viernes, 6 de diciembre de 2019

Paneles de piedra mayas con imágenes de jugadores de pelota

Un equipo de arqueólogos ha descubierto en el yacimiento arqueológico de Tipán Chen Uitz, ubicado en Belice, dos paneles de piedra de hace 1.300 años en el que aparecen representados antiguos mayas jugando con nueve pelotas de un palmo mientras portan unos impresionantes abanicos. Según los expertos, los paneles datan del 700 d. C.

Juego de pelota mesoamericano conocido más tarde como
‘ Ulama’ en el que se utilizan actualmente las reglas del “pelota-cadera”
Los primeros paneles con jugadores de pelota de la historia de Belice
Los primeros paneles hallados jamás en la historia de Belice en los que aparecen mayas jugando a pelota. En el primer panel se observa a un jugador de pelota, reconocible por su postura y su cinturón protector. Está jugando con una gran pelota redonda, mientras que en su mano izquierda sostiene un complejo abanico. Los expertos suponen que mediría en torno a los 1,5 metros de ancho y los 70 centímetros de alto en su forma inicial, pero casi el diez por ciento de la imagen se ha perdido con el paso de los siglos. Además, los arqueólogos sugieren que el panel fue intencionadamente vandalizado en algún momento, encontrándose en especial una de las figuras extremadamente rayada.
Sak Ch’een, señor de Motul de San José c. siglo VIII, ataviado como jugador de pelota

El panel porta una inscripción en la que se lee “nueve pelotas de palmo”, lo que indica la medida de la circunferencia de la pelota. En otras partes del panel se puede leer el sorprendente nombre del jugador, “Ocelote Rollo de Agua”. El segundo panel, es algo más pequeño, pero en él también se observa una figura humana que participa en un juego de pelota. Desgraciadamente, el rostro de esta figura también ha sido rayado.

La enorme importancia del Juego de Pelota en las antiguas culturas mesoamericanas
Los juegos de pelota eran muy importantes desde un punto de vista social y político para los mayas, como mencionan los autores de un estudio publicado en la revista Antiquity , “El análisis iconográfico y glífico de estos paneles dentro de un contexto regional aporta nuevos datos sobre las relaciones sociopolíticas a gran escala, demostrando que el juego de pelota era un importante medio y mecanismo de filiación macropolítica en las tierras bajas mayas,” escriben los autores, encabezados por Christopher Andrés de la Universidad del Estado del Michigan.
En la parte derecha del panel se observa a un jugador de pelota portando un abanico

El Ulama, sin lugar a dudas el más famoso juego de pelota de la historia mesoamericana, no era simplemente un juego para las civilizaciones olmeca, maya y azteca, era mucho más que eso. Como informaba anteriormente Ancient Origins , el Ulama era considerado una batalla que libraba el sol contra la luna y las estrellas, representando los principios de luz y oscuridad (y posiblemente también la batalla entre el bien y el mal). Además, los movimientos de la pelota simbolizaban la rotación del sol para los pueblos azteca, olmeca y maya. Para los mayas el juego era conocido como Pok a Tok, los aztecas lo llamaban Tlachtli, y en nuestros días la mayoría de la gente se refiere a él como Ulama. Se cree que se extendió por el sur hasta alcanzar Paraguay, y por el norte hasta lo que hoy es Arizona. La cancha de pelota mesoamericana más antigua conocida es la de Paso de la Amada, en México, datada mediante radiocarbono en una antigüedad en torno a los 3.600 años.

Cancha mesoamericana de juego de pelota en Monte Albán (México)

Hasta la fecha se han descubierto casi 1.300 canchas de pelota mesoamericanas, y se calcula que todas las ciudades mesoamericanas de la antigüedad tenían al menos una. Las canchas olmecas eran del tamaño de un campo de fútbol  moderno, y vistas desde el cielo parecían una “I” mayúscula con dos zonas de anotación perpendiculares en los extremos. Las canchas estaban delimitadas por bloques de piedra, y se jugaba en un recinto rectangular con muros inclinados. Estos muros a menudo estaban revestidos y pintados de vivos colores. Serpientes, jaguares y águilas de piedra labrada aparecían representados junto con imágenes de sacrificios humanos, en un hecho que sugiere una conexión con la divinidad.

