Mostrando entradas con la etiqueta simon bolivar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta simon bolivar. Mostrar todas las entradas

miércoles, 24 de febrero de 2021

Traiciones y dictadura del auténtico Simón Bolívar: el millonario «español» que se hizo revolucionario

La historia recuerda a Simón Bolívar como el gran libertador de Sudamérica y el hombre que soñó con una confederación democrática de estados libres al estilo de EE.UU. Se cuidan los que han levantado esta pulida y mitificada versión de Bolívar, hoy reverenciado por cierta izquierda americana, en omitir el giro despótico que invadió al criollo en varios periodos de su vida. Aparte de su mala opinión de los indígenas, «seres incapaces de una concepción política»; o de su hostilidad hacia Perú, que veía como una amenaza a su Gran Colombia.

Nacido en el seno de una familia de ascendencia española de Caracas, Bolívar ingresó muy joven en el Batallón de Milicias de Blancos de los Valles de Aragua, donde su padre ejercía sus funciones de oficial y tenía un gran hacienda. En 1799, realizó un viaje a Europa para perfeccionar su formación militar, si bien fue entonces cuando germinó en su interior las ideas independentistas contra la «Madre Patria». Ya en la rebelión iniciada por Francisco de Miranda, en plena Guerra de Independencia española, cobró Bolívar un importante protagonismo como el hombre que convenció al exiliado en Londres de regresar a América.

Retrato de Simón Bolívar, por José Gil de Castro
Caído el prestigio de Miranda, el criollo le traicionó en última instancia para salir con vida de este primer intento de independencia. Bolívar hizo prisionero a Miranda y lo entregó al Ejército español a cambio de un salvoconducto para regresar a Caracas, si bien finalmente se dirigió a Cartagena de Indias con la intención de encender una nueva rebelión.

Una guerra civil entre españoles
Lo que vino a llamarse la «Campaña Admirable» dio luz a la Segunda República, un régimen totalmente personalista del criollo, que trasladó la guerra a un nuevo nivel de violencia y confrontación social. Lejos del relato clásico de la lucha de los americanos por conseguir su independencia respecto a los españoles, las sucesivas guerras de emancipación que se vivieron en los territorios del Imperio español fueron, en esencia, una guerra civil entre españoles, esto es, españoles de América contra españoles de Europa.

Los procesos corrieron a cargo de criollos dueños de grandes plantaciones e intelectuales enriquecidos, que recibieron el apoyo indirecto de EE.UU. e Inglaterra, empezando con el comercio de armas y barcos de guerra a los insurgentes. Sin ir más lejos, la familia de Bolívar era dueña de extensas plantaciones de cacao, con indios de encomienda y esclavos negros. La población mestiza e indígena combatió de forma indiferente en ambos bandos y no mejoró, sino todo lo contrario, su situación una vez se marcharon los europeos.

Tras sucesivas derrotas a manos del Ejército español, la Segunda República de Bolívar se deshilachó a la misma velocidad que se había creado. Cuando en 1814 Fernando VII regresó al poder, pudo organizar una expedición de 10.500 soldados desde España y restablecer el poder real en todos los territorios. Poco después, Bolívar renunció a su mando y, en mayo de 1815, se exilió a Jamaica, en manos británicas. Un periodo de reflexión en el que el criollo español abandonó su proyecto de independencia regional y se abonó a uno continental. Revestido de democracia a toda costa, Bolívar postulaba un sistema político propio de los caudillos latinos, con un presidente vitalicio y una cámara de senadores hereditarios integrada por los generales de la independencia…

En 1819, logró la independencia de Nueva Granada y el nacimiento de la Gran Colombia, de la cual se convirtió en dirigente. Sin tiempo que perder, impulsó una ley de expulsión de los españoles el 18 de septiembre de 1821 por la que todos los ciudadanos con origen peninsular que no demostrasen haber formado parte del movimiento independiente serían sacados a la fuerza del país.

Entrevista en Guayaquil entre Bolívar y San Martín
Puesta su mirada en el sur, el todopoderoso Virreinato del Perú, trató de forjar una alianza con José de San Martín. Durante una reunión entre ambos en Guayaquil, Bolívar concluyó decepcionado que el libertador del Perú «no creía en la democracia, estando convencido de que aquellos países no podían ser regidos más que por Gobiernos vigorosos, que impusieran el cumplimiento de la Ley, ya que cuando los hombres no la obedecen voluntariamente, no queda más arbitrio que la fuerza». Cuando San Martín le ofreció el liderazgo de la campaña libertadora en el Perú, Bolívar le dio a entender que solo lo aceptaría si él se retiraba del Perú. ¡O Bolívar o nada!

Así lo hizo San Martín, que puso rumbo a Europa, si bien el verdadero problema de Bolívar con Perú era la amenaza que suponía como país para su amado proyecto de la Gran Colombia. En opinión del historiador Hugo Pereyra Plasencia, Bolívar llegó al Perú no tanto por dar la libertad a los peruanos, «sino principalmente por el interés geopolítico de destruir de raíz lo que consideraba como una amenaza para la Gran Colombia, […] Por eso se crea Bolivia, para cortarle las patas al “monstruo” peruano». Lo poco que le importaba la libertad local se demostró cuando, en 1825, Bolívar dispuso la anulación de la emancipación de los esclavos que había decretado San Martín y poco después implantó de nuevo el tributo del indígena, que también había sido eliminado por San Martín el 27 de agosto de 1821.

La Muerte del Libertador, por Antonio Herrera Toro
Ese mismo año, el Congreso Constituyente convocado por él en Perú ordenó levantar una estatua ecuestre de Bolívar en la plaza del Congreso, donde está actualmente, y el pago de una recompensa de 1.000.000 de pesos, cantidad que representaba, más o menos, la tercera parte del presupuesto anual del Perú de la época, como una «pequeña demostración de reconocimiento» hacia su figura.
Bolívar llegó al Perú no tanto por dar la libertad a los peruanos, «sino principalmente por el interés geopolítico de destruir de raíz lo que consideraba como una amenaza para la Gran Colombia»
Años de dictadura
Bolívar soñaba con replicar los EE.UU. en un territorio fragmentado, de caracter provincial y diverso, que en algunas zonas veía con poco o nada entusiasmo el proyecto confederado, como en el caso de Perú. En los años posteriores el «libertador», que empezó a acaparar poder y actuar de forma despótica, fracasó en su intento de imponer su visión de la democracia a todo el continente.

En 1826, el levantamiento de José Antonio Páez contra el orden impuesto en Venezuela por Bolívar, unido al rechazo de la unión con Colombia, comprometieron gravemente el proyecto de la Gran Colombia. Tampoco salieron las cosas como él había previsto en la Asamblea de Panamá (1826), donde intentó conseguir la unión continental a través de una confederación, quedando reducida la participación a Colombia, México, Perú, Chile y las Provincias Unidas de Centroamérica y los compromisos a solo buenas palabras.

