jueves, 18 de enero de 2018

La historia del primer alcalde de Lima

Juan Luis Orrego Penagos (Historiador)

La aventurera vida de Nicolás de Ribera. Vino con Francisco Pizarro y fue uno de los famosos trece de la isla del Gallo.
En sus casi tres siglos de dominio hispano, Lima o la Ciudad de los Reyes tuvo doscientos ochenta y siete alcaldes, que gobernaban durante un año con un suplente, a semejanza del cabildo de Sevilla. De esa larga lista, el único que sobrevive en la memoria de algunos limeños es Nicolás de Ribera, apodado El Viejo, primer alcalde en 1535, año de la fundación española. Repitió la gestión en cuatro oportunidades más: 1544, 1546, 1549 y 1554.


Nicolás de Ribera "El viejo"


UN DAMERO
Su historia no queda allí. Sabemos que junto a Diego de Agüero, y bajo las indicaciones topográficas de Juan Tello, Ribera fue uno de los “trazadores” de la nueva urbe. A ellos se debió que Los Reyes fuera diseñada en forma de una cuadrícula o damero, como los campamentos romanos. Debió ser complicado adaptar las 117 manzanas que proyectaron por la prexistencia de adoratorios, caminos y canales prehispánicos. Decidieron arrimar la plaza cerca del río, no al centro del damero, y solo 62 manzanas fueron cuadradas.
Asimismo, parece que Ribera fue determinante para elegir el primer nombre de la ciudad, pues escribió en un documento que cita José A. del Busto: “se intituló la ciudad de los rreyes porque fue el día de los rreyes quando salieron a ello”. La original nomenclatura, pues, se debió a la decisión de erigirla el 6 de enero, festividad de Reyes. 
El siguiente aporte de Ribera a la ciudad es más complejo, pues fue su autoridad o vecino por casi treinta años, hasta su muerte en 1563. Tuvo que afrontar las amenazas de las huestes de Manco Inca así como los pleitos entre pizarristas y almagristas. Recibió al primer virrey, Blasco Núñez de Vela, pero no aceptó su autoridad y se opuso a la abolición de las encomiendas, pues había recibido una repartición de indios en Pisco.




ASPECTO RURAL
La Lima de don Nicolás debió tener un aspecto hosco, con la picota enclavada en la Plaza de Armas con las cabezas decapitadas de los caudillos rebeldes. Una ciudad todavía rural, con senderos arbolados que daban ingreso al damero, con huertas y jardines floridos, ruidosas acequias y casas bajas, de adobe, sobre las que asomaban las bóvedas de los templos, como la primitiva catedral, con sus sencillos campanarios.

EL PRIMER VECINO
Nuestro personaje nació en 1492 en la villa de Olvera (Cádiz). Cuando pasó a Indias se asentó en Panamá. Allí conoció a Pizarro y a Almagro, y pronto se enroló en la empresa del descubrimiento del Perú. Estuvo en el primer viaje como tesorero del rey y en el segundo formó parte de los trece de la isla del Gallo que se negaron a abandonar a Pizarro.




A su fama de lealtad con la “hueste perulera”, se añadió la de conciliador, especialmente en las disputas entre Pizarro y Almagro. No estuvo en la captura de Atahualpa, pero llegó con Almagro a Cajamarca en 1533. De gobernador de Jauja bajó a la costa y fundó un pueblo de españoles en Pachacámac y otro en Sangallán, cerca de Pisco, llamado “Lima la Vieja”. Presenció la ceremonia de fundación de la Ciudad de los Reyes, aquella mañana calurosa del 18 de enero, y fue escogido su primer burgomaestre.
El solar que le correspondió se ubicó al costado de la plazuela de Santo Domingo. La fachada de su casona daba a la calle de la Veracruz, hoy segunda cuadra del jirón Conde de Superunda, frente al convento de los frailes dominicos. Luego vivieron allí sus descendientes, los condes de Santa Ana de las Torres, quienes encargaron labrar la portada de piedra y tallar los balcones de cajón, que todavía existen, aunque muy remozados. A su muerte se le sepultó en la primera Catedral, en una capilla adquirida por él y su esposa, Elvira Dávalos y Solier. Cuando se hizo la nueva catedral, sus restos fueron trasladados a la Capilla de Santa Ana, en la nave de la Epístola. Antes de morir fundó, el 13 de mayo de 1556, el Hospital de Naturales de Ica.

FUENTE: EL COMERCIO