Todos jugaban a pelota independientemente de su estatus social
El nuevo estudio se centra en el hecho de que en estos juegos de pelota no participaban únicamente las gentes del pueblo llano, sino individuos de todo tipo de origen socioeconómico. Nobles y dirigentes locales han sido retratados jugando en diversas ocasiones, mientras que también aparecen importantes personajes extranjeros en imágenes y obras de arte de aquella época.

Paneles más pequeños en los que se observa una figura humana jugando a pelota

“Estos paneles con jugadores de pelota podrían reflejar un sistema más grande de lealtades cimentado en parte por actuaciones públicas en las que participaban terratenientes y señores en el juego de pelota,” escriben los autores del estudio según informa IBT . Los investigadores son optimistas respecto a la posibilidad de que, examinando de nuevo estos paneles, se pueda descubrir más información sobre la configuración sociopolítica de la antigua civilización maya.


Autor: Theodoros Karasavvas

domingo, 13 de octubre de 2019

San Martín no debe estar en el centro de la memoria de la Independencia

En comparación con otros países, los peruanos hemos construido una memoria oficial de la independencia como un proceso venido de afuera y minimizando la participación de los peruanos, señala la reconocida historiadora.
Por muchas generaciones los peruanos hemos venido conmemorando el 28 de julio de 1821 como “el día de nuestra independencia”. La fecha en que José de San Martín proclama la independencia en Lima está firmemente anclada como la efemérides nacional por antonomasia ¿Pero es el 28 de julio el día más lógico para conmemorar nuestra independencia del imperio español? ¿Hasta qué punto se trata de una celebración más limeña que nacional?

La independencia del Perú tiene una memoria y calendario oficial que pone a San Martín en el centro de todo
Si bien el 28 de julio se estableció tempranamente como día oficial la independencia, no fue el único. En 1833, el presidente Agustín Gamarra promulgó un decreto para conmemorar anualmente las batallas de Junín y Ayacucho del 6 de agosto y 9 de diciembre 1824, “como parte de los sucesos memorables de nuestra emancipación”. Gamarra buscaba así poner en relieve la participación del ejército peruano, del que él era parte, en la consecución de la independencia. Significativamente, y aunque tal vez Gamarra no se lo propusiera así, esta pluralidad celebratoria realzaba también el lugar de la sierra sur y central andina en el proceso de la independencia. Pero pese al alcance continental de la batalla de Ayacucho, que se reconoce mundialmente como el hito definitivo de independencia hispanoamericana, la multiplicidad de celebraciones se fue desvaneciendo en el calendario oficial para destacar, si no exclusivamente, sí de manera central, la proclama de San Martín en Lima.

Esta decisión tuvo otro efecto paradójico. El fijar como hito conmemorativo central de la independencia la proclama limeña de San Martín, invisibilizaba el proceso de independencia en sí, es decir, los movimientos insurgentes y separatistas ocurridos en distintas partes del Perú previamente a la llegada del general rioplatense. Los peruanos construimos, por ende, una memoria oficial de la independencia como un proceso cuasi providencial, venido de fuera y hasta teñido de elementos oníricos, como cuando se les enseña a los niños ¡que la bandera peruana se originó en un sueño de San Martín! En este sentido, somos una anomalía continental: escogimos un momento tardío, un momento hito comparativamente desprovisto de carga insurgente, además de propiciado desde fuera, para conmemorar nuestra independencia.

El Perú es, en efecto, virtualmente el único país de América Latina que conmemora su independencia el día en que ésta se proclamó y no el día en que (se asume) se inició este proceso. Por ello, el Perú será también el último país latinoamericano en conmemorar el bicentenario de su independencia. Los demás países escogieron celebrar sus independencias rememorando hechos insurgentes que marcan el inicio de una revolución política, como la formación de juntas de gobierno que desconocieron a las autoridades españolas en las colonias en el marco de la crisis política provocada por la invasión de las tropas de Napoleón Bonaparte en Península Ibérica entre 1808 y 1814. México, por ejemplo, obtuvo su independencia, al igual que el Perú, en 1821, pero, la celebra el día en que el cura Manuel Hidalgo lanzó una masiva insurgencia popular en 1810. Por ello México no esperará el 2021 para su bicentenario, lo celebró en el 2010 . Chile proclama su independencia en la batalla de Maipú en 1818, pero también ya celebró su bicentenario porque conmemora como el día de su independencia su junta de gobierno de 1810. Las Provincias Unidas de Sudamérica, como se llamó la futura Argentina, proclamaron su independencia en 1816, pero Argentina celebra la revolución de Mayo de 1810 en Buenos Aires como el día de su independencia y por tanto celebró su bicentenario el 2010. Bolivia y Ecuador lo hicieron incluso antes, en el 2009, porque conmemoran sus juntas insurgentes de 1809 en las audiencias de Quito y la Paz, respectivamente, como sus aniversarios patrios.