Además, concluida la guerra contra el Imperio español, la aristocracia limeña consiguió la anulación de la Constitución bolivariana que se les había impuesto con el argumento de Bolívar de que, aunque no fueran legales los métodos para aprobarla, era «popular y por lo tanto propio de una república eminentemente democrática». Ni entonces, ni hoy, Perú guarda buen recuerdo del Libertador.
Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander
 en el Congreso de Cúcuta

Sobrepasado por las circunstancias, Bolívar asumió en 1828 en un pronunciamiento en Bogotá plenos poderes dictatoriales, lo que condujo a la rebelión colombiana contra su dictadura pretoriana. Entre las medidas impopulares que impuso, estuvo una serie de privilegios a la alta jerarquía del Ejército y la restitución del impuesto de la alcabala, un impuesto español que se había llevado a América tras la conquista y del cual muchos criollos se habían quejado a lo largo de los tiempos.

La invasión del ejército peruano al frente de La Mar, la insubordinación del general de su mayor confianza, José María Córdoba, y un intento de asesinato el 25 de septiembre de 1828 le señalaron la puerta de salida. Bolívar, gravemente enfermo y en proceso depresivo, presentó su dimisión en 1830 ante el Congreso colombiano y vivió sus últimos días torturado por las noticias que llegaban de más y más fragmentaciones de las repúblicas americanas. Falleció poco después en la casa del hidalgo español Joaquín de Mier, en San Pedro Alejandrino.


FUENTE: ABCeshistoria.com

sábado, 28 de julio de 2018

El mito de José de San Martín, el soldado «andaluz» que apuñaló al Imperio español en América

Su experiencia militar en la península, donde combatió a los franceses durante la Guerra de Independencia, le legitimó para dirigir a los rebeldes contra el último bastión de España en Sudamérica, el Virreinato del Perú.
Las guerras de independencia en América las hicieron los descendientes de españoles, los criollos, que representaban en torno al 10 y 15% de la población. No los mestizos ni los indígenas, mayoría en el continente. Ellos se limitaron a derramar su sangre por ambos bandos. Los libertadores como José de San Martín descendían de la clase gobernante (su padre fue teniente de gobernador) y aspiraban a heredar los privilegios que acaparaban los peninsulares. La mayor parte de los criollos eran terratenientes y comerciantes, pero estaban apartados de los puestos de poder. El mismo perro pero con distinto collar, diría el refranero popular.

San Martín proclama la independencia del Perú en 1821., por Juan Lepiani
Un niño militar que se hizo libertador
José de San Martín nació en Yapeyú, hoy Argentina, el 25 de febrero de 1778, en el seno de una familia de tradición militar. El padre, un hidalgo español de clase media, ejerció como capitán y ayudante mayor de la Asamblea de Infantería de Buenos Aires hasta que, en 1774, fue nombrado teniente de gobernador del departamento de Yapeyú, una misión jesuítica a orillas del río Uruguay huérfana de poder tras la expulsión de la orden. Asimismo, la madre del libertador también era española y de familia destacada, Gregoria Matorras del Ser, prima hermana del gobernador y capitán general del Tucumán.
Precisamente dos de los cinco hijos del matrimonio, entre ellos José, nacieron estando destinado como teniente allí. Sus primeros compañeros de juegos fueron indios guaraníes. Si bien, el matrimonio se desplazó a España en abril de 1784, donde José iba a tomar contacto con el Ejército español que tanto amaba su padre.

El criollo comenzó sus estudios en el Real Seminario de Nobles de Madrid, un lugar de formación para los hijos de los nobles y los militares, aunque otras fuentes descartan que pasara por esta escuela de élite. Para entrar era necesario «constar ser hijosdalgo notorios según las leyes de Castilla, limpios de sangre y de oficios mecánicos por ambas líneas». De lo que no cabe duda es que el 21 de julio de 1789, a los once años de edad, José de San Martín comenzó su carrera militar como cadete en el Regimiento Murcia, a donde entró alegando ser hijo de un capitán. Su trayectoria militar se inició en los combates contra los moros en Melilla y Orán.
Cuando todavía era un joven soldado imberbe fue agregado a la batería de artillería del Capitán Luis Daoiz, más adelante uno de los héroes del Dos de Mayo en Madrid. Antes de la Guerra de Independencia, el joven criollo había luchado ya contra los franceses en los Pirineos y contra los portugueses en la Guerra de las Naranjas (1802). En una misión de reclutamiento fue herido gravemente por unos maleantes que intentaron quitarle una maleta con tres mil reales de vellón, importe de la milicia.
Todo ello sin olvidar su paso por la fragata Santa Dorotea, que formó escuadra en el Mediterráneo contra los corsarios berberiscos. Durante este periodo naval conoció en Tolón a Napoleón, al ser enviado en representación de «La Dorotea». El hecho de que el emperador le saludara influyó en la admiración que San Martín profesó siempre al corso como genio de la guerra.
En 1804, su ascenso a Capitán Segundo con 27 años, le obligó a cambiar de unidad. En el batallón de «Voluntarios de Campo Mayor», que se encontraba en Cádiz, conoció al general Francisco María Solano Ortiz de Rosas, Marqués del Socorro. Ambos eran americanos. Solano, hombre de ideas liberales, acogió con afecto y simpatía a su joven compatriota al que ayudó y aconsejó desde la experiencia. Y ambos compartían una visión pesimista sobre el futuro de España y su gobierno en los territorios americanos. Ambos notaban que la Madre patria se tambaleaba sobre sus pies.

La Rendición de Bailén- Museo del Prado
En medio de la invasión napoleónica, Solano murió durante un levantamiento popular contra la sede del Gobierno al ser acusado de connivencia con los franceses. San Martín, hombre de orden, intentó defender a su amigo y superior del tumulto, lo cual casi le cuesta también la vida. El desorden, fuera del color que fuera, desagradaba al riguroso criollo.
Los desastres que trajo la invasión francesa habrían de desviar la carrera militar de San Martín. La Junta Central de Gobierno, establecida contra el gobierno napoleónico, ascendió al criollo al cargo de Capitán primero en el regimiento del general Castaños, «la Caballería de Borbón». En esta unidad participó en la batalla de Bailén, el 19 de julio de 1808. La primera derrota importante de las tropas de Napoleón se tradujo para San Martín en un ascenso a teniente coronel de caballería el 11 de agosto de 1808.
También participó en la batalla de La Albuera, la brocha de oro a una trayectoria de dos décadas al servicio del Ejército español, a las órdenes del general inglés William Carr Beresford. Precisamente el carácter multinacional de las fuerzas antinapoleónicas le puso en contacto con los círculos liberales y revolucionarios británicos que tanto contribuirían a la independencia americana. Su larga estancia en Cádiz afianzó durante años esa mentalidad liberal.

