuamente. “Acabamos de tomar el convento”, me dijo; “Mi coronel: ya la habí­a tomado yo”, contesté. El coronel me abrazó y me anunció que harí­a conocer a Castilla esa hazaña. “Está ahí­ abajo, con todo el Ejército”, y se fue.


Yo continué haciendo frente al fuego de los de Santa Marta, y mostrando a mis soldados el blanco hacia el que debí­an disparar, un balazo me derribó cegándome. Me recogieron mis soldados y me bajaron al refectorio del convento, en donde el sargento Coayla y el cabo Huamaní­, me atendieron. Estuve privado del conocimiento. Cuando lo recobré hallé a mi lado al capitán Norris, uno de mis mejores compañeros, que me preguntaba qué deseaba. “Agua, muero de sed”, contesté. Al poco rato regresó con un plato de mermelada y una garrafa de agua. El dulce no me era necesario, ni podrí­a ingerirlo. Tení­a la mandí­bula apretada. Apenas una pequeña ranura dejaba pasar el agua. Bebí­, desesperado, parte del contenido de la garrafa y el resto hice que me lo vaciaran en la cara, para que me lavara la herida, casi desfallecido. El médico dijo que la herida era mortal. El capellán estuvo a punto de darme la extremaunción… Entonces mis soldados me trasladaron a casa de una señora de apellido Berrnúdez, porque el tifus infectaba a los heridos en el convento y me hubiera terminado de matar. En mi nuevo alojamiento me trató el doctor Padilla, extrayéndome la bala a exigencia de mi tropa. Ellos me salvaron la vida.

¿Y cómo fue su convalecencia? 
Recuerdo que las madres del convento que me habí­an tomado afecto, me enviaban allí­ la dieta. ¡Qué tortas! ¡qué dulces! Y aquí­ viene lo curioso: una vez convaleciente, iba a almorzar al convento y la madre superiora, muy seria, me habló un dí­a así­: «Teniente, usted ha renacido en este convento, verdad?”, “sin duda, reverenda; de aquí­ me recogieron casi cadáver y aquí­ me comenzaron a curar, a Ud. debo cuidados que no sabrí­a cómo agradecer”. “¿Y por qué no deja Ud. la carrera y se hace fraile?” Casi me caigo de espaldas de la impresión. Tuve que contener la risa: “¡Yo fraile, madre! No soy digno de vestir los hábitos…”. Hube de apelar a todos mis recursos oratorios para hacer desistir a la madre. La pobre sufrió un desencanto. ¡Ya me veía con cabeza rapada, capuchón y sotana!

Mariscal, ¿cuál ha sido la época más feliz de su vida? 
Los mejores dí­as de mi vida, durante mi juventud, por supuesto fueron los pasados en Arica, cuando estuvimos de guarnición, antes de la toma de Arequipa. Tuve gran partido entre las muchachas ¡me divertí­ mucho!

¿Mariscal, y el recuerdo más satisfactorio de su vida militar?
La campaña de La Breña, es, la página más honrosa de mi vida militar. No vaciló en proclamarlo yo mismo. Me enorgullezco de ella. Tengo muy presentes y me acompañarán hasta la tumba, todos los entusiasmos, todas las satisfacciones, todas las decepciones, y amarguras también, que experimenté durante esos tres años de constante batallar. Todos los que se agruparon a mí, para continuar la campaña y arrojar al odiado enemigo del país, aún después de los desastres de San Juan y Miraflores y la toma de Lima, rehuyeron ayudarme… Ambiciones, rencillas, pequeñas pasiones, todo se coaligó contra mí, que defendía la patria, cuando todos la dejaban abandonada al infortunio, el recuerdo de mis soldados y guerrilleros, el pueblo en armas, marchando entre punas y quebradas, airosos y bravíos, ellos fueron los grandes héroes anónimos que algún dí­a la historia reivindicará.

¿Cierto que el Kaiser, reconoció en Ud. al vencedor de Tarapacá? 
Claro. Fui a la audiencia que pedí­a en mi carácter de ministro del Perú y el Káiser avanzó hasta alargarme la mano: “Tengo el gusto de estrechar la mano al vencedor de Tarapacá, esa gran batalla ganada después del desastre de San Francisco”. El Rey de España cuando me conoció, me dijo: “Se conoce que Ud. ha combatido siempre de frente, general”. Aludí­a a la cicatriz que llevó en el rostro. Y el de Italia: “Celebro mucho conocer al general que tantas glorias ha dado a su paí­s”.

Entrevista al Mariscal Andrés Avelino Cáceres, en el diario La Crónica, 27 de noviembre de 1,921, con ocasión del 42 aniversario de la victoria de Tarapacá, durante la Guerra del Pacífico.