El Perú no careció de insurgencias y juntas antiespañolas antes de la llegada de San Martín, análogas a las que otros países americanos escogieron para celebrar sus independencias. Las hubo en Tacna en 1811 y 1813, en Huánuco en 1812 y especialmente en Cuzco entre en 1814 y 1815. Aquí, la revolución liderada por los hermanos Mariano, José y Vicente Angulo y el cacique Mateo Pumacahua fue tan vasta que llegó hasta La Paz, y tuvo un contenido separatista aún más marcado que la rebelión de Hidalgo de 1810, que México considera el inicio de su proceso de independencia. Los rebeldes cuzqueños establecieron un calendario revolucionario que declaraba 1814 como “año primero de la libertad”, que fue evocado por las poblaciones del sur del Perú hasta bien entrada la república. Pero la memoria oficial del país dejó estos acontecimientos en las márgenes, si acaso los consideró.

El Comercio de 1971, por el sesquicentenario.
No es entonces descabellado suponer que la fijación del 28 de julio como el hito central de la independencia fuera una manera de evitar referirse a las mencionadas insurgencias regionales, de fuerte componente indígena. Y en ello la historia oficial “criolla” es más parecida a la historiografía marxista, supuestamente contestataria, de la década de 1970, de lo que ésta quisiera admitir. Ambas minimizan la participación de los peruanos en el proceso de independencia, al que conciben como venido de fuera, y ambas ven a los indios como masas manipuladas. Pero la versión sanmartinocéntrica de la independencia, lejos de ser fortuita, fue delineada cuidadosamente a mediados del siglo XIX por el historiador Mariano Felipe Paz Soldán, cuya Historia del Perú Independiente (1868) asume que la independencia peruana se inició literalmente en 1819, con los preparativos de la expedición de San Martín en Río de la Plata. Esta versión de la independencia fue refutada en lo inmediato por el liberal y veterano de la independencia Francisco Javier Mariátegui, y en el siglo XX por el historiador José de la Riva Agüero. Pero no por ello dejó de ser la “versión oficial” y hegemónica.

Esta larga historia oficial se desestabilizó por primera vez cuando el gobierno militar izquierdista de Juan Velasco Alvarado (1968-1975) proclamó a Túpac Amaru II como el iniciador, con su rebelión de 1780, de una independencia culminada en los campos de Ayacucho, cuarenta y cuatro años después. Velasco desplazó así por primera vez del centro a San Martín para privilegiar a un héroe indígena. Sin embargo, Velasco, no estaba creando una nueva historia, tanto como oficializando una memoria de la independencia que había existido en las márgenes, paralela y anteriormente a la historia sanmartiniana de Paz Soldán, y cuyos orígenes se remontan al periodismo cuzqueño de la década 1830, aunque el espacio no permite expandirme en ello.

Y aunque la versión velasquista de la independencia pueda sonar hoy herética y hasta demasiado “radical” para las sensibilidades del Perú neoliberal, fue avalada, nada menos que por el diario más antiguo e importante del país, antes de ser expropiado por Velasco. La portada que El Comercio de los Miró Quesada dedica al sesquicentenario de la independencia muestra en el centro a un Túpac Amaru enorme con el torso desnudo rodeado de personajes de menor tamaño, entre ellos, San Martín.
Una portada impensable hoy, sin duda, pero que nos invita a pensar, junto con todo lo que he expresado hasta aquí, que la independencia no es una historia acabada y que la memoria de lo que ésta constituye y significa, y cómo se debe representar, aún a nivel oficial, lejos de ser estática, ha estado en constante disputa.


Ha sido una memoria moldeada por los acontecimientos y tensiones propios de cada época, y lo sigue siendo hoy. 

Cecilia Méndez
Historiadora y catedrática PUCP