La extraña salida del Ejército español
Los conatos de revolución que se produjeron en Caracas y Buenos Aires en 1810 le convencieron –o eso dicen sus biógrafos más permeables al mito– de que debía acudir a su tierra natal cuanto antes a tomar partido por los suyos. A decir verdad, el oficial español no tenía nada de americano, salvo el lugar de nacimiento. Los suyos eran los miembros del Ejército español. Había pasado su vida fuera del continente, su aspecto físico era europeo y su acento era marcadamente andaluz.
José de San Martín pidió la baja de las instituciones armadas españolas para atender «asuntos familiares en Lima», lo cual era mentira, y se convenció definitivamente de en qué bando quería estar cuando el inminente derrumbamiento del Imperio español los pillara a todos debajo. Él suyo era más bien un ensoñamiento liberal por encima de uno independentista.
Los criollos se organizaban. El 12 de septiembre de 1812 se casó en Buenos Aires con María de los Remedios Escalada, la hija adolescente de una poderosa familia de la aristocracia americana. Su familia era rica, prestigiosa y partidaria de la rebelión, lo que supuso un salto económico para José de San Martín, cuya única fortuna era la que había logrado acumular durante su carrera al servicio del Imperio español. De hecho, la familia de su mujer le llamaban «el soldadote» y a veces «el andaluz», porque tocaba la guitarra y hablaba al modo de aquella tierra.
En 1813, el andaluz se incorporó al ejército rebelde a la cabeza de un cuerpo de combate de élite, los Granaderos a Caballo, que se dio a conocer en su victoria en San Lorenzo, evitando el desembarco de un ejército realista. Sin duda, el talento y experiencia militar de alguien como San Martín iban a ser cruciales para derribar el último bastión del Imperio español en Sudamérica: la tierra sembrada por Pizarro.

El combate de San Lorenzo, de Julio Fernánez Villanueva- Instituto Nacional Sanmartiniano
Si bien en los virreinatos de Nueva Granada y de Río de la Plata los procesos independentistas tuvieron un éxito instantáneo, no ocurrió igual con el Virreinato del Perú, en otro tiempo la pieza clave del poder hispánico. La mayor presencia de peninsulares que en otros territorios, la escasa implantación del espíritu independentista y la capacidad de mando del virrey José de Abascal convirtió el lugar en una roca en el camino de los rebeldes. Con un ejército de unos 42.000 hombres, Abascal aplastó todo conato de rebelión tanto en Perú, Quito, el Alto Perú y la capitanía general de Chile. Para vencerle sería necesaria la acción conjunta de Bolívar y San Martín, así como el ingenio militar del veterano de Bailén.
El soldado «andaluz» aplicó sus conocimientos militar en zonas montañosas para orquestar un ataque sorpresa a Chile, y desde allí por mar al Bajo Perú. Esta campaña dio lugar el 12 de octubre de 1818 a la batalla de Chacabuco, que despejó el camino para llegar a Santiago de Chile tres días después. Aquella acción magistral, que le obligó a atravesar con su ejército los Andes, hizo que sus compañeros de armas e incluso rivales encendieran las comparaciones de San Martín con Napoleón y Aníbal. Porque a decir verdad San Martín fue un rival justo y nunca se mostró sanguinario con los españoles como sí parece que hizo Bolívar. Sus enemigos así se lo reconocieron.

¡O Bolívar o nada!
La cadena de victorias de San Martín llevaron al gobierno liberal establecido durante el Trienio Liberal en España a negociar una paz con los rebeldes hispanoamericanos. Sin embargo, al romperse las conversaciones, el libertador reanudó la lucha armada y ocupó Lima el 6 de julio de 1821 con el título de Protector. Expulsó a miles de españoles notoriamente contrarios a la independencia y confiscó sus bienes.
A nivel político estableció la libertad de comercio y la libertad de imprenta, pero no permitió otro culto religioso que el católico. El Libertador esperaba durante su protectorado poder completar la independencia del territorio nacional y preparar el camino para la instauración de un régimen monárquico constitucional, lo que ha llevado a algunos a sostener que el gobierno de San Martín fue una dictadura.
El tipo de Estado que debía instaurarse en el Perú generó una brecha entre los partidarios de una monarquía y los de una república. Para los monárquicos como San Martín, la república no era la forma de gobierno más conveniente para el Perú debido a la gran extensión de su territorio y a la poca educación de las masas del país. Él mejor que nadie sabía lo salvaje que podía ser un pueblo en caso de anarquía, y es por eso que pretendía para Perú un reino dirigido preferentemente por un Príncipe europeo, Infante de Castilla a poder ser. Una vieja idea que los propios Borbones habían sopesado en el pasado: una suerte de reinos hispánicos dirigidos por los miembros de la dinastía.
No en vano, la forma de gobierno del Perú y del resto de los nuevos estados que estaban surgiendo fue uno de los temas tratados por San Martín y Simón Bolívar, el gran líder de la Corriente Libertadora del Norte, durante su reunión en Guayaquil del 26 de julio de 1822. En esta reunión Bolívar no quedó muy convencido de que San Martín fuera partidario de una república democrática. José Acedo Castilla considera en su estudio «La actuación política del general» que San Martín creía que «llevar al Gobierno a los más incultos y darles preponderancia, era un desastre político».
El propio Bolívar sostenía que el libertador del Perú «no creía en la democracia, estando convencido de que aquellos países no podían ser regidos más que por Gobiernos vigorosos, que impusieran el cumplimiento de la Ley, ya que cuando los hombres no la obedecen voluntariamente, no queda más arbitrio que la fuerza». En definitiva, San Martín fue un producto de las ideas liberales de su tiempo: un liberal constitucionalista, que concebía el Gobierno en manos fuertes y limpias y «no entregado a la ignorancia, la envidia, el rencor y los deseos de lucro de ciertas gentes». La educación debía venir antes que la democracia.
Cuando San Martín le ofreció el liderazgo de la campaña libertadora en el Perú, Bolívar le dio a entender que solo lo aceptaría si él se retiraba del Perú. ¡O Bolívar o nada!

Un exilio voluntario y nostalgia de España
A su regreso a Lima, San Martín tuvo claro que debía dejar el camino libre a Bolívar. Su tiempo como libertador, ahora que su faceta militar no se necesitaba, llegaba a su fin. Este plan se aceleró cuando a su vuelta supo que los limeños habían capturado y expulsado a Bernardo Monteagudo, su mano derecha en el gobierno y otro defensor de la monarquía. A duras penas el argentino logró reunir al Primer Congreso Constituyente, que desde el comienzo estuvo controlado por los liberales republicanos. El mismo día de su instalación (20 de setiembre de 1822) San Martín presentó su renuncia irrevocable a todos los cargos públicos que ejercía.
Con los españoles todavía controlando algunas provincias, Perú necesitaba las tropas de Bolívar si quería llevar a puerto el proceso de independencia. Sus palabras de despedida tuvieron ese aire trágico tan característico de los héroes traicionados: «La presencia de un militar afortunado, por más desprendimiento que tenga es temible a los Estados que de nuevo se constituyen. Por otra parte, ya estoy aburrido de oír que quiero hacerme soberano. Sin embargo, siempre estaré pronto a hacer el último sacrificio por la libertad del país, pero en clase de simple particular y no más».

Entrevista de Guayaquil entre José de San Martín y Simón Bolívar.
De Perú pidió permiso para reencontrarse en Buenos Aires con su esposa, que estaba gravemente enferma. Pero al tardar tanto en llegar, entre retrasos auspiciados por sus enemigos, su mujer ya había fallecido el 3 de agosto de 1823. A principios del siguiente año partió hacia el puerto de El Havre (Francia). Tenía 45 años y a su espalda dejaba sus cargos de generalísimo del Perú, capitán general de la República de Chile y general de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Visitó de forma breve Inglaterra, Italia y otros países europeos hasta establecerse definitivamente en Francia, donde viviría hasta su muerte en 1850. En su largo exilio europeo, San Martín recordó con nostalgia su tiempo vivido en España y esquivó los apuros económicos solo por la asistencia de un amigo suyo acaudalado, el español Alejandro Aguado.
En el año 1828 amagó con volver a América, e incluso se embarcó con este propósito, pero prefirió en última instancia quedarse al margen de las luchas intestinas que sucedieron el poder español en el continente. Buenos Aires se consumía durante una guerra civil en la que él estaba prevenido de no meterse. No fue hasta 1880 cuando sus restos pudieron ser repatriados y trasladados a la República de Argentina. Ahora sí, el mito estaba lo bastante maduro.

FUENTE:http://www.abc.es/historia/

viernes, 9 de diciembre de 2016

-Batalla de Ayacucho-

El 9 de diciembre de 1824 las tropas dirigidas por el general Antonio José de Sucre derrotaron al ejército realista en la batalla de Ayacucho. Para los historiadores fue la batalla decisiva de la liberación latinoamericana. Después de Ayacucho hubo algunas pequeñas refriegas y en una de ellas -el combate de Tumusla en territorio de Bolivia- fue muerto el general realista Pedro Antonio Olañeta, el jefe del último foco de resistencia monárquica. Olañeta fue ejecutado por uno de sus oficiales porque, precisamente, después de Ayacucho, los soldados y oficiales realistas empezaron a desertar de una causa que había perdido objetivos y destino. Ayacucho entonces fue la batalla que puso punto final a la resistencia de los ejércitos realistas a los procesos de liberación iniciados en 1810 en diferentes puntos del dominio hispanoamericano.
A esta batalla ambos ejércitos llegaron en el límite de sus fuerzas. Los criollos habían sufrido derrotas y rebeliones internas que prefiguraban nuevas borrascas hacia el futuro; los realistas, por su parte, proyectaron en estas tierras las disensiones políticas de la península y el testimonio de esas discordias se expresaba en los recientes enfrentamientos armados entre las tropas liberales del virrey José de la Serna y las dirigidas por general absolutista Pedro Antonio Olañeta.

Capitulación de Ayacucho
La batalla de Ayacucho se inició alrededor de las once de la mañana y antes de las dos de la tarde los realistas estaban derrotados y su jefe máximo detenido y gravemente herido. La batalla no tuvo un resultado prefigurado de antemano. Los ejércitos estaban dirigidos por generales lúcidos y valientes, aunque es probable que los realistas, como consecuencia de sus recientes guerras internas, hayan asistido al combate algo más debilitados.
Conviene recordar, al respecto, que así como en 1820 la causa americana se favorece gracias a la rebelión de signo liberal que en España protagoniza el general Rafael de Riego, en 1824 el escenario internacional vuelve a complicarse cuando Fernando VII derrota y ejecuta a Riego gracias al apoyo e intervención de los ejércitos de la Santa Alianza. Como en 1814, este rey canalla y miserable que fue Fernando VII, instala la monarquía absoluta, deroga la constitución liberal de Cádiz y pasa por las armas a todos los disidentes liberales. Este combate entre liberales y absolutistas es el que se libra en Perú y el Alto Perú entre las tropas españolas, conflicto al que debemos estar agradecidos porque la victoria criolla pudo darse gracias a esta fractura.
El héroe de Ayacucho fue el general Sucre. Para los entendidos en estrategia militar, se estima que el plan de batalla elaborado por este bravo militar fue una obra de arte, un armonioso y sincronizado despliegue de las alas derecha e izquierda y una ofensiva en el centro que despedazó a las tropas españolas. Sucre aún no había cumplido los treinta años. Entre sus antecedentes se registraba la victoria de Pichincha, su participación en innumerables combates en Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú y su adhesión leal al liderazgo de Simón Bolívar. Después de Ayacucho, Sucre fue el forjador de Bolivia y uno de los jefes militares que con más entusiasmo defendió un proyecto político de largo alcance territorial. Ninguno de estos méritos impidió que el 4 de junio de 1830 fuera asesinado en una emboscada tendida por sus enemigos en el marco de las feroces guerras civiles desencadenadas luego de la derrota de los realistas.
La batalla de Ayacucho concluyó con un acuerdo firmado en el mismo campo de batalla por los jefes españoles y el general Sucre y su estado mayor. Allí los realistas dieron por concluida la guerra, por su parte Perú se comprometía a pagar los servicios prestados por los otros países en la gesta liberadora y los vencedores se hacían cargo de respetar la integridad física y moral de los soldados y oficiales derrotados.
Años después, algunos historiadores han dicho que la batalla de Ayacucho estuvo precedida de un acuerdo de la masonería consistente en fingir un enfrentamiento armado con un resultado acordado de antemano. Se suponía que los liberales españoles liderados por José de la Serna tenían más puntos en común con los patriotas que con sus paisanos absolutistas seguidores de Fernando VII y simpatizantes de las ejecuciones que el rey perpetraba en España. Esta hipótesis no está comprobada, pero circula en ciertos ambientes como si fuera moneda legal.
Quienes la han refutado con entusiasmo han sido los propios oficiales españoles cuando regresaron a Europa y se les reprochó esta falta. No era para menos. En Ayacucho murieron alrededor de dos mil soldados, muchos americanos, pero también españoles, por lo que se hace poco creíble que se haya montado un simulacro de batalla con semejantes costos humanos.
Batalla de Ayacucho- Pampa de la Quinua
Mucho más interesante y macabro fue la suerte corrida por los oficiales americanos que participaron en Ayacucho. Sucre -decíamos- fue asesinado en una emboscada y su cuerpo quedó a merced de las alimañas durante días. Hasta el día de hoy no se sabe con exactitud la causa y los autores reales de su muerte. El héroe de Ayacucho, el general José María Córdova, el hombre cuyas inspiradas decisiones en el campo de batalla garantizaron la victoria, fue asesinado en 1829 en las cercanías de Bogotá por un oficial inglés. El general Agustín Gamarra, jefe del estado mayor, fue otro de los militares consumidos en la hoguera de las guerras civiles y las intrigas políticas. Gamarra pereció en combate en territorio boliviano en 1841, después de intentar una vez más anexar Bolivia al Perú.
El general Simón Bolívar murió en 1830, solo, deprimido y agobiado por las enfermedades y las culpas. Una de sus ultimas reflexiones al respecto fue “He sido víctima de mis perseguidores que me han conducido a las puertas del sepulcro”. Por último, el general José Francisco de San Martín para 1824 ya hacía unos cuantos meses que estaba en Europa, exilio que se prolongará durante más de veinticinco años, es decir, hasta su muerte.
Capítulo aparte merece el general inglés Guillermo Miller, soldado de cientos de combates en Europa y América, en 1817 se suma al Ejército de los Andes dirigido por San Martín y, luego de su desempeño heroico en Cancha Rayada, es designado edecán del general. A partir de allí se inicia entre ambos una amistad perdurable que se expresará luego a través de la correspondencia y quedará registrada en el libro de Memorias que años después escribirá Miller en Inglaterra. Miller no muere joven, ni en el campo de batalla. Tampoco es ejecutado. Pero de alguna manera es también una víctima de las guerras civiles. Cuando regresa a América, luego de una estancia en el Viejo Mundo, concluye enredado en ese infierno de intrigas que eran Bolivia y Perú y, como consecuencia de ello, es degradado y su nombre desaparece de todos los archivos oficiales.
Miller murió en 1861 pobre y olvidado. Presintiendo la hora de la muerte exigió morir en un barco británico. Cuando luego le hicieron la autopsia, descubrieron que en su cuerpo había dos balas “ganadas” en algunas de las innumerables batallas que lo tuvieron como protagonista en un tiempo en que los militares encabezaban las cargas de caballería y los combates cuerpo a cuerpo. Como Napoleón, el general Miller se jactaba del número de caballos que sintió morir bajo sus piernas mientras cabalgaba en el campo de batalla.
El ejército de Sucre en Ayacucho estuvo integrado por soldados y oficiales de diversos lugares de América y Europa. Algo parecido podría decirse de las tropas de José de la Serna. En el caso de los criollos, habría que destacar la participación de nuestros granaderos a caballo, cuyo arrojo en el combate ya había sido ponderado por Bolívar y Sucre en Junín. Los “granaderos a caballo” se alinearon bajo las órdenes del general francés Alejo Bruix, pero en términos prácticos quien los dirigió fue el oficial José Félix Bogado, el mismo que luego de Ayacucho regresará un año y medio más tarde a Buenos Aires al frente de alrededor de cien granaderos, algunos de los cuales habían combatido desde el bautismo de fuego de San Lorenzo hasta Ayacucho, sin faltar a ninguna cita donde estuviera en juego el destino de la causa emancipadora.
Los granaderos arribaron a Buenos Aires en febrero de 1826, pero allí no los esperaba nadie y nadie estaba dispuesto a rendirles homenajes u honores a quienes llegaban después de haber combatido durante trece años y participado en más de cien combates defendiendo la causa de la emancipación americana como se los había enseñado San Martín. Pero esa ya es otra historia.

FUENTE: Ellitoral.com

domingo, 21 de febrero de 2016

Bolívar y San Martín diseñaron un país sobre las bases de la marginación del indígena

Mark Thurner, historiador americano, investigó los orígenes del Perú bicentenario. Bolívar y San Martín en su visión republicana excluyeron y subestimaron al indio en la formación de un país que sigue discriminándolos.
El sujeto nombrado “indígena” entra en el escenario peruano con los Borbones. Se trata de un esfuerzo por desplazar al sujeto “indio” de las Leyes Indias de los Austrias, por medio de un proyecto fiscal afrancesado y modernizante, que busca redefinirlo como contribuyente y ya no como tributario. Entre las décadas del 1790-1810, tanto “indios” como “indígenas”, aparecen en los registros oficiales. A partir de las Cortes de Cádiz, “La Nación Yndica” es abolida, y todo “indio” o “indígena” es ahora un “español”. Sin embargo, los documentos de la época sugieren que la mayoría de los indios en el Perú habrían preferido ser nombrados –por el Estado- “indios tributarios”, para así mantener acceso a sus tierras y otros privilegios. En 1821, San Martín declara que los “indios o naturales” serían nombrados “peruanos”. Luego, Bolívar reintroduce el nombre borbónico de “indígena” –sobre todo por razones fiscales y políticos-, para así desplazar al “peruano”, declarado por San Martín. Esto se debe a que Bolívar considera a los indios como seres infantilizados, incapaces de gobernarse a sí mismos. Según él, los indios requieren de una legislación tutelar de protección como “indígenas”. Para Bolívar, el “indio” es el buen salvaje venido a menos. En resumen, “indígena” es una noción colonialista afrancesado, luego bolivariana y, finalmente, naturalista o indigenista.



El predicamento postcolonial criollo
Las repúblicas iberoamericanas no fueron un derivado político de las luchas de una clase media contra las clases dominante aristocrática. En lugar de ello, fueron estados creados desde arriba por las elites terratenientes coloniales que buscaron liberarse de una metrópoli decadente, cuyos representantes seguían monopolizando los privilegios políticos y económicos en las colonias. Pero las descontentas elites criollas fueron al mismo tiempo acicateadas hacia la independencia “por el temor a las movilizaciones de la ‘clase baja’, a saber, los levantamientos de los indios o los esclavos negros”. En suma, “la contradicción perenne de la posición (criolla) era estar siempre cogido entre la autoridad intrusa de la metrópoli europea y el descontento explosivo de las masas nativas”.

Las fisuras de la nación criolla
Para Bolívar y su republicanismo bonapartista con el que él traficaba, “América no tenía ninguna historia útil”, ya fuera europea o india, colonial o precolonial. Sucedía que ella estaba de un lado “separada tanto cultural como geográficamente de Europa”, y “habitada por pueblos cuya herencia cultural había sido obliterada por la conquista” del otro.
Para Bolívar, “ningún indio podía ser el portador de un pasado significativo o el dirigente espiritual de un futuro republicano, no importa cuán ficticio”. Bolívar en general pensaba en lo indios, cuando lo hacía, como una masa esencialmente dócil y no politizable que “sólo desea el descanso y la soledad”. Bolívar parece haber visto lo que quedaba de la nobleza india del Perú con un desprecio similar. Ella había sido cómplice del “despótico” dominio hispano.

El predicamento andino postcolonial
¿Pero cómo podría lo “peruano” ser leído por la mayoría “india”? El análisis del discurso político-legal revela traducciones subalternas no anticipadas del discurso nacionalista criollo. En Huaylas, “ex-indios” o “peruanos” interpretarían el proyecto nacional republicano en formas que San Martín y la elite criolla peruana no se habrían imaginado.
El proyecto criollo de construcción ciudadana que rebautizó a los “indios” como “peruanos”, lógicamente implicaba en teoría la negación o el desplazamiento de los distintos “derechos” o “privilegios” virreinales y el estatus derivado de la pertenencia a la república de indios, en favor del modelo civil unitario de la nacionalidad liberal en la República Peruana.

Entre la nacionalidad dual colonial y la unitaria postcolonial
En su decreto más célebre, San Martín declaró que todos los “indios” o “naturales” serían conocidos en adelante como “peruanos”. Pero al menos en la Huaylas postcolonial, su proclama parece haber sido tomada más literalmente y de forma más excluyente de lo que el Libertador había esperado. Allí, “peruanos” fue originalmente aplicado a los comuneros indios y no a la ciudadanía en general.

Tomado del libro: Republicanos Andinos 
Mark Thurner 
historiador americano.

sábado, 1 de agosto de 2015

Carlos Marx y su polémica con Simón Bolívar

por Carlos M. Ayala Corao 
Periodista boliviano, editor de El Heraldo

Karl Marx se refirió a Simón Bolívar como el "canalla más cobarde, brutal y miserable. Bolívar es el verdadero Soulouque", (carta de Marx a Engels de fecha 14-2-1858). En esa misma oportunidad, afirmó que Bolívar era un mito de la fantasía popular: "La fuerza creadora de los mitos, característica de la fantasía popular, en todas las épocas ha probado su eficacia inventando grandes hombres. El ejemplo más notable de este tipo es, sin duda, el de Simón Bolívar". 
En días pasados, por mera casualidad nos topamos con un pequeño opúsculo titulado Simón Bolívar, cuyo autor es Karl Marx, publicado por Ediciones Sequitur, Madrid, 2001. Confieso la impresión que nos llevamos al constatar la existencia de esta obra la cual ignoraba, como creo que es el caso de muchos venezolanos. 
La verdad es que con sus distancias geográficas y su diferencia de edades (Bolívar nacido en Caracas en 1783 y Marx en Tréveris en 1818), nada nos podía hacer suponer que alguno de ellos sería objeto de atención por el otro. Pero la coincidencia ocurrió cuando en 1857, Charles Dana, director del New York Daily Tribune, solicitó a Marx y a Engels un grupo de biografías para incorporarlo en la New American Cyclopaedia. 
Es el propio Marx quien en la referida carta a Engels, nos dio noticias de los reparos de Dana contra su artículo sobre Bolívar, porque estaba escrito en un tono prejuiciado y, además, le había exigido más fuentes. A Dana, no le faltó razón para rechazar el artículo de Marx, pues como incluso lo reconoció este último, ciertamente se salía del tono enciclopédico. 
Marx comienza su artículo refiriéndose a Bolívar como un descendiente de familias mantuanas, que en la época de la dominación española constituían la nobleza criolla en Venezuela. Luego, Marx continúa su relato emitiendo una serie de afirmaciones y conceptos ciertamente prejuiciados, inexactos o deformados sobre la vida del Libertador. En este sentido afirma que el Libertador rehusó adherirse a la revolución que estalló en Caracas el 19 de abril de 1810, a pesar de las instancias de su primo José Félix Ribas. En cuanto a la misión de Bolívar a Londres en 1811 (junto con Bello y López Méndez), Marx afirma que ésta se redujo a la autorización para exportar armas, teniendo que abonarlas de contado y pagar fuertes derechos.  La pérdida de la plaza de Puerto Cabello en la Primera República, Marx la describe como una huida cobarde y a escondidas de Bolívar para ocultarse en San Mateo y con posterioridad participar, personalmente, en el asalto y detención de Miranda en La Guaira, traicionándolo de esta forma al entregarlo engrillado al general español Monteverde -quien lo envió a Cádiz donde luego moriría-. Esta traición la reseña Marx como debidamente recompensada con la expedición del pasaporte español a Bolívar, en reconocimiento por su 'servicio prestado al Rey de España con la entrega de Miranda'. 

SIMÓN BOLÍVAR
Marx describe la victoria en la toma de Santa Marta en 1814 como una hazaña en la cual, a pesar de que la ciudad ya había capitulado, Bolívar le permitió a sus soldados que la saquearan durante cuarenta y ocho horas. La retirada a Jamaica en 1815 es descrita como una huida de Bolívar durante ocho largos meses, mientras los generales patriotas ofrecían su tenaz resistencia en Venezuela; y la Carta de Jamaica es una defensa de Bolívar ante su fuga de los españoles, en la cual pretendió presentar su renuncia al mando supuestamente en aras de la paz pública. Marx describe otra huida cobarde de Bolívar en 1816 frente a una diminuta fuerza del general Morales en Valencia, que lo llevó a retroceder a rienda suelta hasta Ocumare (de la Costa) para saltar y embarcarse a bordo del Diana rumbo a Bonaire, 'dejando a todos sus compañeros privados del menor auxilio'. De allí _relata el autor_ que Piar haya amenazado a Bolívar con someterlo a un consejo de guerra por deserción y cobardía. Piar es para Marx el héroe singular de la conquista de Guayana que le da un vuelco favorable a la guerra de Independencia. Bolívar es el dictador traidor y cobarde que (de nuevo) abandona a Arismendi en 1817 en Margarita en manos de los españoles, y luego a Freites en la Casa de la Misericordia en Barcelona, donde éste muere en batalla. Frente a ello, Piar no escatimaba sarcasmos contra Bolívar como el 'Napoleón de las retiradas'. Pero bajo 'falsas imputaciones' de haber conspirado contra los blancos, atentado contra la vida de Bolívar y aspirado al poder supremo, es que Piar es fusilado en Angostura. 
La conquista de Nueva Granada no se le debe a Bolívar y a las tropas patriotas, sino a 'las tropas extranjeras, compuestas fundamentalmente por ingleses'. Por ello -anota Marx- tras dejar en funciones al Congreso granadino y al general Santander como comandante, Bolívar marchó a Pamplona, 'donde pasó más de dos meses en festejos y saraos'. 
A la cobardía de Bolívar en Calabozo en 1819, al no haber decidido avanzar sobre las tropas inferiores en número de Morillo, se debe la prolongación de la guerra por cinco años más; y la tregua del Convenio de Trujillo en 1820 con Morillo fue hecha 'a espaldas del Congreso de Colombia'. 
En cuanto a la Batalla de Carabobo (1821), Marx relata que a Bolívar le pareció tan imponente la posición del enemigo, 'que propuso a su consejo de guerra la concertación de una nueva tregua, idea que, sin embargo, rechazaron sus subalternos'. Los éxitos de la campaña de Quito (1822) 'se debieron a los oficiales británicos'. Y en Bolivia, 'sometida a las bayonetas de Sucre', Bolívar 'dio curso libre a sus tendencias de despotismo'. 

El Congreso de Panamá (1826) 
Fue convocado por Bolívar con la intención real de unificar América del Sur en una república federal, cuyo dictador quería ser él mismo. Los diversos mandatos de Bolívar al frente de la Gran Colombia fueron planeados por él para satisfacer sus apetencias de poderes dictatoriales. 
Finalmente en 1830 Bolívar pretendía invadir a Venezuela desde Colombia para someterla, pero se asustó frente al ejército de Páez, y se vio entonces obligado a presentar su dimisión, a condición de que se retirara al extranjero favorecido con una pensión anual. 
En la descripción personal de Bolívar que Marx cita de Docoudary-Holstein, se lee entre otras perlas lo siguiente: 
"Tiene frecuentes y súbitos arrebatos de ira, y entonces se pone como loco, se arroja en la hamaca y se desata en improperios y maldiciones contra cuantos lo rodean. Le gusta proferir sarcasmos contra los ausentes, no lee más que literatura francesa de carácter liviano ... Le agrada oírse hablar, y pronunciar brindis le deleita". 

Este texto de Marx, suerte de 'leyenda negra' de nuestro Libertador Simón Bolívar, fue descubierto en 1935 por Aníbal Ponce en los archivos del Instituto Marx-Engels-Lenin de Moscú, y tras ser traducido, fue publicado por primera vez en castellano en la revista Dialéctica de Buenos Aires en 1936. 
No podemos menos que expresar que resulta insólito un texto histórico tan prejuiciado como el escrito por Marx sobre Bolívar. Posiblemente en ello influyó sobre Marx la noción hegeliana de los 'pueblos sin historia'. Pero aun así, ello pone de relieve los errores de mezclar la ideología con la historia. 
Lo curioso es que esta visión del proceso revolucionario de la independencia latinoamericana haya sido compartida por marxistas acríticos de tendencia historiográfica soviética, prácticamente hasta 1959, cuando en la segunda edición en ruso de las obras de Marx y Engels se incluyó por primera vez una severa crítica de las posiciones sostenidas en el artículo de Marx sobre Bolívar.entonces, que aprendamos la historia de los historiadores y viceversa, para no cometer sus propios errores.

viernes, 31 de julio de 2015

¿Por qué Carlos Marx repudió a Simón Bolívar?

Por Wilson García Mérida

Simón Bolívar es criticado por Carlos Marx
Las devastadoras opiniones con que Carlos Marx estigmatiza las pulsiones autoritarias de Simón Bolívar constituyen hoy un colosal problema teórico y político para el movimiento marxista internacional que, paradójicamente, en Latinoamérica tiende a expresarse bajo la forma de una corriente anti-imperialista bolivariana.
Charles Daña, director del “New York Daily Tribune”, le reclamaba a Carlos Marx por el “tono prejuicioso” con que el padre del materialismo histórico había escrito un ensayo biográfico sobre Simón Bolívar que, a pedido de Daña, fue redactado para el tomo III del “New American Cyclopaedia”, el cual circuló en enero de 1858, casi tres décadas después de la muerte del Libertador
En una carta fechada en Londres el 14 de febrero de 1858, Marx le escribió a Federico Engels comentando los reclamos de Daña y decía: "En lo que toca al estilo prejuiciado, ciertamente me he salido algo del tono enciclopédico. Pero hubiera sido pasarse de la raya querer presentar como Napoleón I al canalla más cobarde, brutal y miserable. Bolívar es el verdadero Soulouque". 
La sola comparación con el emperador negro Soululouque, el dictador de Haití que surgió de entre los esclavos para cometer fechorías contra su propia gente, pone a Bolívar, desde la mira de Marx, en la posición de un dictadorzuelo oportunista y demagogo que había aprendido con ventajas las mañas de la "viveza criolla" americana. 

Aunque omite el hecho de que Bolívar colaboró con Petion para la liberación de los esclavos de Haití a cambio de armamento británico, Marx logra demostrar —para profundo pesar de los adoradores del Libertador— que las campañas castrenses emprendidas por Bolívar durante la Guerra de la Independencia fueron nada más un alarde de mediocridad estratégica financiada por capitalistas ingleses y por la propia corona británica en pos de dominar el vasto mercado americano que se dislocaba del decadente dominio español. 

¿Un "español americano"?
Marx desmitifica con ruda acuciosidad el aura de genio militar que rodea a Bolívar y lo expone como un general calculador y cobarde al punto de calificarlo como "el Napoleón de las Retiradas" en alusión a recurrentes episodios donde Bolívar huye en plena batalla abandonando a sus soldados, como sucedió en agosto de 1814 durante un combate contra las tropas del realista Boves. Y por si fuera poco, Marx le endilga a Bolívar el título de traidor, acusándole de haber participado en la entrega del independentista Francisco Miranda al tirano español Monteverde. 
De hecho, el caraqueño había iniciado su carrera militar —como buen hijo de colonos españoles de alta alcurnia— en las filas del ejército realista. A sus 16 años fue nombrado por el rey de España subteniente de la Sexta Compañía del Batallón de Milicias de Blancos de los Valles de Aragua; es decir comenzó su carrera hacia el poder sirviendo a la Corona, como una mayoría de aristócratas y criollos que luego encabezaron el proceso independentista apoyados por los propios europeos enemigos del corrupto monarca español Fernando VII. 

SIMÓN BOLÍVAR
Durante la ruptura con España, atenido al omnímodo poder que le habían conferido las sofisticadas armas inglesas, el dinero de la corona británica y los caudales aportados por las elites de "españoles americanos" que se enfrentaban a los "españoles europeos" (términos usados por el propio Bolívar en varios de sus escritos), el aristócrata Libertador erigió su soberbia y casi divina figura sobre los despojos de los genuinos luchadores populares por la Independencia, indígenas y negros, llegando a incomodarse sin disimulo ante la emergencia de líderes plebeyos como el dirigente mulato Manuel Carlos Piar, prócer de la liberación venezolana, a quien Bolívar mandó fusilar, según Marx, "bajo las falsas imputaciones de haber conspirado contra los blancos, atentando contra la vida de Bolívar y aspirando al poder supremo". 
Marcos Roitman Rosenmann y Sara Martínez Cuadrado, en el epílogo de la última edición española (Sequitur, Madrid, 2001) del ensayo que Aníbal Ponce tradujo en 1936 para su revista "Dialéctica", aseguran que "no hay uno sólo de los hechos que Marx relata que no hayan sido admitidos por los propios historiadores amigos de Bolívar". 

Pueblos sin historia
Las devastadoras opiniones con que Marx estigmatiza las pulsiones autoritarias de Bolívar constituyen hoy un colosal problema teórico y político para el movimiento marxista internacional que, paradójicamente, en Latinoamérica tiende a expresarse bajo la forma de un movimiento anti-imperialista "bolivariano". 
Marx odiaba a Bolívar sin tapujos. Lo odiaba por su origen de clase, por su condición de aristócrata, más que criollo, codicioso de la fama y el poder. Un "pequeño burgués" disoluto y procaz que "tras dejar en funciones al congreso granadino y al general Santander como comandante en jefe… marchó hacia Pamplona, donde pasó más de dos meses en festejos y saraos (...), con un tesoro de unos 2.000.000 de dólares, obtenidos de los habitantes de Nueva Granada mediante contribuciones forzosas, y disponiendo de una fuerza de aproximadamente 9.000 hombres, un tercio de los cuales eran ingleses, irlandeses, hanoverianos y otros extranjeros bien disciplinados", escribió Marx.
José Aricó ha escrito un esclarecedor estudio sobre el mencionado texto explicando que "fue una evaluación política la que indujo a Marx a interpretar a Bolívar como autoritario y bonapartista y proyectar, como solía hacerlo, su hostilidad política al conjunto de las actividades y hasta a la propia personalidad del libertador, del que se burla encarnizadamente a lo largo de su extenso ensayo". 


Según Aricó, la solidez de la desoladora visión marxista del mito bolivariano se sustenta en uno de los conceptos teóricos fundamentales del socialismo científico para entender los problemas anticoloniales del tercer mundo: se trata del concepto de matriz hegeliana sobre los "pueblos sin historia", según el cual los procesos revolucionarios librados al azar de un mero imperativo positivista, sin la conciencia de una clase hegemónica capaz de imponer su propia racionalidad en el marco de la lucha de clases, devienen en procesos caóticos e irracionales "que permitieron a un personaje mediocre y grotesco representar el papel de héroe". Marx describe entonces los sucesos históricos protagonizados por Bolívar como una suma de casualidades y de hechos gratuitos o "positivos", es decir contingentes, por ejemplo, cuando Marx anota que como consecuencia de las sucesivas derrotas derivadas de la manifiesta incapacidad militar de Bolívar, "a una defección seguía la otra, y todo parecía encaminarse a un descalabro total. 


En ese momento extremadamente crítico, una conjunción de sucesos afortunados modificó nuevamente el curso de las cosas". Entre tales hechos fortuitos, fueron los de mayor peso aquellos que se relacionaban con la descomposición irreversible del régimen monárquico y colonial, pero sobre todo aquellos que tienen que ver con la capacidad política y militar que desarrollan especialmente los movimientos indígenas autónomos de los Andes —quechuas y aymaras— en la lucha por su propia emancipación, que señoritos como Bolívar capitalizarán en su beneficio particular aprovechando el sofisticado aparataje logístico y financiero que le brindan sus aliados británicos. 

El Código Boliviano
Para sorpresa nuestra, resulta que una de las críticas más duras de Marx contra Bolívar se relaciona con la naciente república de Bolivia y la forma odiosamente bonapartista (en términos marxistas) con que el Libertador diseñaba la estructura del naciente Estado boliviano. Como es sabido, Bolívar se desplazó a los Andes peruanos tras una exitosa campaña en Ecuador, dejando atrás antiguas rivalidades y animadversiones que sostenía con sus propios correligionarios venezolanos y colombianos. Al fundarse Bolivia, el Libertador redactó su famosa Constitución Vitalicia, conocida por Marx como el "Código Boliviano". 

En este fragmento medular encontramos acaso las únicas referencias sobre Bolivia en la vasta obra de Marx: 
"Durante las campañas contra los españoles en el Bajo y el Alto Perú (1823-1824) Bolívar ya no consideró necesario representar el papel de comandante en jefe, sino que delegó en el general Sucre la conducción de la cosa militar y restringió sus actividades a las entradas triunfales, los manifiestos y la proclamación de constituciones. Mediante su guardia de corps colombiana manipuló las decisiones del Congreso de Lima, que el 10 de febrero de 1823 le encomendó la dictadura; gracias a un nuevo simulacro de renuncia, Bolívar se aseguró la reelección como presidente de Colombia. Mientras tanto su posición se había fortalecido, en parte con el reconocimiento oficial del nuevo Estado por Inglaterra, en parte por la conquista de las provincias altoperuanas por Sucre, quién unificó a las últimas en una república independiente, la de Bolivia. En este país, sometido a las bayonetas de Sucre, Bolívar dio curso libre a sus tendencias al despotismo y proclamó el Código Boliviano, remedo del Code Napoleón. Proyectaba trasplantar ese código de Bolivia al Perú, y de éste a Colombia, y mantener a raya a los dos primeros estados por medio de tropas colombianas, y al último mediante la legión extranjera y soldados peruanos. Valiéndose de la violencia, pero también de la intriga, de hecho logró imponer, aunque tan sólo por unas pocas semanas, su código al Perú. Como presidente y libertador de Colombia, protector y dictador del Perú y padrino de Bolivia, había alcanzado la cúspide de su gloria.…". 

Sin embargo, se debe reconocer que la idea de una Presidencia Vitalicia para regir los destinos de la Confederación Sudamericana, que Bolívar intentaba construir a partir de la Constitución boliviana tan deplorada por Marx, no era tan mala idea. En el Discurso del Libertador al Congreso Constituyente de Bolivia, redactado en Lima el 25 de mayo de 1825, Simón Bolívar afirma que la figura de un Presidente Vitalicio —a quien define "como el Sol que, firme en su centro, da vida al Universo"— sería sometido a "los límites constitucionales más estrechos que se conocen" y estaría privado de "todas las influencias" delegando competencias a otras instancias del Estado, siendo el Vicepresidente principal ejecutivo y sucesor vitalicio. "Por esta providencia se evitan las elecciones" —decía Bolívar— "que producen el grande azote de las repúblicas, la anarquía, que es el lujo de la tiranía y el peligro más inmediato y más terrible de los gobiernos populares". No dejaba de haber una gran dosis de racionalidad en esas ideas de Bolívar, o al menos una intuición visionaria sobre un devenir latinoamericano, especialmente boliviano, donde la democracia representativa, partidocrática y "huayraleva" forma parte de una cultura de corrupción que ni Marx fue capaz de sospechar hace 147 años..

FUENTE:http://www.soberania.org/Articulos/articulo_1409.htm